Carta de los jóvenes
a Jesús (4)
Felipe Santos
“Te contemplo en las estrellas, tu firma de mil rasgos
iluminadores. Muchas veces me paro ante la noche estrellada para
contemplarte”.
Hola Jesús
Buenos días , Señor. Te escribo esta carta para decirte
que tu amada naturaleza no se trata como es debido. El hombre, tu
criatura, en lugar de cuidarla y mimarla, la está destrozando en la
tierra, en el cielo y en el mar. La palabra polución está de moda en
nuestros días. Tú lo sabes muy bien. Como todo. Pero tienes la paciencia
de respetar la libertad del hombre a toda costa.
“ Es admirable tu creación”, proclama la gente de boca.
Pero en la realidad concreta, no la quiere. Se aprovecha de ella, la
destruye y despilfarra sus tesoros inauditos.
Yo, como sabes, soy un enamorado de la naturaleza. Amo
los ríos, el mar, las fuentes, los árboles, las nubes y todo cuanto me
rodea.
He estado una semana en Taizé, ese lugar de
espiritualidad ecuménica que tanto atrae a la gente joven. He hablado,
trabajado , divertido y orado mucho durante esos ocho días. De entre todo
lo oído, la frase que se me ha quedado más grabada en la mente y el
corazón ha sido ésta: “ En cada cosa de la naturaleza aletea el espíritu
de Dios”. Tras la semana en Taizé he pasado un mes en la isla de Palma de
Mallorca. Cada día iba a la mar para , en ella, apreciar tu grandeza. He
mirado muchas veces con ojos de eternidad el ir y el venir cadencioso de
las olas junto a mi cuerpo, tendido en la orilla.
He sentido su alegría bullanguera cuando, airosas,
besan la arena reseca y caliente de la playa. La he hecho propia en mi
meditación diaria. Tú me has visto cómo hacía oración mientras mis brazos
y mi cuerpo entero se deslizaban por el agua clara y transparente del
Mediterráneo.
Sin caer en la doctrina budista, en la que todo es
divinidad y confusionismo, me identifico, Señor, con tu naturaleza. En
ella siempre te veo a ti.
Me doy cuenta de que me apasiona el frescor del viento,
el revuelo de los aviones que sobrevuelan el cielo de Palma durante todos
los días del año y, sobre todo, en verano. Estando en la playa veo su
salida, la compañía a la que pertenecen y siento muy adentro tu bendición
de paz serena.
Cuando por la tarde he terminado la cena, me fascina la
puesta de sol. Tu bondad no tiene límites. Has alumbrado a un hemisferio
y, como quien no quiere, te ocultas entre las rocas y las figuradas
montañas, para darle vida al otro hemisferio. ¡Cómo me admira que siempre
estés dando luz a todo el universo! Pero, eso sí, con tu sabia medida.
Mientras unos trabajan, otros duermen dulcemente el sueño de la espera de
un nuevo día.
Como ecologista cristiano, me atrae la imagen virgen de
tu invisible presencia, hecha visible en tu huella, la creación preciosa y
bonita que tenemos ante nuestros ojos.
Te contemplo en las estrellas, tu firma de mil rasgos
iluminadores. Muchas veces me paro ante la noche estrellada para
contemplarte. Y me digo como Miguel Magone, el alumno de san Juan Bosco:”
Todo el cielo es pura armonía. Todo está perfectamente colocado en su
sitio y cada estrella obedece al Creador. Tan sólo yo, un crío de 15 años,
me atrevo a desobedecerle. Siento pena , Señor por mi culpa”.
Pretendo con el estilo de mi fe descifrar cuanto hay a
mi derredor. Le entrego todo mi amor para que, en su contacto, mi vida
recobre la prístina hermosura de tu creación. Mediante ella, no me cuesta
mucho trabajo hacer oración contigo.
Me vienen a la memoria tus palabras:” Cuando contemplo
el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado”. Y en
seguida me pregunto: ¿ quién soy yo para que tenga esta facilidad en ver
al Señor directamente en su obra, aunque a él no lo pueda mirar
directamente? Me lleno de santo orgullo porque, a través de tu obra, “ te
acuerdas del hombre”.
Señor, soy un átomo joven en esta configuración de tu
lindo universo. Desde la contemplación he llegado comprender mejor la
belleza de mi cuerpo. Sé que está formado por millones de células y de
nervios. Es una sinfonía celeste. Como tu cielo. Digo más: más que tu
universo. Le has dado a mi cuerpo un alma inmortal.
Señor, sonrío ante tu obra por excelencia. Todos mis
amigos, amigas y familia son un murmullo, un susurro y un eco de tu
presencia invisible. Tú, Señor, me invitas a que disfrute de todo según tu
divina voluntad. No a mi capricho. Esto es fácil. Y la facilidad nunca
engendra ni produce verdaderas personalidades.
Perdona , Señor, si he sido largo en mi carta. Con la
ecología tengo más facilidad para hablar contigo y para acercarme a ti.
Gracias por tu obra creadora.
Con afecto, Chema, 16 años
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