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¡Déjense de cuentos!

Rita Castillo / www.mujernueva.org

Entre madre e hijo hay algo que va más allá de la pura corporeidad, algo intenso en común pero que escapa a los dos, porque intuyen que no les pertenece a ninguno, es la vida.

De la prensa: “La malévola mujer que ofreció en el cuento de los hermanos Grimm a Blancanieves la manzana que la sumió en un largo sueño no fue su madrastra, sino su madre, según anunció el presidente de la sociedad europea de cuentos, Heinrich Dickerhoff, durante el congreso internacional que ha reunido a cerca de 400 filólogos, cuentistas e investigadores de este género en la ciudad alemana de Postdam”.

“¿Así que eran siete? Ya... ¿Y todos enanitos? Ya... ¿Y la despertó un beso? Mmm, ya, ya...” Pocos cuentos han sido tan perversamente manoseados por mezquinos intereses como el de Blancanieves (quizás sólo Caperucita le va a la par como blanco de manipulación chocarrera).

Pero aún hay más. Novedad. Ahora resulta que no fue la malvada madrastra la que envenenó a la jovencita con la aletargante manzana, sino su propia madre.

¡Claro! Tenía que ser su madre la mala del cuento.

Esta semana la prensa anuncia la conclusión a la que se ha llegado en un congreso de cuentistas -no especifica si es sustantivo o adjetivo- que se acaba de celebrar en la ciudad alemana de Postdam.

Nada menos que el presidente de la sociedad europea de cuentos (no confundir con la Convención Europea, no son los mismos, de verdad) ha presentado un estudio sobre anteriores versiones del cuento de los hermanos Grimm.

Dickerhoff, que así se llama el presidente de los cuentistas europeos, advirtió que en un inicio era la madre de Blancanieves la mujer malvada que ofrece el ponzoñoso fruto, pero que para no herir la sensibilidad de los lectores de comienzos del siglo XIX, los autores dieron una muerte prematura a la reina y la reemplazaron por la madrastra. Y esta autocensura se debe, nos sigue contando Dickerhoff, a que "una madre malvada no era aceptable" en la Europa Central de aquellos años. Y así queda el cuento.

Ahora, quizás porque creen que nuestra sensibilidad es todo terreno ya resulta aceptable una madre malvada. Oh, sí, hoy día se entiende perfectamente que una madre quiera envenenar a su hija. Quién no ha tenido una amiga que después de una meriendita preparada por su mamá ya no volvía a aparecer por el cole. De lo más normal. Incluso Mafalda tiene la misma sospecha cada vez que se sienta ante un humeante plato de sopa...

El mensaje que intentan colarnos de todas todas es que la maternidad “no es tan natural”, que es un rol -por no decir un rollo-, que el hijo es “algo” que yo manejo, lo deseo y lo tengo, no lo quiero y me lo quito de encima (o de dentro), que como es completamente ajeno a mí, puedo disponer de “ello”. Que esta separación es real y que luego la sociedad construye los roles, los papeles de cada uno en la función de la vida.

Yo no sé por qué tanto duro y dale contra las madres, contra la maternidad. Cualquier excusa o anécdota vale para ir erosionando la relación madre-hijo, aunque sea por medio de historietas que quedan en el subconsciente colectivo. Por todas partes les han de caer chuzos de punta.

Pero la verdad es que no, que hoy tampoco resulta aceptable una madre malvada. Porque lo natural, lo normal y lo habitual, nos son madres malvadas, madres frustradas, madres aburridas, madres rencorosas, madres insatisfechas, madres resentidas o madres “no realizadas”. Eso se deja para los estereotipos y las campañas pro-choice. Lo que más se da, en todo tiempo y cultura, es la madre generosa que se lanza a la aventura de la vida sin manual de instrucciones. Una temeraria que decide libremente, que opta por multiplicar su propia felicidad en la felicidad de otro y para eso, nada menos que engendra a ese otro, consciente de que esto no es gratis ni sencillo.

La naturaleza misma no ha dado otra relación personal más necesaria, influyente y prolongada que la relación con nuestra madre. Y no porque la sociedad, la cultura, lo haga así, sino porque entre madre e hijo hay algo que va más allá de la pura corporeidad, algo intenso en común pero que escapa a los dos, porque intuyen que no les pertenece a ninguno, es la vida. Algo precioso para quien realmente está dispuesto a disfrutarla. Así de simple y déjense de cuentos.

 
 

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