Crecer por dentro
para cambiar el mundo
Víctor Corcoba Herrero
Hoy también se necesita ahondar en lo que somos y
solicitar (no mendigar) que mengüen las desigualdades.
Hay una frase pronunciada por doña Leticia, con motivo
del compromiso matrimonial, que ha quedado grabada en mi corazón. Su
prometido -nos desvela- es una persona “afanada en crecer por dentro y
tener una visión del mundo y de la vida muy justa y muy comprometida”.
Ciertamente es un caminar necesario para todos, para la vida, que ha de
ordenarse hacia el bien en toda su verdad. Afanarse con desvelo, en esa
búsqueda interior donde habita el sagrario del alma, es una buena
orientación racional. Todo un valor a cultivar y a cultivarse. Necesitamos
universalizar la mente y, para ello, nada mejor que acudir a escuchar
nuestra propia voz, la que mana del profundo silencio. Somos hijos del
verso y la palabra. Por ello, si en la poesía vivimos, en paz habitaremos.
Poetas de todos los tiempos han pedido la voz y la
palabra para achicar mares de injusticias y abrir cauces de aire limpio,
horizontes de libertad. Hoy también se necesita ahondar en lo que somos y
solicitar (no mendigar) que mengüen las desigualdades. Tanto el rico como
el pobre, el capital como el trabajo, han de tener iguales derechos y
deberes. En medio del trajín diario, olvidamos nuestro propio desarrollo,
crecer en humanidad desde la humildad, el juzgarnos antes a nosotros que a
los demás, el donarnos sin letra de cambio. Convendría reencontrarnos a
nosotros mismos, reintegrarnos en vez de desintegrarnos. Seguro que así el
crecimiento sería más auténtico, o séase, más integral, en cuanto respeto
a la persona por ser persona., para que el crecimiento fuese completo. No
somos una posesión a poseer, más bien somos una donación a donarse. Ya lo
decía mi abuela, la avaricia rompe el saco.
Una mirada sobre nuestro alrededor permite ver
rápidamente la falta de humanidad que tiene el mundo, dividido en bloques
y sometido a rígidas ideologías y gobiernos que caminan hacia su propio
interés, sin someterse a ningún análisis moral. Por ello, a mi juicio, es
esencial la actitud espiritual, un cambio de mentalidad, una conversión
que pasa por reconocernos a nosotros mismos, como somos: personas humanas;
y no marionetas del poder; sea el político, económico o social. Con tantos
avances y sabidurías, ¿cómo podemos permitir todavía que se muera de
hambre en la tierra?. Antaño los
pueblos y los individuos aspiraban a su liberación, hoy
todavía seguimos en lo mismo, en liberarnos de ataduras, como puede ser la
abundancia del consumo o el armarnos hasta los dientes en vez de abrirnos
a compartir y cerrarnos en abrazos, los unos con los otros.
Días pasados, cuando visitaba una fundación que lleva
en marcha bastantes años, creada por un joven - Ignacio Pereda- que, tras
licenciarse en Derecho, quiso llenar su vida por dentro, aunque para ello
tuviese que renunciar a una vida fácil, comprendí el gozo, después de oír
sus palabras y de quedar asombrado por tanto empuje solidario, la alegría
que da entregarse a los últimos, a los que nada tienen. No tuvo que irse
al tercer mundo. Encontró esa miseria entre nosotros. Su entusiasmado
proyecto pretende recuperar el sentido familiar de personas que por
diversas circunstancias no han podido, ni pueden experimentarlo, y nos
hemos encontrado con gratísimas sorpresas. Se las voy a relatar, sobre
todo, ahora que los gobiernos, autonomías y administraciones locales, han
creado tantas ventanillas en favor de la familia; las que, por cierto, ni
están todas abiertas, ni ofrecen tantas soluciones, ni resuelven tantos
desajustes.
El concepto de escuela de solidaridad, se afianza en
sus tres programas: “Mejor con Mamá” (de intervención sobre madres con
hijos que viven en situaciones de emergencia. Se pretende la recuperación
física y psíquica de estas madres y su preparación laboral así como
procurarles el retorno a su independencia e integración en la sociedad).
“Mejor Ocupado” (talleres ocupacionales para formar en diversos oficios
artesanales a jóvenes de ambos sexos acogidos en el hogar). “Mejor
formado” (persigue la promoción, la capacitación, y la responsabilidad
necesaria para la integración social y cultural. Esto se lleva a cabo a
través de distintos cursos). ¿Es posible combinar programas con esta
diversidad humana (niños, madres, jóvenes, adultos, discapacitados...)
dentro de un mismo espacio físico? La respuesta, aparte de saltar a la
vista de lo vivido, me la dio su fundador, Ignacio Pereda: “No solo la
existencia de distintas generaciones es posible dentro de un mismo
espacio, sino su coexistencia, lo que implica convivencia pacífica y
comunicación”.
Cuando me encontraba con esta familia tan peculiar,
surgió una llamada de una entidad solicitando su ayuda. Querían deshacerse
de un minusválido extranjero y no sabían cómo. La persona en cuestión no
tenía ninguna familia que le acogiera. Peor que un perro. Yo insistí en
que lo arropasen, pero faltaba espacio. Ignacio Pereda me comentó que esto
sucedía cada dos por tres. ¡Que dura vida en un mundo de ricos!. Y por
ello, les ha llevado a pensar que era necesario contar con un espacio más
amplio del que se dispone, con más capacidad y recursos, y entonces me
llevaron a Sierra Elvira (en Granada). Ilusionados me mostraron el
proyecto de nueva sede para la fundación, que aborda la adquisición de una
finca de grandes dimensiones, además de un grupo de ocho viejas casas
adosadas de dos plantas con semisótanos corridos y dos naves de antigua
construcción. El proyecto, que se encuentra ya muy avanzado por lo que
pudimos ver, contempla la rehabilitación de las estructuras existentes,
adaptándolas a sus necesidades. Se quiere crear un entorno propicio para
el desarrollo de este “taller humano”, tanto en la edificación como en los
lugares exteriores. Un entorno que de por sí sea terapéutico y sanador,
tanto por la sencillez y orden en el diseño, como por la estética del
mismo.
Reconozco que la lección vivida jamás la olvidaré. Sus
testimonios me dejaron sin lágrimas en el alma. ¡Palabra!. Posteriormente,
llevé a mi diario, el poema de sensaciones que me habitó. Luego, en
silencio, registré a golpe de corazón, que una buena manera de crecer por
dentro, pasa por desarrollar los talentos de la sabiduría y por acrecentar
el talante de ayudar a todo aquel que nos requiera. Todos nos necesitamos
de todos. La más saludable forma de encender la luz de la alegría, el gozo
de sentirse bien, es la entrega de uno mismo a los demás. Unirse para
construir un mundo más humano, justo y compasivo, nos da fuerza. Y es
posible, claro, con sembradores de amor verdadero. Todo cambia menos el
amor que nos cambia a nosotros, para mejor.
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