“Si nos denuncian,
está bien; no tenemos por qué tener miedo”
Jaime Septién
Entrevista exclusiva con el obispo auxiliar de Nueva
York
Monseñor Josu Iriondo, obispo auxiliar de Nueva York,
es el encargado de asistir, pastorear y trabajar con la creciente
comunidad hispana de la Gran Manzana. Cuatro millones de latinoamericanos
viven en Nueva York y el área vecina. Dominicanos, portorriqueños y
mexicanos son los principales países de pertenencia de los inmigrantes.
Sobre el papel de la Iglesia, la inmigración, el 11 de septiembre y los
escándalos sexuales en Estados Unidos, platica este obispo, vasco de
origen y brazo derecho del cardenal Eagan en una de las arquidiócesis con
mayor número de católicos del planeta.
¿Estamos dejando atrás la “Iglesia de los pobres”?
La verdad es que no nos damos cuenta de que los pobres
fueron los que levantaron todo: las iglesias, las escuelas, los
hospitales… Ahora nosotros -por ejemplo en Nueva York-lucimos una Iglesia
muy bonita, pero les ha costado a los pobres y, quizá, nos olvidamos de
esos pobres, que llegan en grandes masas a esta ciudad. Pensamos que no
tienen poder, cuando el poder está en cada persona.
¿Cómo viven esta realidad en Nueva York, una de las
arquidiócesis más ricas del mundo?
Estamos tratando de abrir las puertas y cada día somos
más conscientes de que si queremos vivir como Iglesia, tenemos que acoger
al inmigrante. Es él quien se agarra a Dios. Si le dejamos, nos morimos.
Como también la sociedad. El que está acomodado, se duerme. Así cayó Roma.
¿Es posible acoger al inmigrante con amor, después
de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001?
Sí. Es posible. Una cosa es lo que se ventila en los
medios y otra la realidad. La guerra ha supuesto una marcha atrás en la
ecología y en muchas otras cosas, de al menos treinta años.
Por cierto, ¿cuál fue el papel de la Iglesia
católica en estos acontecimientos?
Los bomberos, los policías que murieron eran católicos
en su mayoría. Atendimos, sin embargo, a todos. Y la Iglesia estaba
presente. Se movilizó muy bien para estar cerca de los que sufrieron esa
enorme tragedia.
¿La Iglesia católica está actuando bien en el tema
de los inmigrantes?
Cuando el inmigrante viene aquí, a Nueva York, y ve una
iglesia dice: “ésa es mi casa”. El problema es que muchas veces la
encuentra cerrada. Debemos rescatar ese signo, darle ayuda al inmigrante
para que, realmente, tenga la identificación que necesita. Es una ayuda
moral inestimable.
¿No era éste el sentido original de la Iglesia, casa
de todos?
Sí, por supuesto. Lo que pasa es que la Iglesia antes
no tenía edificios. Donde quiera que hubiera gente reunida en torno a
Cristo, estaba la Iglesia. El problema de hoy es que invertimos mucho
tiempo en los edificios y descuidamos a las personas…
Eso se palpa en Nueva York…
…cuando tú estás muy organizado, te respetan, te
admiran, tienes muchas obras, pero corres peligro de olvidarte del más
necesitado.
¿Qué programas tienen ustedes con respecto a los
inmigrantes?
Todas las parroquias tienen sus programas para los
inmigrantes. Hay agencias de protección, consulares, apoyo moral. Son
cientos de programas. Tratamos que el inmigrante tenga un encuentro con
una Iglesia que es suya. Y la asistencia es enorme; hermanas, hermanos,
sacerdotes. Luchamos para que vivan con dignidad, en los campos y la
ciudad. En la medicina…
¿Cómo enfrentan la religiosidad popular de los que
emigran?
Siempre la Iglesia tiene que ser popular. Es la persona
y su relación con Dios. La iglesia con capacidad económica puede olvidar
su contenido. Sin el pueblo no somos nadie. Lo importante es que el pueblo
se conecta con su Dios, y con la Palabra Eterna del Padre, que se hizo
Carne y caminó con nosotros. Ahora somos nosotros los que intentamos
caminar con Él.
¿Es cierto que los escándalos sexuales han golpeado
tan duramente a la Iglesia católica de los Estados Unidos?
Sí, la Iglesia ha sido golpeada fuertemente, pero,
también, de manera injusta. No han visto la parte positiva de la Iglesia.
Quizá ha sido un despertar para todos nosotros. No hay mayor alegría
cuando un penitente ha cometido un pecado, lo confiesa y siente el gozo
por ello.
Por cierto, las aberraciones sexuales no son
exclusivas de la Iglesia católica…
En efecto, pero es que es obvio. Si un mecánico, que
está trabajando con un coche, le cae un chorro de grasa en su traje, no le
importa. Pero una novia, cuando va a casarse, la cae una gotita en su
vestido hermoso, dice “¡guau, cuanto me han manchado, es una desgracia!”.
Excelente metáfora, y es que la Iglesia siempre ha
tenido…
…capacidad de renovarse. Si nos denuncian, está bien;
no tenemos por qué tener miedo. Pero el problema grande no es ése. El
problema grande es que no estamos formando a los católicos como debíamos
haberlo hecho. Nos estamos dejando llevar por estructuras más por el
contacto personal de la Iglesia con la persona, para motivarla a que tenga
contacto personal con Dios y Señor.
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