El crucifijo de
Ofena
Jaime Septién
Hoy fue el crucifijo de una escuela italiana. Mañana
será otra cosa. Y pasado mañana nos quedaremos sin nada que nos
identifique como cristianos.
En Italia -más concretamente en la provincia de
L’Aquila, en un pequeño pueblo llamado Ofena-se intentó, por orden
judicial, retirar el crucifijo que presidía el salón de clases de un
jardín de niños. El escándalo llegó a tanto que hasta el Papa intervino.
Sus palabras fueron determinantes: “Retirar el crucifijo del salón de
clases es retirar el reconocimiento del patrimonio religioso de la
sociedad”.
Este argumento fue la causa para que se suspendiera la
orden y se restituyera el crucifijo en el aula de Ofena. Sin embargo, le
ha dado la oportunidad a Adel Smith, un musulmán ultra radical, de volver
a convertirse en “noticia”. Él fue quien propusiera al juez el retiro del
crucifijo porque, según sus razonamientos, “ofende la sensibilidad de los
niños no cristianos”, entre los cuales se encuentran dos que son suyos.
Antes, había pedido que se retiraran unas pinturas en Bolonia, basadas en
La Divina Comedia de Dante, “porque sitúan a Mahoma en el infierno”.
Uno dirá: “el tipo está loco”. Pero no está loco. Como
su admirado (intelectualmente) Osama bin Laden; Adel Smith (hijo de padre
escocés y madre egipcia, converso al Islam a los cuarenta), sabe utilizar
el escándalo. Y es un artista en explotar a los medios de comunicación,
siempre dispuestos a publicar cuestiones que, por más que sean ridículas,
ofendan a la Iglesia católica, provoquen dudas entre los feligreses y
risas entre sus detractores. Y la Iglesia, calladita, bien portada, sin
medios de comunicación que la representen, que la hagan visible -como
cuerpo de Cristo-en la Tierra.
Que un saboteador ponga de cabeza a la escuela, la
sociedad, la política de Italia es signo de los tiempos. Pero que la
Iglesia tenga que esperar a que el Papa intervenga en todos los asuntos,
es, verdaderamente, preocupante. Yo entiendo que los católicos somos poco
dados a trabajar a favor de nuestra fe. Pero es que, también, la jerarquía
no empuja mucho. Más bien, no empuja casi nada. Cuando un laico propone
medios de comunicación católicos, casi todo el mundo eclesial invoca quién
sabe qué temores para “someterlo al orden”. El laico se queda con la
impresión de que estorba. Y se va a su casa: resignado o resentido.
Pero tenemos que avanzar pronto, juntos, sin
distinciones de “me toca a mí” o “te toca a ti”. Nos están, literalmente,
“comiendo el mandado”. Hoy fue el crucifijo de una escuela italiana.
Mañana será otra cosa. Y pasado mañana nos quedaremos sin nada que nos
identifique como cristianos. Entonces reaccionaremos. Y pediremos lo que
debíamos haber exigido siempre.
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