Imprimir

El cristianismo y la identidad europea

Josep Miró i Ardèvol / www.e-cristians.net

El cristianismo hace de Europa lo que es como sociedad y, además, está en el fundamento y en la práctica de su unidad.

El cristianismo construye las fuentes morales de Europa, una cultura específica, y por tanto es el esqueleto del pensamiento y de la identidad europea. Es un proceso histórico que determina una cultura y una concepción moral, un proceso que, como mínimo, empieza en el siglo III (260 d.C. con el edicto Galiano) y que, desde el siglo VI hasta el XVIII, actúa de manera prácticamente única. Además, en los dos últimos siglos, es determinante.

Es una interpretación generalmente compartida, sobre todo después de la revisión crítica a la cual ha sido sometida la Revolución Francesa, que sus ingredientes intelectuales surgen de forma decisiva del cristianismo. Hay que decir que era improbable que no fuese así, porque los sistemas referenciales de ideas de los que partía eran acaparadoramente cristianos. Taylor señala la dependencia que tiene de San Agustín la concepción sobre la interioridad de Rousseau. Asimismo, más allá de las influencias filosóficas, se dan las concepciones políticas y sociales. Como explica bastamente en Dale K. Van Klein, en su minucioso trabajo Los orígenes religiosos de la Revolución francesa, el jansenismo en su evolución interpretativa del galicanismo concibe un sistema institucional en el que la Iglesia está casi totalmente subordinada al príncipe, hasta el extremo de que los tribunales pueden juzgar en doctrina, como así lo hizo el Parlamento de París con la teología moral de los jesuitas, y la actuación pastoral, como sucede en el conflicto sobre el hecho de no dar la extremaunción (el nombre actual de este sacramento es Unción de Enfermos) a presuntos jansenistas.

El Estado tiene que intervenir en la regulación eclesial de los sacramentos, para "garantizar a los ciudadanos la igualdad de sus derechos". Esta concepción que después asumiría plenamente el pensamiento antirreligioso tiene, sin embargo, una lógica en su origen estrictamente cristiano. Lo mismo sucede en la gestión del otro material del marco de referencia, pero el problema de la interferencia política se acentúa, hace un salto cualitativo, cuando repentinamente el marco referencial es cambiado. La fórmula de cómo cubrir el anonadador déficit del Estado francés, que es de 3.000 millones de libras, propuesto desde las filas jansenistas, es lo que después aplicaría la Asamblea Nacional Revolucionaria de 1879: la nacionalización de todas las propiedades eclesiásticas y su venta a ciudadanos particulares, una solución que hizo fortuna por todas partes. También en este caso, la medida surgida de las propias reglas de la religión sería asumida con carácter general por el nuevo régimen beligerante con la Iglesia.

Hay, en todos estos antecedentes del pensamiento y de la política ilustrada francesa, elementos muy importantes sobre los que se puede reflexionar desde la perspectiva que nos da nuestro tiempo. Uno es cómo la propia disidencia interna prepara el camino para la demolición eclesial, de manera que lo que en un principio es pensado y sentido como una voluntad transformadora de mejorar aspectos poco evangélicos de la vida de la Iglesia acaba convirtiéndose en un conflicto regido por las normas comunes a toda confrontación: destruir al otro. Creyentes contra creyentes. La reflexión subsiguiente estaría en la línea de considerar que toda acción de mejora eclesial tiene que estar firmemente marcada por un elevado sentido de prudencia y el amor sincero a aquello que se quiere reformar, testimoniado no sólo en el discurso sino en la manera de actuar. Es un criterio que, en la práctica, se verifica anteponiendo los derechos de la Iglesia entendida como institución a los que persiguen su mejora, reforma o renovación. Considerar nuestros deberes como miembros de la Iglesia por delante de nuestros derechos no es más que asumir el mensaje evangélico: ganar por abundancia del amor.

La otra reflexión iría por la línea de considerar que prácticamente todo el cuerpo de pensamiento antirreligioso y antieclesial que se forja en el siglo XVII en Francia es el que alimenta nuestro tiempo. Las líneas de solución, y sobre todo las fuentes de alimentación, surgen entonces y perduran hasta hoy a pesar de los cambios tan sustanciales experimentados por la realidad institucional de la Iglesia desde el siglo XVIII. ¿Cómo se puede explicar la persistencia del sistema crítico sobre una realidad institucional tan diferente? Porque en realidad lo que se quiere destruir no son unas formas institucionales históricas, ni un alineamiento político determinado, que es lo que ha cambiado, sino el mensaje esencial que transmite, que es precisamente lo que se mantiene inalterado: el sentido de lo trascendente expresado en la Alianza, la Encarnación y la Resurrección de Jesucristo.

En definitiva, las concepciones básicas del mundo contemporáneo surgen del cristianismo.

