Urge educar en el
amor
Víctor Corcoba Herrero
Hemos perdido la conciencia en tantos valores que el
rumbo lo hemos perdido.
Reconozco que los episodios de violencia criminal que
sufre hoy el mundo me producen viva amargura y me dejan sin aliento. Si
analizamos los polvorines de guerras entre familias, los actos de
terrorismo, las contiendas entre pueblos, no podemos dejar de
interrogarnos, sobre la manera de salir de este absurdo calvario. Nadie
puede permanecer pasivo, cerrando los ojos, ante el diluvio de hechos
sangrientos que nos inundan. Degradan tanto el concepto mismo del ser
humano, que podemos desaparecer en un santiamén. Por ello, todos unidos,
debemos buscar los medios para que escampe y podamos sentirnos seguros de
nuestra propia existencia. No se puede escatimar ningún esfuerzo, sobre
todo de diálogo, para alcanzar el sosiego que el mundo hoy no tiene.
Hemos perdido la conciencia en tantos valores que el
rumbo lo hemos perdido. Necesitamos poner un dique de contención a tantos
despropósitos, que, desde luego, no se enmiendan con violencia, ni con
guerras. Las brutalidades son un medio de destrucción. Sólo el amor
construye. Convendría, pues, hacer examen interno. He aquí algunas
preguntas que me hago yo mismo a mí mismo: Las declaraciones públicas y
los comentarios emitidos por gentes que nos gobiernan, ¿hablan de acuerdos
y armonía? La televisión que todos vemos, ¿es educativa? Los libros de
texto de nuestros niños, de todos los niños del mundo, ¿enseñan los
caminos del amor? La conversación que los jóvenes tienen con sus familias,
¿les preparan para el afecto bajo el efecto ejemplarizante?. ¿La
Universidad educa para la vida? ¿Cómo se puede educar para la paz, si en
vez de cultivar amor producimos armas descontroladamente?
Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. Al
enemigo hay que buscarle la vacuna para que se torne amigo. Y nada mejor
que el amor, por encima de la legítima defensa. La cultura del amor borra
la cultura del odio que tantos nos puede en el momento actual. Las guerras
de los unos contra los otros no es la solución a nada, puesto que aviva la
hecatombe. Necesitamos la adhesión para la paz, pero cuando el amor pierde
su valor en la sociedad y su importancia en la vida pública, en las
familias y en todos los entornos, los derechos humanos y las obligaciones
de cada cual, quedan incumplidas. Sólo el amor calma y colma de bondad.
Por ejemplo, no habría injusticias, discriminación e intolerancia, hacia
esa multitud de gente desesperada que no tiene esperanza real de mejorar
su vida y se la juega en una patera. Estos desajustes de amor incitan a la
violencia e instan a las guerras. El mundo es de todos y para todos.
El amor, que podría definirse como el sosiego de la
vida, es un deber fundamental de cada uno. Nadie está libre para no amar.
Precisamos beber del amor para vivir en el orden; y así, poder contribuir
cada uno en su medida, a la paz que tanto anhelamos, enmendando
violaciones y abusos, rehabilitando víctimas y reconciliando a las partes
agraviadas. La estrategia de construcción de una sociedad que crea en el
amor hará florecer la cultura de la paz. Un amor que no admite armarse
hasta los dientes. En esta contribución hacia el amor, hemos de aplaudir
la labor de Intermón Oxfam, Amnistía Internacional y la Red Internacional
de Acción contra las Armas Ligeras, por trabajar conjuntamente en la
campaña “armas bajo control” para conseguir un Tratado Internacional sobre
Comercio de Armas que ponga fin a esta situación. Este tratado crearía un
acuerdo de obligado cumplimiento para regular el comercio de armas que
permitiría prevenir los abusos y violaciones de los derechos humanos y
reducir la violencia armada. Cada año, más de medio millón de personas en
todo el mundo muere víctima de la violencia armada: una persona por
minuto.
Por desgracia el desamor es todo un negocio. Las
familias se disgregan, los abogados se forran. El mundo se arma, los
intermediarios se ponen las botas. Olvidamos que la esperanza del futuro
no vendrá de la disgregación, ni tampoco de ser el más fuerte de la selva;
sino de la fraternidad humana. Nos falta el amor en tantas cosas, cuando
cedemos a la indiferencia, nos hacemos marionetas de gobiernos corruptos,
o seguimos el juego a modelos de comportamientos escandalosos. El amor es
otra cosa muy por encima de las cosas que nos meten por los ojos, es
comunión y comunidad, control y autocontrol, realización y acción; la
esencia de la vida en definitiva. Sin amor, la vida no tiene sentido, y el
mundo es un barco a la deriva.
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