No cometerás
adulterio
Pbro. Roberto Visier
El adulterio ha existido siempre como un vicio propio
de personas desordenadas, incapaces de asumir sus compromisos y
responsabilidades familiares y que no ha aprendido la difícil ciencia del
amor verdadero.
Una de las características del amor verdadero es la
fidelidad. Es parte necesaria de la amistad, y así decimos que es difícil
encontrar amigos de verdad, porque los hay que están con nosotros en las
buenas pero en las malas no: amigos de pasar el rato, de tomar unas copas,
de ir a una fiesta, de conversar un rato y más nada. Si nos referimos al
amor matrimonial mucho más, por aquello que explicábamos en otra ocasión,
de que el amor hombre - mujer compromete una parte del corazón
indivisible, exclusiva, que sólo se comparte con una persona, que se da a
una sola persona con la condición de que la otra parte entregue también el
corazón: “yo te amo sólo a ti y tú me amas sólo a mí”. No quiere decir que
ya no se pueda querer a la mamá o al amigo, sino que se ama con un amor
distinto y muy especial al consorte. De ahí la afirmación bíblica: “dejará
el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos
una sola carne”(Gn. 2,24)
El adulterio ha existido siempre como un vicio propio
de personas desordenadas, incapaces de asumir sus compromisos y
responsabilidades familiares y que no ha aprendido la difícil ciencia del
amor verdadero. Influye mucho la educación recibida, el ambiente familiar,
las convicciones religiosas, el entorno social y el estilo de vida elegido
en la juventud (amistades, hábitos de ocio, lugares que frecuenta,
aficiones, etc.) Hoy, desgraciadamente, además de un vicio, parece ser una
moda perversa muy ligada al relajo de las costumbres que ha convertido en
axioma que en el amor (léase pasión o sexo) todo vale, sin importar edad,
ni estado (casado, soltero, viudo, etc) ni condición social, ni nada. Todo
esto predicado a diestro y siniestro por los medios de comunicación, que
prestan con ello un flaco servicio a la familia, propagando antivalores
para niños y adultos. El adulterio se convierte así en algo muy
practicado, sobre todo por el varón, pero también por la mujer.
Frecuentemente todo empieza con una juventud
desordenada. Es común que los adolescentes cambien de novia o novio cada
mes o dos meses e incluso que tengan varios a la vez, como si fueran
anillos para adornar sus dedos. Luego los novios que mantienen relaciones
prematrimoniales con lo que se entrenan para la infidelidad pues nunca
serán dueños de sus instintos. Se da el caso curioso del novio que respeta
a su novia porque ésta se lo exige y no quiere perderla, pero busca una
compensación sexual en otras muchachas. Después los clásicos mujeriegos
que, aunque casados, andan siempre buscando mujeres en la calle; los que
llegan a practicar la bigamia más o menos encubierta y aquellos o aquellas
que no saben encauzar una amistad al principio sana y acaban enredados con
el vecino, con la comadre, con la amiga de la esposa o con el cuñado, etc.
Todos ellos están condenados al fracaso familiar, a la confrontación
continua y a la insatisfacción radical y profunda de no amar a nadie y
acabar haciéndose odioso para casi todos (cónyuges, hijos, familiares,
amigos)
Es espantosa la sombra de terribles sospechas que
arroja sobre los corazones de los casados, este casi hábito social maligno
de la infidelidad. En este ambiente los celos se multiplican por diez ante
el indicio más insignificante. La mente de muchos esposos vive atormentada
ante la triste posibilidad de ser traicionados, decrece la confianza,
aumentan los enfrentamientos, con frecuencia infundados. Es una verdadera
lacra para las familias. Qué decir, cuando las sospechas se confirman, de
la frustración de los hijos, de los resentimientos de todos, de las
heridas emocionales profundas, de la gran dificultad para recuperar la
confianza y sobre todo el amor.
Algunos objetarán que no se puede mandar sobre el
corazón, que se enamoraron y ya está, o que uno es hombre y ...; que son
aventuras pasajeras, que no es bueno reprimirse, etc. Todas ellas excusas
absurdas para entregarse a una liviandad sin sentido que los arrastra a
herir a muchas personas a las que están obligadas a amar y con la que se
autocondenan a la propia infelicidad. ¿Cómo que no se puede evitar, que es
imposible aguantarse? ¿Se atreverán a decir que no somos libres para amar
a quien queramos, que no somos capaces de elegir entre el bien y el mal,
que no es posible amar de veras la propia familia y cuidarla? Es una
visión del ser humano algo miope. Pero, claro, hoy en día se alcanzan las
más altas cimas de la tecnología, mientras estamos arrastrando por el
polvo y por el barro como lombrices nuestras más hermosas capacidades
morales y espirituales.
Hace pocos días un hombre casado me decía: “yo creo en
la fidelidad de la persona totalmente y yo soy fiel”. Un hermoso ideal
para toda persona casada; hermoso y exigente pero llamado a dar un
maravilloso fruto. En beneficio de nuestras familias y de todos nuestros
compromisos digamos: “yo quiero ser fiel”.
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