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El mito del deporte

Carlos Díaz

Les une a los deportómanos lo irracional emocional: «sentir los colores», «darlo todo», himnos, el tono ilocucionario hiperemotivo de los narradores de la radio, las banderas patrias -en Uruguay, incluso, identidad nacional, la victoria en el Maracaná sobre Brasil- (incluso aún conociendo lo que hay debajo: negocios millonarios, contratación de mercenarios, uso anestesizador para desviar el descontento social -la alienación deportiva), la animadversión del «otro» (que a veces termina en violencia y hasta en muertes), el oficiante (señor de negro siempre convertido en chivo expiatorio, el animal totémico contra el que se lanzan las piedras), la euforia por el gol, la identificación con los personajes-gladiadores (modernos héroes olímpicos, cuyas vidas privadas pasan a convertirse en públicas), la culminación de la gesta en el laurel olímpico, las largas esperas para obtener el boleto de entrada al recinto, la compra de camisetas y demás símbolos, y hasta el epitafio: soy del Madrid.

El sacerdote (árbitro) y sus acólitos (los jueces de línea), el levantar la copa del trofeo como acto de consagración -elevación sacramental del trofeo-, cumplimiento dominical para los más practicantes (a los que no pueden se le lleva el sacramento al hogar, la TV, en muchos hogares centro doméstico, ya con capillas laterales), excomunión de los herejes adversarios, culto a los protagonistas (universalmente famosos, más aún, los santos: encomendarse a san Ronaldo), etc, ¿qué es, sino religión civil?

Excesiva seriedad y tensión de los entrenadores y padres al borde de la cancha o en las tribunas: muy involucrados con el juego de sus niños, algunos no comprenden el efecto nocivo de sus protestas sobre las decisiones del árbitro, o del rendimiento de los niños.

Se celebra en demasía el gol, aunque sea el resultado de un error, no se reconoce que existió penal cuando es mío, se trata de engañar al árbitro para que penalicen al adversario. Más que participar, todo vale la pena con tal de ganar; para eso, los jugadores son frecuentemente asignados a las posiciones en que son más productivos. Si ganas, es que entenaste bien.

Muchas veces, a las dos semanas del inicio del torneo ya se sabe cuál es el mejor equipo. Los demás miembros del mismo ¿cómo van a aprender y mejorar, si no se les permite cometer errores? Juegan menos, crecen menos, son menos elogiados...

Por lo general, se practica un solo deporte: futbol o basquetbol. Pero la psicomotricidad enseña que de cuatro a diez años se necesita una variedad de habilidades y que una especialización prematura descarta el posible desarrollo de otras habilidades y talentos. Por el contrario se invierte en el niño como futuro deportista exitoso, y se le somete a gran presión. No digamos nada cuando se trata de atletas y de deportes de élite. De ahí el terrible dopping, la hipertrofia de masas musculares, todo lo cual podría formularse así: músculo fuerte con cerebro vacío. El caso Maradona es el típico, hay muchos casos (toreros, boxeadores sonados, etc, que arrastran vidas de mala muerte por todo ello).

Los niños son grandes imitadores, sobre todo de la forma en que actúan sus entrenadores (no de lo que dicen, sino de lo que hacen).

En realidad el juego es una rama del arte: ¿por qué el toreo ha de ser un arte y no un juego; por qué el ajedrez ha de ser un juego tan sólo?

Paideia: el hábito práctico: mens sana in corpore sano. Juego limpio (para abreaccionar la agresividad. La vida es juego, unilateral en el niño, cooperativo en el adulto, hay que celebrar la victoria del adversario: elegante. Que gane el mejor, el más cercano al ideal.

El juego ha de ser divertido: si además te pagan por ello, mejor. También ha de mejorar las habilidades y propiciar el equilibrio vital, templar y forjar el carácter. Las virtudes de la paciencia, la fortaleza, la templanza, la prudencia, la justicia, etc: el deporte, escuela de virtud.

El deporte, en fin, ojalá ocasión para que los pueblos se acerquen y los individuos se conozcan, ojalá escuela de padres, ojalá recompensador intrínseco más que externo.

 
 

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