Necesitamos un Ángel
No sé cómo es ni cómo hace para evitar lo inevitable.
Pero está ahí, al lado del chiquillo, para que el escalón no se convierta
en tropiezo.
A pesar de los desastres inexplicables, de las muertes
absurdas, de los peligros a flor de vida...; a pesar de las guerras
incontroladas, de los aviones secuestrados, de los niños secuestrados, de
los accidentes automovilísticos, de los atracos a mano armada, de los
terrorismos inconfesables...; a pesar de las violencias verbales, de las
inquinas partidistas, de los camuflajes evasivos...; a pesar de todo esto,
que es real y lo sufrimos, que es parte del mundo y de nosotros mismos,
tiene que existir un Ángel de la Guarda. No sé ni cómo es, ni cómo debe
ser, pero intuyo para qué debe de servir. Y para qué sirve.
Cuando contemplo la desbordante fantasía de mi
sobrinito, su incontrolado descubrimiento del mundo y sus cosas. Cosas que
pueden llamarse escaleras, aceras en las calles, playa con sus olas no
aptas para menorcitos de edad, cuchillos y tenedores que quedan sobre la
mesa mientras la mamá acude al fregadero, ventanas abiertas, puertas no
cerradas...; cuando observo este mundo ante la desbordante fantasía de mi
sobrinito, tengo, necesariamente, que concluir que el Ángel de la Guarda
existe.
No sé cómo es ni cómo hace para evitar lo inevitable.
Pero está ahí, al lado del chiquillo, para que el escalón no se convierta
en tropiezo, para que su pie no resbale contra la mesa del comedor, para
que un viento invisible llegue oportunamente y tranque esa ventana abierta
que está a ocho pisos de altura.
A estos invisibles Ángeles custodios la Iglesia les
concedió un día en su calendario litúrgico: el dos de octubre. Dicen que
esta devoción por los ángeles invisibles ya prosperaba en España, allá por
el siglo XV: eran ángeles cuyo trabajo, supuestamente, consistía en
proteger a una ciudad entera o a un reino completo. Dicen igualmente que
fue en el siglo siguiente cuando el pueblo, además de esos ángeles
cuidadores de ciudades y reinos, necesitó ángeles particulares, para que
nos protejan individualmente a a tí, a mí, a él. Y dicen también que la
fiesta del ángel custodio personal fue instituida en Rodez (Aveyron), por
el bienaventurado Francisco de Estaing, en 1518.
Pues en buena hora y bienvenidos sean. Porque, hoy con
más urgencia que nunca necesitamos de esa protección especial durante
todos y cada uno de los minutos del día. No solamente para que protejan a
mi sobrinito y todos los de su condición. También para usted, para mí,
para la ciudad, el reino, la república, el mundo. Porque hoy más que nunca
estamos amenazados: por atracos personales y por cataclismos sociales. Y
por ese despiadado auge de terrorismo y fanatismo.
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