¿En el cielo hay
chocolates?
Roberth Phoenix
La oración es la verdadera luz para entender los
“porqués” de nuestra vida.
Cuando era niño me encantaban los chocolates, de hecho
hasta la fecha me encantan. Pero cuando mis padres me mandaron al
catecismo para hacer la primera comunión, como todo infante que se
encuentra en la etapa de los “¿por qués?”, entender la grandeza de Dios
era sumamente difícil, especialmente para un pequeño con cerebro trimotor
como yo, así que los chocolates quedaron a un lado. De hecho conceptos
como la Santísima Trinidad, la creación del mundo, la existencia de los
ángeles y la ubicación del cielo y el infierno, fueron conceptos vagos en
mi proceso de fe, es decir, simples y llanos dogmas.
Supongo que por eso mismo, cuando me acostaba a dormir
en mi cama y pensaba que el cielo sería un lugar sin dimensiones, donde no
existiría nada, más que Dios, un hombre bastante anciano al que debíamos
adorar por toda la eternidad, me llenaba de angustias y temores, que me
hacían incorporarme sobresaltado, pues era un hecho que la vida eterna se
presentaría después de mi muerte, y no podía hacer nada para evitarlo. Me
explico: la idea de vivir por siempre era simplemente aterradora, pues no
tendría opción de morir nunca más, ni de vivir en mi amadísimo mundo.
De hecho la única etapa en mi vida en que deje de
sentir dicho temor fue cuando en mi adolescencia decidí ser ateo, pues
Dios dejó de tener sentido para mi, y todos sus conceptos dogmáticos eran
demasiado irrisorios para ser ciertos. En una palabra me convertí en un
materialista. Pues el materialismo era mucho más digerible para mis
ideales de entonces, una vida en donde tenía plena “libertad” de hacer y
deshacer de mi vida lo que quisiera, pues una vez muerto, no habría nada
más.
Fue hasta que cumplí los veinte años que esa constante
huida de Dios fue refrenada por la inevitable caída que se sufre al
carecer de Dios. En aquel año Dios reclamó mi vida par si, para poder
amarme y llenarme de Él. Para darme una segunda oportunidad y una vida
nueva. Fue el 2 de junio de 1999, cuando tuve mi encuentro con Jesús, el
hombre, el amigo, el confidente, el Señor, Dios. Y entonces comenzó un
gran cataclismo interior por recuperar mi vida y restaurar lo dañado por
mi pecado.
En esa búsqueda por regresar, mi mente y mi fe chocaron
muchas veces, pues conceptos como el aborto, los métodos anticonceptivos,
la homosexualidad como algo perfectamente natural chocaban con la doctrina
de la Iglesia. Sin embargo, mi experiencia de salvación, me impulsaba a
investigar, a estudiar y a prepararme para entender los porques de
aquellas ideologías.
Poco a poco mi entendimiento y mi fe, comenzaron a
entrelazarse hasta llegara a una relación maravillosa, en donde no solo
estaba convencido de la doctrina de la Iglesia, sino que podía compartirla
con los demás y sobretodo vivirla para realizarme más plenamente.
Una de las partes más importantes en este cambio fue
estudiar los dogmas de fe, pues era algo que seguía incomodándome, ya que
desde niño no podía entenderlo. Para ello los estudios de teología
parecían la opción más viable, pues creía que me resolverían todas mis
dudas en un santiamén, pero ¡Oh sorpresa! No fue así. De hecho aumentaron
muchas más dudas y preguntas que me hacían pensar una y otra vez en el
sentido y significado de las cosas en éste mundo. Para ello mis mismo
profesores, teólogos todos ellos, me dejaban bastante que leer desde
encíclicas y documentos pontificios, hasta traducciones del griego bíblico
y teologías de diferentes autores. En éste proceso mi mente fue
aclarándose y mi corazón fue enriqueciéndose con la oración diaria, la
verdadera luz para entender los “porques” de todo aquello.
Sin embargo no fue hasta que mi guía espiritual, el
Padre Paco Espino, me explicó la naturaleza y estados de permanencia del
cielo y del infierno, que mi alma quedo enamorada de la vida después de la
muerte. Recuerdo que estaba junto a un gran ventanal en el tercer pido de
un edificio, cuando el Padre Paco, comenzó a narrarme como era el cielo,
el estado de festividad y felicidad en que se encontraba la Iglesia
triunfante, en el como la realización plena de los seres humanos se veía
completada al estar en la presencia de la belleza eterna, de la bondad
misma, de aquel al que hemos experimentado alguna vez en la oración, la
presencia de Dios.
Todo aquello resultaba tan maravilloso que recuerdo
haber deseado morir en aquel momento, para poder disfrutar ya de la
presencia infinitamente amorosa de mi Señor, deseaba reunirme con Él, para
adorarlo eternamente. Y desde aquel momento mi oración comenzó a cambiar
pues dejé de vivir en un concepto de vida terrenal, par comenzar a vivir
en un concepto de vida eterna, en donde todo lo que hago, digo y vivo en
día de hoy, es solo un paso en el gran camino que me queda por recorrer.
Curiosamente hace un par de semanas vi un documental
acerca de la vida marina y al admirar todas aquellas formas de vida, con
colores, texturas y formas tan maravillosas, me pregunte ¿Si Dios creo
éste paraíso para nosotros, cómo será de maravilloso el cielo? Entonces me
pregunté que si algún día estaríamos junto a Dios en cuerpo y alma
¿volveríamos a disfrutar de manjares tan deliciosos como en éste planeta?
La pregunta me rondó un par de días en la mente, pues después de una vida
de gusto por los chocolates, la idea de vivir sin ellos, no era muy grata.
Fue hasta que compartí mi inquietud con mi amigo Memo
Galindo cuando encontré la respuesta.
-
Memito ¿crees que haya chocolates en el cielo? -
Pregunté.
-
¿Chocolates? - Respondió él - . Depende para que los
quieras.
-
Pues para comerlos - . Respondí inmediatamente.
-
Él me miró fijamente y se rió.
-
No lo sé - . Me dijo. - Supongo que tal vez haya
cosas más ricas como el maná.
Una sonrisa se dibujo en mi rostro, entendí
perfectamente lo que había querido decirme. Supe entonces que la respuesta
a mi pregunta “¿hay chocolates en el cielo?” encontraría respuesta al
llegar allá. Así que si llego primero que ustedes y la respuesta es
afirmativa, prometo guardarles algunos.
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