Los fanáticos
El fanático no adora: maltrata; no expone la vida por
sus ideales: expone la vida de los demás. No cree: dogmatiza. No discierne
lógicamente sino que utiliza como única lógica, la fuerza.
El fanatismo está trayéndonos por la calle de la
amargura. El fanatismo que es uno y único, aunque disfrazado en mil
trajes, bajo mil excusas, amparándose en cuanta sin razón cunda de por
medio. El fanatismo que en todas épocas ha habido pero que en ésta se ha
desbordado de tal forma que atenta contra la convivencia social. El
fanatismo, desgraciadamente, se ha globalizado, y se ha idealizado.
Estamos a merced de los fanáticos.
Hace años escribía ya al respecto con motivo de un
famoso concierto que el guitarrista británico Eric Clapton dio en Roma. Su
música enloquecía, en el más literal de los sentidos. No de otra forma se
podía entender el hecho de que “mientras 14 mil espectadores escuchaban
tranquilos su música, otros miles de aficionados se enfrentaban a la
policía con piedras, botellas y cócteles Molotov por no poder escuchar el
concierto. Sucedió en Roma. Pero sucede hoy en cualquier parte del mundo,
con cantantes, deportistas, futboleros y una enorme gama de exaltados que
andan por la vida derrochando muerte. A muchos los llamamos terroristas, y
yo creo que todos lo son. ¿Qué es el muchacho que en La Coruña mató a un
compañero luego del partido de fútbol?
Me encamino al Diccionario Político, de Haro Tecglen,
porque me gustan sobremanera sus definiciones descriptivas. Encuentro allí
la definición de fanatismo: “una actitud psicopatológica que puede
mostrarse en muy diversas causas –el deporte, la canción, los toros-, pero
que cuando se manifiesta en política o en religión puede ser
extremadamente grave”.
Recuerdo ahora la noticia sobre los fanáticos de Eric
Clapton y no puedo menos de avergonzar, por lo absurdo: intentan lincharse
unos a otros, intentar linchar a la policía que intentaba poner orden e
intentar linchar a los organizadores del evento porque se habían agotado
las entradas, no deja de ser un linchamiento vergonzoso. El fanático, sea
fanático de lo que sea, es capaz de cualquier cosa; en definitiva, un
matón.
Al fanático le asiste una sola razón. Descuartizar, a
golpe y porrazo, verbal o físicamente, al adversario. Un adversario muchas
veces no real sino inventado. Porque, una de las características del
fanático es inventarse adversario, contrincantes, profanadores del
dios-ídolo-fetiche al cual él cree rendir culto.
El fanático no adora: maltrata; no expone la vida por
sus ideales: expone la vida de los demás. No cree: dogmatiza. No discierne
lógicamente sino que utiliza como única lógica, la fuerza. El fanático es
muerte. Hay que enseñarle la estrofa de machado: “tu verdad, no; la
verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”
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