Verdad y vida: al
iniciar el camino
Roger Limachi Condori
En un mundo desorientado y confuso, que casi no
distingue entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal, y que
parece no encontrar razones para la esperanza y la vida, la necesidad más
urgente no puede ser otra que mostrarle esas razones, vivas desde hace ya
dos milenios, y que hacen posible, a todos los hombres, vivir una
humanidad plena y verdadera.
Al redactar el primer articulo de Verdad y Vida, una
pregunta interpelaba nuestra mente y corazón: “Y vosotros, ¿quién decís
que soy Yo?” Es ésta la pregunta fundamental, de la que dependen la fe
cristiana, la existencia de la Iglesia y la esperanza de la salvación. Es
vital saber responder con exactitud. No valen definiciones aproximadas ni
conceptos genéricos. Nuestra respuesta fue iniciar esta aventura.
En estas páginas, trataremos de ahondar en esa
respuesta de la fe de Pedro, que desvela la verdad plena: “Tú eres Cristo,
el Hijo de Dios vivo”, y que lanza el reto más trascendental de la
Historia. Con este reto tiene que ver la razón misma de ser de nuestra
columna, que no en vano lleva como cabecera el nombre de Jesucristo:
Verdad y Vida.
Después de veinte siglos Jesucristo aun es un gran
desconocido para muchos hombres o un conocido imperfecto. ¿No será porque
su figura histórica ha sido deformada de múltiples maneras, incluso en el
seno mismo de la comunidad cristiana? ¿Quién es Jesucristo? ¿El hijo del
carpintero? ¿El Mesías'? ¿Un revolucionario auténtico? Jesucristo más que
una pregunta difícil es la respuesta clara de Dios.
Son muchas las cosas que se dicen y escriben sobre
Jesucristo; pocas sin embargo, tratan siquiera de responder al desafío de
este hombre que se proclama sin ambages verdadero Dios. Algunos hablan de
Jesús de Nazareth solamente como de un hombre maravilloso, con un mensaje
bellísimo de amor y de paz.
Nada más lejos de la realidad. Si no se reconoce a
Cristo como lo hizo Pedro, habría entonces que definirlo como un blasfemo
-¡Siendo un hombre te haces Dios!, tuvo que decirle el Sanedrín judío-,
jamás como un hombre admirable. No hay distorsión más grave de la
realidad, que considerar admirable a quien no es más que un blasfemo. Así
lo consideró Saulo de Tarso y por eso persiguió a muerte a sus seguidores,
hasta que, camino de Damasco, se encontró con Él -con la misteriosa y
liberadora locura de la Cruz- y lo reconoció al igual que antes lo había
reconocido Pedro.
De este reconocimiento de Jesús, verdadero Hijo de Dios
encarnado en el seno de María de Nazaret, y desde su Iglesia, no recluida
en las sacristías sino abierta al mundo entero, brotan estos artículos.
Todo en ellas, de la primera a la última, es religión en su sentido más
hondo y verdadero: la economía y la política, la familia y la escuela, el
trabajo y el descanso, en fin la vida entera.
En un mundo desorientado y confuso, que casi no
distingue entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal, y que
parece no encontrar razones para la esperanza y la vida, la necesidad más
urgente no puede ser otra que mostrarle esas razones, vivas desde hace ya
dos milenios, y que hacen posible, a todos los hombres, vivir una
humanidad plena y verdadera.
Estas páginas quieren ser un servicio al bien común, al
que nos ha llamado Dios, en su pueblo. Y un servicio, además, que muchos
hombres, aun no creyentes, reclaman en nuestra sociedad. Hombres y mujeres
quieren hoy oír una propuesta clara de fe, una voz que ilumine la
existencia y que invite al bien y a la verdad.
Esa voz se oye poco en una sociedad marcada por el
abuso del poder, también en los medios de comunicación. La cultura
dominante impone a sus medios un tratamiento de la religión y de la fe que
no corresponde con la realidad. En muchos, que dan cabida dentro de sí a
toda clase de magias, falsas trascendencias y brujerías, la idea cristiana
de una fe que sostiene la vida, la razón y la libertad, no es ni siquiera
considerada.
En otros, toda noticia sobre la fe o sobre la vida de
la Iglesia es sistemáticamente falseada y presentada de modo negativo,
cuando no ocultada. El prejuicio ideológico de que la fe y el progreso del
hombre son dos realidades incompatibles, aunque se ha probado como falso
en la Historia, y de un modo especialmente dramático en estos últimos
tiempos, sigue haciendo daño.
Todo hombre busca salvar su vida. A la fuerza del
instinto de conservación añade el hombre el apetito de ser, de poseer, de
triunfar en el mundo logrando un nombre, un puesto relevante, una gloria
que le encumbra por encima de los demás. ¡Y cuántas veces, por lograrlo,
es capaz de vender su alma al diablo!
La religiosidad verdadera hace al hombre más humano, y
la fe en Jesucristo revela el misterio del hombre al hombre mismo, le
conduce a su verdad y su humanidad más plena. Por eso nos alegramos de que
Verdad y Vida pueda servir a la causa del hombre, de su dignidad de
persona, de su libertad y de su verdad.
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