Imprimir

La Santidad

Jesús Alfonso Nieves

Muchos bautizados han olvidado de que su meta esencial es la santidad.

Sigo insistiendo en que el problema de los bautizados en nuestra sociedad, es el de la pérdida de identidad como cristianos por el predominio del individualismo ético que pretende legitimar cualquier comportamiento según el criterio y el gusto personal, queriendo dictaminar sobre lo que es bueno o es malo sin ninguna referencia a las exigencias objetivas de la naturaleza humana. Aunado a lo anterior, se tiene la influencia de los medios masivos de comunicación social que promueve al fenómeno consumista, que con la publicidad, madrastra y abanderada del consumismo, crea necesidades ilusorias que abarcan todas las dimensiones del ser humano, provocando ansia desmedida de poseer, de gozar, de figurar y de aparecer.

Nuestra sociedad se está estructurando vertiginosamente bajo el signo del desorden, con un desequilibrio entre lo personal y lo colectivo, llena de discrepancias familiares tanto en lo económico como en lo social, provocando con ello que la sociedad se llene de desgracias en la que el hombre es causa y víctima al ser degradado por la corrupción que emana de la mentira y del egoísmo institucionalizado, pues prevalece el confort sobre cualquier valor o bien moral. Y esto es porque el hombre no acepta subordinar su voluntad a la voluntad de Aquel que es la Suprema bondad y sabiduría, subordinándose a sus pasiones y a otros hombres, a los ídolos modernos y a las ideologías que lo degradan

Insisto en lo anterior, mismo que ya he expuesto en varias ocasiones, porque lo preocupante es que muchos de los bautizados han olvidado de que su meta esencial es la santidad que lo lleva a la trascendencia, es decir, hacia Dios, y ésto, no es una simple especulación de índole místico o piadosa, sino que es una realidad que debemos tener siempre bien presente como cristianos, pues es Dios por su propia voluntad quien nos ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu Santo y la fe en la verdad, enviándonos a su Hijo para que vivamos en santidad y justicia, siendo la resurrección de Jesucristo lo que nos compromete a la santidad, pues con Él fuimos sepultados por el Bautismo a la muerte y al igual que Él fue resucitado de entre los muertos, nosotros, nacemos a una vida nueva. Una vida que debemos vivirla en santidad por el llamado que nos hace Jesucristo quien es santo y que por nuestra conducta de hijos obedientes debemos ser santos porque Santo es el Señor.

Desgraciadamente casi nunca hablamos sobre la santidad o que debemos ser santos. Por lo general consideramos este tema como “beateria”, palabra con carácter despectivo con la que señalamos el aspecto esencial del cristiano, o como algo anacrónico al igual que el tema del demonio. Normalmente identificamos al santo con la persona que es elevada a los altares como testigo extraordinario y fiel de Jesucristo, modelo de una vida ejemplar pero que quedó en la Historia como un bonito cuento.

La santidad consiste en vivir de una manera cada vez más plena el misterio de la inhabitación trinitaria en cada uno de nosotros, es nuestra perfecta configuración con Jesucristo, la perfecta unión con Dios por el amor, o sea, la perfecta conformidad de la voluntad humana con la divina, porque la identidad cristiana es fruto de la obediencia y no de la imposición, pues como dice Von Baltasar: “Dios otorga a su amor la figura de la obediencia y el hombre otorga a su obediencia el sentido del amor”.

Todos son llamados a la santidad, siendo la caridad el alma de la santidad a la que están todos llamados, siendo la fe, obediencia, que presupone por una parte una relación vigilante y viva con Dios, y que por otra parte, hace posible esta relación, pues solo quien obedece percibe a Dios. Juan Pablo II nos dice : “Es necesario mirar cara a cara este nuestro mundo con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales presentan problemas y dificultades (...)De todas formas, es ésta la viña, y es éste el campo en que los fieles laicos están llamados a vivir su misión”(CL 6) y la meta de la misión es la santidad, siendo una consecuencia entre muchas de la vida de santidad, la preocupación por el desarrollo de los demás, de todas las personas, reconociendo que es una lucha permanente en contra de todo aquello que las deshumaniza, las somete, las reprime, las explota, las violenta y las mata.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]