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La vocación religiosa

Felipe Santos

Siempre que leo el salmo 16, me siento feliz y contento porque afianza mi vocación religiosa y mi compromiso por la pasión por Dios y por los hombres.

<<Yo digo al Señor: Tú eres mi bien...El Señor es el lote de mi heredad>>.

Mi vida de consagrado la veo como la mayor fortuna que Dios me ha concedido en estos tiempos de consumo y laicismo reinantes por doquier. Ella es un proyecto de vida centrado en Jesús que me ha llamado por mi nombre y me ha llamado para estar con él en la obra transformadora de este mundo en el cual me ha tocado vivir.

He descubierto con mi vocación que la vida tiene sentido: es un hermoso sueño- el de Dios- para que realice una misión humana y espiritual: la de llegar a los hombres y la de estar en continuo contacto con el lote de mi heredad, Cristo el Señor.

Al cabo de unos años, percibo en mi ser que mi vida se llena de gozo. Y como don de Dios en mi existencia, intento cuidarla con el esmero y la delicadeza que requiere mi entrega sin condiciones a la obra de evangelización moderna.

Sí, soy consciente de mis limitaciones, pero también me doy cuenta de que hay campos inmensos en los que falta la siembra y el riego de la Palabra de Dios. La gente que me rodea- mucha o poca- padece una enfermedad muy grave: la falta de sentido, de dirección, de horizonte y de proyecto de vida personal.

De este modo, no es de extrañar que mis ojos contemplen a una sociedad azotada por la superficialidad; una sociedad entregada a la locura del consumo de cosas y experiencias sin Alguien o algo que la unifique y dinamice la vida de forma diferente a como siente y vive gran parte de los hombres, mujeres y jóvenes.

Y a medida que pasan los años, el consagrado toma conciencia clara de que la transformación de la sociedad no se logra con discursos y palabras elocuentes, con programas e ideologías. No, para un creyente, el arma de la reconversión social proviene del grado de santidad que tenga cada uno.

La santidad se debe concebir como una gracia del Padre que me consagra con el don de su Espíritu para que me sienta un enviado a la parcela apostólica que se me encomiende.

No se trata de que mi vida sea una actividad continuada. No, sería caer en un activismo absurdo. Si no hay Alguien que vivifique la acción y no sienta en mi vida la pasión de Dios que me urge a trabajar por su reino, todo es vano.

Recuerdo siempre la vida de D. Bosco en sus inicios:” D. Bosco comenzó a dejarse ayudar por los jóvenes que no tenían idea clara de la vida religiosa...De estar en la casa de D. Bosco, él los fue llevando gradualmente al deseo de vivir y trabajar de modo estable hasta llegar a compartir su misma misión.

Cristo es el centro de mi vida de consagrado. Y me siento feliz de esta copa y de esta heredad. No tanto miro lo que he dejado atrás, sino lo mucho que he ganado con su llamada.

 
 

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