Noviembre, Mes de la
Santidad (1a parte)
Comisión Episcopal Mexicana para la Santidad
Ideario de santidad de los esposos
«Somos descendientes de un pueblo de santos y no
podemos unirnos como los paganos.Entonces se levantaron y juntos se
pusieron a orar». (Tobías 8, 5-6)
«Esposos santos para tener una familia santa»
¿No será ésta una expresión pasada de moda? ¿No nos
suena como un eco lejano, como algo perteneciente a un mundo extraño?
Quizá pensarás que cualquiera de las siguientes expresiones es más
significativa: «Una persona solidaria», «Una persona que lucha por la
justicia», «Alguien que se desvive por el bien común», «Alguien que lucha
y da la mano a cualquier semejante», «Alguien que ama y comprende». Pues
bien, justamente todo esto supone el deseo de ser santo.
Sin embargo, la santidad exige algo más: exige la gran
síntesis «Ama a Dios y a tu prójimo». Cristo vino a unir estos dos
mandamientos en uno, y entender esta unión como Cristo la entiende, eso
precisamente —y nada más— es lo que significa «ser santo» en el
matrimonio.
La santidad de los esposos no se mide por la pureza, ni
por la abnegación, y ni siquiera por la renuncia a los placeres. La
santidad se mide por el amor cotidiano de los esposos entre sí, por el
amor a los hijos y por el amor a los semejantes (cercanos y lejanos).
Alegría y amor es el binomio sobre el que se cimienta
la santidad de los esposos.
- La santidad en el matrimonio requiere que los esposos
sepan demostrarse ternura y ayudarse en el deseo de ser más, de superarse.
Por tal motivo, el amor conyugal supone una gran reciprocidad y un mutuo
cuidado.
- La santidad empieza a darse cuando los esposos se
ayudan a crecer en el amor. Pero en un amor que huye de las abstracciones
y se hace concreto en la vida de todos los días; un amor que se funda,
ante todo, en la verdad y en la sinceridad.
- Santidad es amar. El amor matrimonial es un amor
entre seres reales, un amor que ama a las personas como son y no como
desearía o soñaría que fueran. En este sentido, el amor exige una cierta
pobreza: «Te amo por lo que eres, no por lo que tienes».
- Son santos en el matrimonio los que se aman con
exclusividad absoluta. Pero no puede haber exclusividad allí donde no
existe el compromiso decidido a serse fieles «en la pobreza y la riqueza,
en la salud y en la enfermedad», es decir, durante toda la vida, «hasta
que la muerte los separe».
- Sólo el amor oblativo (el que se ofrece libremente y
sin condiciones) personaliza, libera y santifica...
- El amor entre los esposos debe consistir en
respetarse, ayudarse, orar juntos, y juntos también promover el amor y la
justicia tanto en la casa (con los suyos) como fuera de ella (con los
prójimos).
- El amor es don y tarea. Don, porque nunca lo
merecemos plenamente; tarea, porque no es nunca una conquista definitiva,
sino un esfuerzo cotidiano, un largo camino que no se recorre más que paso
a paso, durante toda la vida. Nunca podríamos decir que amamos
suficientemente a un ser porque siempre podemos amarlo más y mejor. Y este
esfuerzo en amar más y mejor es lo que nosotros llamamos «santidad».
Nadie puede alcanzar el verdadero amor con sus propias
fuerzas. Para amar plenamente se necesita ante todo la fuerza del Espíritu
Santo, la Gracia de Dios, que nos persuade interiormente a buscar la
alegría a través del amor. (Es más útil y da más satisfacción ser Santo
que ser mediocre).
Puesto que «en el atardecer de la vida, seremos
juzgados en el amor» (san Juan de la Cruz), presentamos a continuación
algunas de las armas que Cristo nos ofrece para defender el amor todos los
días.
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