La felicidad y el
placer
Carlos Díaz
Los placeres no son el valor superior. Hay que ser
torpe para depositar la felicidad en los placeres.
¿Qué no se habrá dicho sobre el placer? Gentes hay, por
ejemplo, que quieren vivir su sexualidad como la vive cualquier perro,
pero otras amorosamente, con cariño, con ternura en el acto sexual,
humanizadamente. Ahora bien, si alguien se empeña en decir que él es un
perro y no logro convencerle de lo contrario, ¿qué puedo yo hacer por él y
por mí, a no ser no tratarle como a un perro, y procurar que no me muerda?
En última instancia los valores no se demuestran, se muestran; aceptar la
realidad es creer en ella, creérsela.
Desde luego, no todos los placeres son iguales; al
sádico le produce placer dañar a otras personas, al masoquista dañarse a
sí mismo, sufrir por sufrir, encontrar aberrantemente el placer en el
sufrimiento; al sadomasoquista expandir el dolor a toda la humanidad y a
sí mismo. No podemos decir que un mismo placer sea la medida del ser
humano.
Hay coleccionistas que se levantan pensando en acumular
placeres durante el día, tal es su proyecto felicitario. El utilitarista
Jeremy Bentham aseguraba que sólo cabe medir la felicidad por los
placeres: la cantidad de placer es la medida de la felicidad. Pero el
obseso de los placeres deviene tanto más vulnerable cuanto más obseso: el
día en que no ha logrado sumar la cantidad de placer que esperaba, se
deprime y entra en crisis de autoafirmación; si en su caza hedonista logra
cobrar pocas piezas de placer, se vendrá abajo. La felicidad pende para él
de un hilo cuando, al variar las circunstancias, varía también su
identidad. Don Juan Tenorio, con escasa autoidentidad, se ve forzado a
forzar cada noche un lecho para afirmar el gozo de su virilidad.
Sin embargo ese hedonista ignora que el placer no puede
ser objeto de búsqueda, sino que resulta o se deriva de un modo de ser y
de vivir, que es el que hay que lograr. El placer elevado a principio
cierra el camino al desarrollo personal. La felicidad es el premio no
buscado para quien realiza el valor que cree que tiene que realizar, para
quien vive conforme a un ideal felicitante. El placer no es la medida de
la felicidad, sino su consecuencia; la felicidad es un regalo para la
persona que cultiva su vida de una forma felicitaria; por eso, aunque el
regalo no llegue, la persona es feliz, e incluso puede serlo aunque
advenga el displacer o el sufrimiento. La felicidad está en el interior
del sabio. El militante soporta la adversidad doliente, pero feliz, porque
es más fuerte que ella su propia identidad vital. Mejor sería no sufrir,
obviamente, pero se puede ser sufriente por la causa que uno asume y a la
vez feliz, del mismo modo que se puede ser acumulador de placeres y
esclavo infeliz respecto de ellos.
Los placeres no son el valor superior. Hay que ser
torpe para depositar la felicidad en los placeres. En el fondo del
hedonismo hay dos cosas: miedo al dolor, que clausura, y mala educación.
Decía el siquiatra Vallejo Nájera que todo enfermo terminal pasa por tres
estadios con mermas sucesivas. En el primero se interesa por lo que ocurre
fuera de la clínica, en el segundo por lo que pasa en su habitación, y en
el tercero únicamente por sus propias constantes corporales. Luego, la
muerte. Como humano, es mala señal preocuparse sólo por el propio placer y
la privacidad. El placer elevado a principio y mantenido como tal se
cierra el camino a sí mismo.
El argumento favorito del hedonista se reduce a esto:
hagas lo que hagas, al final lo haces porque te gusta. Desde luego todo lo
que hace el ser humano es resultado de su dinámica personal, en última
instancia toda acción es egorrelativa, relativa al yo que la ejerce; sin
embargo, su condición de egorrelativa no la convierte en hedonista: hay
quien no buscando placer lo encuentra como resultado de su acción
altruísta y filantrópica, sin más. No todos los placeres son iguales, lo
mismo saltarle el ojo a una persona que ayudar a un ciego a cruzar la
calle, por aquello de que en ambos casos todo concluye en un problema de
oftalmología. Aunque quizá sí, teniendo en cuenta que el defensor de esa
barbaridad es un ciego axiológico.
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