Enrique Planas,
coordinador de la RIIAL, apuesta por evangelizar con un lenguaje
comprensible
El sacerdote, miembro del Pontificio Consejo para las
Comunicaciones Sociales, piensa que Internet está cambiando el sistema
comunitativo
Enrique Planas, miembro del Pontificio Consejo para las
Comunicaciones Sociales y coordinador de la Red Informática de la Iglesia
en América Latina (RIIAL), considera que Internet está provocando todo un
replanteamiento del funcionamiento de los medios y de otros instrumentos
evangelizadores. Participó, el pasado mes de mayo, en el II Congreso
Internacional Iglesia y Medios de comunicación organizado por la
Universidad Católica San Antonio (UCAM) de Murcia, concretamente para
hablar sobre la RIIAL como una de las iniciativas que demuestran que "la
Iglesia no ha perdido el tren" de las nuevas tecnologías. Este sacerdote
catalán, que vive desde hace unos años en el Vaticano, ve Internet como el
gran medio de medios, como ese instrumento que intercomunica a todo el
mundo y que, por tanto, amplía "hasta el infinito" (como él mismo asegura)
las posibilidades evangelizadoras.
-Los que se dedican a la comunicación en clave
cristiana coinciden en la idea de que Internet puede hacer mucho. ¿Está
usted de acuerdo con esto?
-¡Ya lo creo que sí! Internet es muy importante sobre
todo porque es un medio y un conjunto de medios de comunicación social por
sí mismo. Da muchos servicios; por ejemplo las páginas web, bases de datos
documentales... Y es tan importante que incluso los medios convencionales
no pueden prescindir de la red como apoyo. Por tanto, además de Internet,
las nuevas tecnologías determinan los medios de comunicación social
convencionales. Un ejemplo de esto es el cine. Hace unos cuantos años, una
producción cinematográfica se repartía por las salas (aún recuerdo la
imagen de un señor en bicicleta), pero ahora esto ya no es así, y en el
futuro no será nunca así. En la China continental, para situar el ejemplo,
en estos momentos puede llegar por satélite una copia de película
producida en cualquier otro país del mundo. Si nosotros pensamos que la
producción cinematográfica está determinada por la distribución, las
consecuencias económicas que implica la existencia de Internet hacen que
el séptimo arte cambie de arriba a abajo. Desde el punto de vista del
espectador quizás será lo mismo pero, desde las nuevas tecnologías, todo
el cine cambia. La digitalización provoca, en definitiva, una nueva
metodología de la distribución y, por tanto, podemos decir que Internet lo
cambia todo.
-Internet acabará con los medios convencionales?
-No creo. Tampoco quería decir exactamente esto. Pero
sí que Internet está haciendo una gran competencia a un medio de masas
como la televisión. Por ejemplo, ¡quién podía pensar que la transmisión de
una Misa diaria durante 9 días (me refiero a una reciente novena a la
Virgen María) haya tenido 20 millones de espectadores en América latina!
Esto fue posible precisamente porque se transmitió por Internet, y esto
hizo que todos los nostálgicos hispanos de la zona se apuntasen. Otro
ejemplo son los periódicos, que en muchos casos los puedes imprimir en
casa como si fuesen los de papel. Esto evidentemente tiene unas
consecuencias incalculables sobre la distribución. La incidencia de
Internet está revolucionando todo, incluso las relaciones humanas, la
interactividad, la interdisciplinariedad, la manera de hacer cultura y
muchos otros fenómenos sociales.
-¿Y se están aprovechando todas estas inmensas
posibilidades que ofrece la red?
-Nosotros, desde la RIIAL, estamos aprovechando todo lo
que he comentado. Una de las maneras de crear sabiduría es precisamente
recurrir a la gente que tiene algo que decir. En estos momentos, los
espacios para poder expresarse son mínimos, e Internet ofrece muchos de
manera ilimitada, hasta el infinito, para fabricar cultura de manera
interactiva y, además, es el mercado y el entramado que determina que una
comunicación sea o no importante.
-¿Se puede decir que la Iglesia no ha perdido el tren
de Internet?
-Efectivamente. La Iglesia no ha perdido el tren de
Internet. La Iglesia, desde antes de que Internet fuese lo que es ahora al
servicio de todo el mundo, ya había empezado a trabajar sobre las
posibilitados que se estaban abriendo. Además, la RIIAL ha tenido un papel
interesante en todo el proceso porque ha puesto en marcha una filosofía de
trabajo que, aunque no es lo que la gente capta más, resulta muy práctica.
Por ejemplo, incluso antes de que existiera Internet, recuerdo la primera
experiencia de transmisión desde el Vaticano, que canalizamos nosotros ya
como RIIAL. Me refiero a la emisión, vía satélite y con soporte
informático, del mensaje del Santo Padre con motivo de la Jornada Mundial
de las Comunicaciones de aquel año. Entre los receptores, estaba el
entonces secretario general de los obispos latinoamericanos (CELAM),
Raimundo Ramasceno Asís. Pocas horas después de la transmisión, recibí en
Roma una llamada desde el mismo CELAM en la que se nos preguntaba cuándo
enviaríamos el mensaje de la Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales. "¿Cuando llegará por telex, por carta o por la Nunciatura?", nos
decían. Esto es una buena muestra del cambio que representa Internet. El
CELAM tenía el mensaje allí, en su ordenador, pero no se habían dado
cuenta de ello. Dicho de otra manera, los del CELAM habían hecho la
experimentación pero no tenían una cultura de utilización. Y anécdotas
como ésta todavía se viven actualmente.
