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Yo quiero ser fiel

Pbro. Roberto Visier

A pesar de lo extendida que está la infidelidad en el matrimonio, estoy seguro de que muchas parejas cuando se casan tienen un propósito más o menos afianzado de fidelidad. Desean que su matrimonio funcione y sea estable y saben que el adulterio puede arruinar su vida familiar. Pero en un ambiente tan distorsionado no resulta fácil permanecer fieles, si no se tienen las ideas muy claras y algunos apoyos importantes.

A pesar de lo extendida que está la infidelidad en el matrimonio, estoy seguro de que muchas parejas cuando se casan tienen un propósito más o menos afianzado de fidelidad. Desean que su matrimonio funcione y sea estable y saben que el adulterio puede arruinar su vida familiar. Pero en un ambiente tan distorsionado no resulta fácil permanecer fieles, si no se tienen las ideas muy claras y algunos apoyos importantes.

Lo primero que hay que tener claro es la necesidad de huir de las ocasiones. El que juega con fuego se quema y el que se mete en tentación caerá en ella aunque no quiera. No dejará el Señor que la tentación supere nuestra fuerzas pero eso es cuando nos llega sin buscarla, pues cuando somos nosotros los que imprudentemente nos metemos en ella, Dios ya no puede garantizar nuestra perseverancia en el bien. Nuestra vigilancia debe comenzar con nuestras conversaciones, donde fácilmente se desliza la palabra de doble sentido, la echadera de broma insinuante que enciende la imaginación y comienza a mover todos los resortes de la carne. El que desea ser totalmente fiel a Dios y a su esposa o esposo vigila incluso sus miradas y sus pensamientos, según la enseñanza del sermón de la montaña: “yo les digo que el que mira a una mujer con malos deseos ya cometió adulterio en su corazón” (Mt. 5,28).

Puede resultar muy aleccionador lo que nos cuenta la Biblia sobre José, el penúltimo hijo de Jacob, cuando vivió como esclavo en Egipto. Nos lo cuenta así el libro del Génesis: “José era muy varonil y de buena presencia. Algún tiempo después, la esposa de su amo puso sus ojos en él, y le dijo: "Acuéstate conmigo." Pero José se negó y le dijo: "Mi señor confía tanto en mí que no se preocupa para nada de lo que pasa en la casa, y ha puesto en mis manos todo lo que tiene. Aquí tengo tanto poder como él. Nada me ha prohibido, excepto a ti, porque eres su esposa. ¿Cómo, pues, voy a cometer un mal tan grande, y pecar contra Dios?" Y aunque ella insistía día tras día, José se negó a acostarse a su lado y estar con ella. Cierto día, José entró en la casa para cumplir su oficio, y ninguno del personal de la casa estaba en ella. La mujer lo agarró de la ropa diciendo: "Vamos, acuéstate conmigo." Pero él, dejándole su ropa en la mano, salió afuera corriendo. Ella vio que José había huido, pero que ella tenía en manos su ropa; llamó, pues, a sus sirvientes y les dijo: "Miren, han traído aquí a un hebreo para que se burle de nosotros. Ha querido aprovecharse de mí, pero yo me he puesto a gritar, y al sentir que yo levantaba la voz y gritaba, salió huyendo y dejó su ropa en mis manos." La mujer depositó la ropa a su lado, hasta que el patrón de José llegó a casa, y le repitió las mismas palabras. Cuando el patrón oyó lo que le decía su esposa se puso furioso. Tomó preso a José y lo metió en la cárcel” (Gn. 39,7-9).

Descubrimos aquí un elevado criterio de fidelidad en un hombre que vivió hace miles de años. Fidelidad que le llevó a la cárcel, donde Dios, que nunca se olvida de los que le son fieles, le tenía reservado un gran premio. Pero antes de eso él ya tenía uno muy valioso: el tener su conciencia tranquila y sus manos limpias. En sus razones para no atender a la seducción de aquella mujer pesaba mucho el sentimiento de agradecimiento hacia su amo. Si su amo confiaba en él y le había dado toda autoridad en la casa ¿cómo podía el fallarle de esa manera? Y yo pregunto ¿no es mucho más un esposo o una esposa que un patrón? A esa mujer que te atiende y te cuida; a ese hombre que trabaja para ti, aunque tenga sus defectos, le vas a traicionar con otra persona a la que quizás no tengas nada que agradecerle, si no es el triste favor de destruir tu hogar. Es absurdo, injusto, demencial.

Pero hay otro apoyo fundamental que encuentra José para no caer y que es el que, sin duda, fortalece más su corazón: su fe en Dios. El que se siente acompañado, custodiado, vigilado por el ojo divino tiene un hermoso y exigente aliciente para hacer las cosas bien. Si el adúltero supiera que va a ser sorprendido por su cónyuge, aunque sólo fuera por vergüenza, se apartaría, ¿quién puede escapar a la mirada del Juez Supremo, bondadoso e infinitamente justo? De un santo de los primeros siglos del cristianismo que era seducido por una mujer, se cuenta que sugería a la mujer que debían encontrar un lugar muy privado, totalmente escondido. Ante las insistentes ofertas de la seductora él acabó por cerrar el asunto diciendo: “no insistas, no encontrarás lugar alguno donde Dios no esté presente”.

Los matrimonios que poseen hondas convicciones religiosas y comparten juntos su fe están mucho más protegidos contra la plaga de la infidelidad conyugal. De todos modos nadie puede sentirse seguro puesto que “el espíritu está pronto pero la carne es débil” (Mt. 26,41); es esencial ser prudentes y alejarse de los ambientes y de las personas peligrosas, ser firmes en la manifestación de su voluntad de cuidar su familia, de no rebajarse a ese tipo de comportamientos desordenados. Es un testimonio muy elocuente y urgente el de los que no tienen miedo de llamar a las cosas por su nombre. Al pan, pan y la vino, vino. El adulterio es una vergüenza, y el que cae en él es un fracasado que debe arrepentirse y enmendarse. El mundo debe saber que todavía hay muchos que queremos ser fieles.

 
 

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