La Iglesia que
sostengo y me sostiene
Mons. Antonio Montero / Iglesia en camino
Mensaje del arzobispo de Mérida-Badajoz en el "Día de
la Iglesia diocesana"
Empezamos por el Evangelio de San Marcos (13, 24-23)
donde Jesús nos habla de su segunda venida, al fin de los tiempos, con
gran poder y majestad, para juzgar a vivos y muertos conforme al
comportamiento de cada cual en este mundo, no sin habernos dado antes a
todos, en su designio de salvación, oportunidades de perdón y de
misericordia. En la carta a los Hebreos, segunda lectura, se nos dice que
"Cristo ofreció por los pecados de los hombres, para siempre jamás, un
solo sacrificio" (Hb 10, 11-14). En tanto que el libro de Daniel,
refiriéndose a los justos y a los que enseñaron a otros la justicia, esto
es, la santidad, nos dice que "brillarán como estrellas por toda la
eternidad" (Dn 12, 3).
Acogemos en nuestro espíritu estas palabras de
salvación y pasamos ahora a otras consideraciones, no menos necesarias
para desarrollar en plenitud nuestra condición de hijos de Dios, miembros
del Cuerpo de Cristo y ciudadanos de su Pueblo santo, para referirnos a la
Iglesia como presencia de Cristo en el mundo, morada de Dios entre los
hombres y sacramento universal de salvación.
La Iglesia cree en la Iglesia
La Iglesia pertenece de pleno derecho al universo de
nuestra fe y por ello la profesamos en el Credo. No es correcto hablar de
la Iglesia y nosotros, sino hablar de la Iglesia en nosotros, o, mejor, de
nosotros en ella. E incluso, con mayor énfasis, de la Iglesia que somos
nosotros, no como una muchedumbre anónima y confusa, sino como un Cuerpo
orgánico en el que Cristo es la cabeza y nosotros sus miembros, bien
articulados con El y entre sí. Todos con funciones diferentes y
escalonadas en soberana armonía; iguales en dignidad pero diferentes y
jerarquizados en plurales cometidos; y todos al servicio del bien común de
la Iglesia y su misión evangelizadora entre los hombres. Sabemos que esa
realidad, divina y humana, que llamamos Iglesia, sólo puede ser captada
con la gracia de la fe y vivida con la fuerza del Espíritu como una,
santa, católica y apostólica.
- ¿Por qué remontarnos tan arriba para hablar de un
fenómeno social e histórico, tan humano y visible por los cuatro costados
como lo son el Clero y los parroquianos, el Vaticano y las catedrales, las
monjas y los cofrades, los santos y los pecadores, ustedes y yo mismo?
Porque la Iglesia ha nacido en este mundo, tuvo por fundador a un hombre
con nombre y apellidos, acaba de cumplir veinte siglos, está extendida por
toda la tierra y presente en cada pueblo, tiempo y lugar.
- Todo esto es tan verdad como lo anterior y sólo
cuando asimilamos, acogemos y vivimos a la vez las dos dimensiones divina
y humana, el cuerpo y el alma de la Iglesia, hemos captado su verdad,
hemos abierto el alma a su misterio. A partir de ahí, no nos cuesta nada y
nos resulta natural y coherente pasar en el Credo, sin saltos en el vacío,
sin solución de continuidad, del "Creo en el Espíritu Santo" al "Creo en
la Iglesia católica". Y lo que es más nuestro y más difícil: pasar del
creo en la Iglesia al creo a la Iglesia.
No hace falta más, queridos hermanos, aunque siempre es
bueno recordarlo, para que nos tomemos en serio, en la vida cristiana
personal, nuestra pertenencia a la Iglesia, connatural a nuestro ser
cristiano e inseparable de él. No vale aquello de creo en Dios, pero no en
la divinidad de Jesús; creo en Cristo, pero no en la Iglesia; creo en la
Iglesia, pero no en el clero; soy cristiano a mi manera y me entiendo con
Dios por cuenta propia. En esto, más aun que en el matrimonio (que admite
la separación, aunque no el divorcio), vale la afirmación de Cristo: "Lo
que Dios ha unido, no lo separe el hombre" (Mt 19, 6).
Entre Roma y la parroquia
Nuestra pertenencia a la Iglesia, hablando bien y
pronto, se verifica en tres círculos concéntricos: parroquia, diócesis,
comunidad católica universal. La parroquia, tan rica en bienes
sacramentales y pastorales, no puede llamarse Iglesia porque precisa
enlazar con la sucesión apostólica del Obispo. La diócesis sí, como las
Iglesias apostólicas del cristianismo primitivo; en ella se congregan las
comunidades cristianas de un territorio delimitado, en torno al Obispo
propio, en comunión con el de Roma y con los del mundo. De la Iglesia
universal, ya sabemos lo que es y no nos ocupamos ahora. Digamos, sí, que
el católico medio, en muchas partes del mundo, vive con mayor lucidez e
intensidad el mundillo cercano de su parroquia, o la Iglesia universal en
torno al Papa, que su pertenencia a una Iglesia diocesana, en torno a su
Obispo y comprometido con ambos.
Pues es de ésta última, un poco cenicienta y pariente
pobre para muchos, de la que hablamos hoy, cuya pertenencia activa a la
misma, es un signo distintivo de los católicos conscientes y
comprometidos. Del Obispo diocesano, al que hacen presente en las
comunidades los presbíteros que las sirven en la predicación, el culto y
el pastoreo en general, provienen las orientaciones doctrinales, las
líneas de evangelización, los recursos humanos y materiales que necesitan
las parroquias y sus actividades religiosas de toda índole. Ahora bien;
cuando los laicos cristianos, ellos y ellas, se sienten Iglesia, porque
son Iglesia, han de concretar esos sentimientos en su Iglesia diocesana,
local o particular, que los tres calificativos le cuadran.
Deficiente contribución de los fieles
Vivir la pertenencia a una Iglesia diocesana es
secundar las directrices episcopales, ofrecer la colaboración personal
como agentes pastorales o voluntarios de toda índole y contribuir con su
aportación económica al mantenimiento de la Iglesia y a los servicios
misioneros, educativos, asistenciales y sociales que ella sostiene. Es
verdad que las diócesis reciben otras ayudas, públicas o privadas, para
cubrir sus servicios a la sociedad, y que los fieles contribuyen a las
colectas regladas para causas importantes: Misiones, Seminario, Hambre en
el mundo, etc. Pero, todos saben y yo debo asegurároslo, que el punto
débil y el que genera las carencias o deficits de las diócesis españolas y
de la nuestra, es la escasa contribución de los fieles a los presupuestos
de gastos de las diócesis.
Las deficiencias en la retribución del personal, la
impotencia o dificultad para edificar o restaurar templos y casas de la
Iglesia, la pobreza de horizontes de muchos de nuestros servicios
eclesiales, se debe, en gran parte, a la penuria de medios materiales. Me
cuesta decirlo, pero en los dos últimos años se nota un declive en los
donativos a la Iglesia, que la voz común atribuye a dos circunstancias
bien conocidas: la implantación del euro, con su redondeo hacia abajo por
personas no muy generosas y, algo más triste, el impacto en los miembros
débiles de la comunidad cristiana de las campañas orquestadas contra la
Iglesia, aunque se deban, en parte, a los errores o fallos de sus
responsables o de sus fieles. Os exhorto a levantar el vuelo hacia
horizontes más altos y a servir generosamente a la Iglesia, con tanta
santidad en sus filas, y a la que tanto debemos en todos los órdenes. Dios
ama al que da con alegría.
http://198.62.75.1/www1/camino/camino.html
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