El cristianismo y la
identidad europea
El cristianismo hace de Europa lo que es como sociedad
y, además, está en el fundamento y en la práctica de su unidad.
El cristianismo construye las fuentes morales de
Europa, una cultura específica, y por tanto es el esqueleto del
pensamiento y de la identidad europea. Es un proceso histórico que
determina una cultura y una concepción moral, un proceso que, como mínimo,
empieza en el siglo III (260 d.C. con el edicto Galiano) y que, desde el
siglo VI hasta el XVIII, actúa de manera prácticamente única. Además, en
los dos últimos siglos, es determinante.
Es una interpretación generalmente compartida, sobre
todo después de la revisión crítica a la cual ha sido sometida la
Revolución Francesa, que sus ingredientes intelectuales surgen de forma
decisiva del cristianismo. Hay que decir que era improbable que no fuese
así, porque los sistemas referenciales de ideas de los que partía eran
acaparadoramente cristianos. Taylor señala la dependencia que tiene de San
Agustín la concepción sobre la interioridad de Rousseau. Asimismo, más
allá de las influencias filosóficas, se dan las concepciones políticas y
sociales. Como explica bastamente en Dale K. Van Klein, en su minucioso
trabajo Los orígenes religiosos de la Revolución francesa, el jansenismo
en su evolución interpretativa del galicanismo concibe un sistema
institucional en el que la Iglesia está casi totalmente subordinada al
príncipe, hasta el extremo de que los tribunales pueden juzgar en
doctrina, como así lo hizo el Parlamento de París con la teología moral de
los jesuitas, y la actuación pastoral, como sucede en el conflicto sobre
el hecho de no dar la extremaunción (el nombre actual de este sacramento
es Unción de Enfermos) a presuntos jansenistas.
El Estado tiene que intervenir en la regulación
eclesial de los sacramentos, para "garantizar a los ciudadanos la igualdad
de sus derechos". Esta concepción que después asumiría plenamente el
pensamiento antirreligioso tiene, sin embargo, una lógica en su origen
estrictamente cristiano. Lo mismo sucede en la gestión del otro material
del marco de referencia, pero el problema de la interferencia política se
acentúa, hace un salto cualitativo, cuando repentinamente el marco
referencial es cambiado. La fórmula de cómo cubrir el anonadador déficit
del Estado francés, que es de 3.000 millones de libras, propuesto desde
las filas jansenistas, es lo que después aplicaría la Asamblea Nacional
Revolucionaria de 1879: la nacionalización de todas las propiedades
eclesiásticas y su venta a ciudadanos particulares, una solución que hizo
fortuna por todas partes. También en este caso, la medida surgida de las
propias reglas de la religión sería asumida con carácter general por el
nuevo régimen beligerante con la Iglesia.
Hay, en todos estos antecedentes del pensamiento y de
la política ilustrada francesa, elementos muy importantes sobre los que se
puede reflexionar desde la perspectiva que nos da nuestro tiempo. Uno es
cómo la propia disidencia interna prepara el camino para la demolición
eclesial, de manera que lo que en un principio es pensado y sentido como
una voluntad transformadora de mejorar aspectos poco evangélicos de la
vida de la Iglesia acaba convirtiéndose en un conflicto regido por las
normas comunes a toda confrontación: destruir al otro. Creyentes contra
creyentes. La reflexión subsiguiente estaría en la línea de considerar que
toda acción de mejora eclesial tiene que estar firmemente marcada por un
elevado sentido de prudencia y el amor sincero a aquello que se quiere
reformar, testimoniado no sólo en el discurso sino en la manera de actuar.
Es un criterio que, en la práctica, se verifica anteponiendo los derechos
de la Iglesia entendida como institución a los que persiguen su mejora,
reforma o renovación. Considerar nuestros deberes como miembros de la
Iglesia por delante de nuestros derechos no es más que asumir el mensaje
evangélico: ganar por abundancia del amor.
La otra reflexión iría por la línea de considerar que
prácticamente todo el cuerpo de pensamiento antirreligioso y antieclesial
que se forja en el siglo XVII en Francia es el que alimenta nuestro
tiempo. Las líneas de solución, y sobre todo las fuentes de alimentación,
surgen entonces y perduran hasta hoy a pesar de los cambios tan
sustanciales experimentados por la realidad institucional de la Iglesia
desde el siglo XVIII. ¿Cómo se puede explicar la persistencia del sistema
crítico sobre una realidad institucional tan diferente? Porque en realidad
lo que se quiere destruir no son unas formas institucionales históricas,
ni un alineamiento político determinado, que es lo que ha cambiado, sino
el mensaje esencial que transmite, que es precisamente lo que se mantiene
inalterado: el sentido de lo trascendente expresado en la Alianza, la
Encarnación y la Resurrección de Jesucristo.
En definitiva, las concepciones básicas del mundo
contemporáneo surgen del cristianismo.