-¿Qué ha aportado hasta ahora la RIIAL al panorama
comunicativo?
-Yo creo que el elemento fundamental es una
contribución a este proceso de cambio mediante la difusión de una cultura
de utilización de las nuevas tecnologías. En otras palabras, para
aprovechar todas las posibilidades de la informática, hay que tener una
cultura de la utilización.
-¿Internet facilita la evangelización de los alejados
con un lenguaje comprensible?
-Sí, pero no porque esta importante misión sea más
fácil desde la red, sino por la gran intercomunicación que conlleva. La
Iglesia siempre tiene la tentación de utilizar categorías semánticas que
muchas veces la gente no entiende, y esto es un problema de siempre, con
Internet o sin Internet. El lenguaje que siempre funciona es el de la
gente, no el de los comunicadores que creen que se deben decir las cosas
más directamente o más claramente. Yo diría, sin embargo, que se necesitan
realidades transformadoras o lo que en términos informáticos se llama
"interfaces", que son aquellas fichas que traducen al lenguaje del hombre
lo que es entendido por la máquina. Ahora bien, esto habría que hacerlo
teniendo en cuenta las realidades humanas también. La Iglesia tiene una
manera de comunicar y tiene un lenguaje legítimo, válido, pero que no es
el lenguaje de todo el mundo. Seguramente son ahora más necesarios que
nunca estos "conversores de lenguaje" que traduzcan el lenguaje eclesial
convencional y se ofrezca un lenguaje que la gente entiende y quiere
entender.
-O sea, que quizás algunos obispos, sacerdotes u otros
pastores no se hacen escuchar o no se comunican bien. Si usted está de
acuerdo con esto, ¿cómo puede corregirse esta carencia de la Iglesia?
-Es difícil responder brevemente. La realidad es que
hay unos eclesiásticos que se hacen escuchar y otros que no; hay unas
homilías a las cuales la gente va gustosamente y otras, en cambio, donde
la gente va haciendo un esfuerzo y de manera heroica. Sencillamente, es un
problema de lenguaje, de amenidad y de saber comunicar.
-Usted, que trabaja en el Vaticano, ¿puede decirnos qué
percepción se tiene allí sobre las últimas actividades del Santo Padre, y
particularmente sobre su reciente visita a España?
-La visita a España se valora como un fenómeno
extraordinario. Se ha visto como un hecho que no nos sorprende, a quienes
nos movemos por el Vaticano, porque de alguna manera conocemos cuál es la
realidad del hombre y la mujer de la calle. Muchas veces se pierde de
vista esta realidad, a veces desde el punto de vista de la Iglesia, pero
todavía se pierde más desde los medios de comunicación convencionales. Los
diarios saben cada vez menos sobre la gente de a pie pero, como todas las
publicaciones piensan igual o tienen un comportamiento muy parecido, este
mismo hombre de la calle, más que beneficiarse de estos medios, los sufre.
El día que llegue un comunicador que utilice unos medios de comunicación
social basados en un lenguaje no sectario, equilibrado y que respete la
escala de valores del ciudadano medio, así como en unas prioridades
claras, este medio arrasará.
-¿Y cómo podemos "arrasar" los cristianos?
-Cuesta mucho. Hay que tener mucha mano izquierda y
mucha comprensión, y tenemos que ser conscientes de que la realidad social
cambia, de que con frecuencia es el corazón y no la inteligencia lo que
domina los comportamientos. En este sentido, es muy interesante una
reciente encuesta de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI). El cardenal
Ruini, en el prólogo de la publicación de este estudio, viene a decir que
"estamos haciendo un poco el primo" (naturalmente en otras palabras). Lo
que quiere subrayar con esta idea es que, por ejemplo si hablamos de
jóvenes, hay una juventud creyente y otra no creyente, pero lo más
importante es que todos piensan igual, ya no sólo en relación con
cuestiones culturales sino también sobre la misma Iglesia y su contenido.
El problema de fondo (y esto lo digo yo) es que hay una falta de cultura
entre la juventud. Por ejemplo, a un chico que es muy activo (va a las
reuniones parroquiales, ayuda desde la catequesis...), le preguntas quién
es Jesucristo y no lo sabe; y lógicamente pasa lo mismo si le preguntas
sobre la Trinidad, sobre el sentido de los sacramentos y sobre cuestiones
morales. Las respuestas son las mismas que daría el chico no practicante.
-¿Y qué podemos hacer ante esta realidad?
-Hay un enorme problema cultural y de fronteras en los
contenidos. Hay que ir sobre todo con caridad y con un corazón de apóstol.
El problema del lenguaje se tiene que resolver o bien explicando las cosas
con el lenguaje propio de la Iglesia o bien adaptándose al que puede
entender la persona que recibe nuestro mensaje. Por ejemplo, una persona
que se encuentra al corredor de la muerte de una cárcel no tiene más
remedio que escucharnos. Ahora bien, aquellos que tienen muy fácil salir
por la puerta y pasar de nuestro mensaje necesitan un esfuerzo por nuestra
parte para que nos entiendan. Por tanto, hay que ser un poco atractivos,
es decir predicar el Evangelio sin demagogia pero con gancho. Como dice el
refrán, "no se ganó Zamora en una hora".
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