Al rescate del
afecto
Rescatemos el afecto puro, sin mezclas ni
rebajamientos. No toda sonrisa es una invitación sugestiva o un ceder. No
toda mirada debe causar sonrojos.
Hoy se predica que da igual “mujer con mujer” u “hombre
con hombre”, además de “hombre con mujer”. Todas son “parejas”. Se dice
que da igual si la relación es estable o temporal o intercalada con otra o
sólo un acontecimiento del momento. Todas son “relaciones íntimas” y todo
es lícito “si se quieren”.
Antes, por “amigos” se entendía llanamente como las
personas cercanas con quienes uno comparte ideales, proyectos, los
momentos buenos y las malas rachas. Ahora por “amigos”, se llega a suponer
gratuitamente, que comparten incluso la cama. “Nos vemos esta noche”...
¿Por qué a menudo se le añade mentalmente “después de las copas, en la
habitación”?
Tal vez al alquilar un piso con una compañera de clase,
la chica se lo piensa dos veces, no sea que los vecinos se pongan a pensar
mal. Vamos a vivir juntas... ¡para que nos salga más barato la renta,
oigan, nada más!
Una sonrisa, una mirada de comprensión, suelen ser
sencillos desbordamientos externos de aprecio, de ternura, de gratitud, de
consuelo... así como expresamos ese afecto hacia nuestras madres, nuestros
padres o hermanos. Pero es una lástima que, cruzados los bordes del
parentesco, también los gestos se vuelven ambiguos. Se tergiversan las
intenciones, dando a todo al menos una sombra de erotización.
Está claro que incluso las muestras de afecto natural
deben regirse con prudencia y mesura. La inocencia no es lo mismo que
ingenuidad. Además, hay momentos que por cuidado de la dignidad de las
personas y de la intimidad que expresan, merecen reservarse para la
discreción del hogar conyugal. Pero, al revés, ya nos sentimos cohibidos
para hacer en público incluso algo tan abierto y diáfano como posar una
mano en el hombro del vecino—sea hombre o mujer—o platicar caminando
juntos en la calle... con la propia madre.
Puede ser que cuando la sociedad tiene cada vez menos
experiencia de vivir entre hermanos, es más difícil tratar a los amigos
como hermanos. Puede ser que si la sociedad siempre está buscando una
gratificación placentera, siempre la encontrará... donde no estaba la
pondrá. Puede ser que nadie les diga a los jóvenes que pueden sentir
simpatía por sus amigos sin que tenga nada que ver con el romance o el
replantearse su “orientación sexual”.
Puede ser que si miráramos más hacia los ideales
comunes, en vez de mirar siempre hacia nosotros mismos, redescubriríamos
la camaradería, la colaboración, la lealtad, la solidaridad, la empatía
desinteresadas.
De todas formas, no lo dudemos: todavía existe la
amistad sin cláusulas de sexualidad. Rescatemos el afecto puro, sin
mezclas ni rebajamientos. No toda sonrisa es una invitación sugestiva o un
ceder. No toda mirada debe causar sonrojos. No todo abrazo es un buscar
“algo más”.
Que podamos volver a decir a nuestros amigos y de
nuestras amigas, sin vergüenza ni explicaciones, “les quiero”.
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