Así, las concepciones y aportaciones específicas del
mundo occidental que se extiende hoy por el mundo son el fruto de la
concepción cristiana. El pensamiento científico y su metodología surgen
porque la concepción cristiana permite romper con la dimensión mistérica
de la relación del hombre con la naturaleza y, por tanto, posibilita
razonar esta relación: la separación entre Iglesia y poder político, la
diferencia entre papado e imperio. También el cristianismo está en el
fundamento del Estado aconfesional. La pretensión occidental de la
existencia de categorías políticas con la voluntad de que tengan un valor
universal, como en el caso de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, requiere de un implícito universal al que poder atenerse (el Dios
cristiano). De ahí viene la dificultad de otras culturas surgidas de otras
fuentes religiosas. Otros ejemplos de esto son el sentido de la justicia
que el cristianismo recibe del judaísmo y el sentido de dinámica histórica
que también es propio de la matriz judeocristiana.
Ninguna de las grandes culturas que nacen de las
concepciones religiosas del mundo o de las filosofías protorreligiosas
(hinduismo, confucionismo, budismo, taoísmo, judaísmo e islamismo) han
construido lo que hoy se define como los parámetros de la civilización
considerada actualmente universal: sentido dinámico de la historia,
pensamiento científico, principio de libertad en el Génesis, separación
Iglesia-Estado y aconfesionalidad con reconocimiento positivo del hecho
religioso, desarrollo de categorías políticas universales y principio
universal de justicia. El mismo marxismo no es más que la obra
extraordinaria de un judío, que traspasa la concepción mesiánica y de
pueblo escogido, propia los hebreos, a la clase trabajadora.
La fundación de la Unión Europea, como he dicho, y la
movilización de la sociedad son deudoras del cristianismo. Desde el inicio
hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia ha ido animando y
promoviendo la Unión.
El resultado es bien visible, visual. Materialmente el
común denominador desde el Circulo Polar Ártico hasta el mar Mediterráneo,
desde las costas atlánticas de Irlanda hasta los Urales: la Cruz. La Cruz
y la Iglesia. La Iglesia y la Catedral. Sabemos que Europa termina allí
donde estos símbolos vivos desaparecen. La práctica totalidad de los
regímenes constitucionales europeos, menos 4, son aconfesionales con
reconocimiento positivo del hecho religioso de manera directa o indirecta
(por medio de la integración de la figura del concordato). De los 4 que no
lo son, 3 son confesionales (Grecia, Dinamarca y Gran Bretaña) y uno es,
sólo uno, laicista: Francia. Solamente una constitución suprime toda
conciencia religiosa pública. Francia es la excepción europea, no la
norma.
No hay razón para oponerse a la incorporación del
cristianismo
Es necesaria para la identidad europea.
La negativa entraña un problema de futuro: una ruptura
con las fuentes, la verdad histórica y la ciudadanía porque ligaría al
desencanto europeo el descontento cristiano.
La propuesta cristiana es integradora, no excluyente
(un ejemplo de esto es la Constitución polaca). No excluye la ilustración
ni cualquier otra fuente real.
Turquía es un país radicalmente laico como Francia.
Entonces, ¿por qué tiene que ser un obstáculo a la referencia al
cristianismo en el preámbulo? ¿O es que concepción laica significa
exclusión religiosa? ¿Y el Islam, como práctica religiosa de la gente, no
queda bien garantizada para la libertad religiosa? Entonces, ¿por qué
utilizar la excusa de Turquía?
No se propone una Constitución confesional sino
aconfesional.
La Constitución europea sin referencia al cristianismo
se aleja muchísimo de la media europea constitucional, como hemos visto,
donde sólo Francia es laicista.
La Francia de Jacques Chirac (actual presidente),
Valery Giscard d'Estaing (presidente de la Convención Europea y ex
presidente del país, 1974-1981) y Lionel Jospin (primer ministro entre
junio de 1997 y abril de 2002) no pueden imponer su versión a Europa.
Es la gran ocasión para superar la pesadumbre histórica
que queda entre pensamiento post-ilustrado y cristianismo.
Nuestra actitud, nuestra acción
No querría acabar sin una necesaria y esquemática
referencia a lo que hay que hacer:
De manera inmediata, continuar actuando para mejorar la
Constitución en relación a la Comisión Europea, los gobiernos y el estado
de opinión en la sociedad europea.
Decir "sí" a la Constitución poniendo de relieve sus
carencias y debilidades.
Trabajar seriamente a escala europea. La Convención de
Cristianos por Europa (CCE) y las futuras elecciones al Parlamento Europeo
son dos líneas necesarias. Es necesario construir un sujeto cristiano a
escala europea caracterizado por su sentido de pertenencia a la Iglesia.
Hay que fortalecer la CCE.
Carecemos de un medio de comunicación y de pensamiento
a escala europea: un diario europeo, necesariamente por Internet, que una
un cuerpo de información y comentario con otro específico de cada país.
Necesitamos un medio de comunicación diario que nos ayude a formular un
juicio cristiano.
En el ámbito concreto catalán y español, trabajar por
los 4 puntos anteriores significa fortalecer, ampliar, apoyar, afiliarse y
ayudar económicamente, en especial a E-Cristians, que es el espacio
organizado de llegada de todas las sensibilidades cristianas, para actuar
de forma unitaria en la vida pública.
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