Así, las concepciones y aportaciones específicas del mundo occidental que se extiende hoy por el mundo son el fruto de la concepción cristiana. El pensamiento científico y su metodología surgen porque la concepción cristiana permite romper con la dimensión mistérica de la relación del hombre con la naturaleza y, por tanto, posibilita razonar esta relación: la separación entre Iglesia y poder político, la diferencia entre papado e imperio. También el cristianismo está en el fundamento del Estado aconfesional. La pretensión occidental de la existencia de categorías políticas con la voluntad de que tengan un valor universal, como en el caso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, requiere de un implícito universal al que poder atenerse (el Dios cristiano). De ahí viene la dificultad de otras culturas surgidas de otras fuentes religiosas. Otros ejemplos de esto son el sentido de la justicia que el cristianismo recibe del judaísmo y el sentido de dinámica histórica que también es propio de la matriz judeocristiana.

Ninguna de las grandes culturas que nacen de las concepciones religiosas del mundo o de las filosofías protorreligiosas (hinduismo, confucionismo, budismo, taoísmo, judaísmo e islamismo) han construido lo que hoy se define como los parámetros de la civilización considerada actualmente universal: sentido dinámico de la historia, pensamiento científico, principio de libertad en el Génesis, separación Iglesia-Estado y aconfesionalidad con reconocimiento positivo del hecho religioso, desarrollo de categorías políticas universales y principio universal de justicia. El mismo marxismo no es más que la obra extraordinaria de un judío, que traspasa la concepción mesiánica y de pueblo escogido, propia los hebreos, a la clase trabajadora.

La fundación de la Unión Europea, como he dicho, y la movilización de la sociedad son deudoras del cristianismo. Desde el inicio hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia ha ido animando y promoviendo la Unión.

El resultado es bien visible, visual. Materialmente el común denominador desde el Circulo Polar Ártico hasta el mar Mediterráneo, desde las costas atlánticas de Irlanda hasta los Urales: la Cruz. La Cruz y la Iglesia. La Iglesia y la Catedral. Sabemos que Europa termina allí donde estos símbolos vivos desaparecen. La práctica totalidad de los regímenes constitucionales europeos, menos 4, son aconfesionales con reconocimiento positivo del hecho religioso de manera directa o indirecta (por medio de la integración de la figura del concordato). De los 4 que no lo son, 3 son confesionales (Grecia, Dinamarca y Gran Bretaña) y uno es, sólo uno, laicista: Francia. Solamente una constitución suprime toda conciencia religiosa pública. Francia es la excepción europea, no la norma.

No hay razón para oponerse a la incorporación del cristianismo

Es necesaria para la identidad europea.

La negativa entraña un problema de futuro: una ruptura con las fuentes, la verdad histórica y la ciudadanía porque ligaría al desencanto europeo el descontento cristiano.

La propuesta cristiana es integradora, no excluyente (un ejemplo de esto es la Constitución polaca). No excluye la ilustración ni cualquier otra fuente real.

Turquía es un país radicalmente laico como Francia. Entonces, ¿por qué tiene que ser un obstáculo a la referencia al cristianismo en el preámbulo? ¿O es que concepción laica significa exclusión religiosa? ¿Y el Islam, como práctica religiosa de la gente, no queda bien garantizada para la libertad religiosa? Entonces, ¿por qué utilizar la excusa de Turquía?

No se propone una Constitución confesional sino aconfesional.

La Constitución europea sin referencia al cristianismo se aleja muchísimo de la media europea constitucional, como hemos visto, donde sólo Francia es laicista.

La Francia de Jacques Chirac (actual presidente), Valery Giscard d'Estaing (presidente de la Convención Europea y ex presidente del país, 1974-1981) y Lionel Jospin (primer ministro entre junio de 1997 y abril de 2002) no pueden imponer su versión a Europa.

Es la gran ocasión para superar la pesadumbre histórica que queda entre pensamiento post-ilustrado y cristianismo.

Nuestra actitud, nuestra acción

No querría acabar sin una necesaria y esquemática referencia a lo que hay que hacer:

De manera inmediata, continuar actuando para mejorar la Constitución en relación a la Comisión Europea, los gobiernos y el estado de opinión en la sociedad europea.

Decir "sí" a la Constitución poniendo de relieve sus carencias y debilidades.

Trabajar seriamente a escala europea. La Convención de Cristianos por Europa (CCE) y las futuras elecciones al Parlamento Europeo son dos líneas necesarias. Es necesario construir un sujeto cristiano a escala europea caracterizado por su sentido de pertenencia a la Iglesia. Hay que fortalecer la CCE.

Carecemos de un medio de comunicación y de pensamiento a escala europea: un diario europeo, necesariamente por Internet, que una un cuerpo de información y comentario con otro específico de cada país. Necesitamos un medio de comunicación diario que nos ayude a formular un juicio cristiano.

En el ámbito concreto catalán y español, trabajar por los 4 puntos anteriores significa fortalecer, ampliar, apoyar, afiliarse y ayudar económicamente, en especial a E-Cristians, que es el espacio organizado de llegada de todas las sensibilidades cristianas, para actuar de forma unitaria en la vida pública.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]