El Cristo Rey del
cristiano
J. Antonio Doménech Corral
Sólo se puede afirmar que Cristo es Rey en la voluntad
de cada cristiano, si de verdad Cristo tiene el dominio de su corazón
Para el insigne historiador español R. De la Cierva,
todos los Papas del sigo XX son los más grandes de la historia de la
Iglesia. Uno de ellos, Pío XI, proclamó a Cristo Rey del Universo en el
Año Santo de 1925, fiesta que se celebra este domingo.
Pero un gran Papa, sobre todo, por su coraje en
resolver la espinosa "cuestión romana" que había tenidos enfrentados a los
gobiernos de los pontífices anteriores y al italiano durante más de 50
años. Y Pío XI, con un claro discernimiento de las palabras de Cristo: “Mi
reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36), optó por acabar con los
enfrentamientos y sellar la paz definitiva firmando el llamado Tratado de
Letrán.
Ello suponía la renuncia a todos sus dominios y al
secular poder temporal que habían gozado los pontífices hasta entonces, en
favor de la unidad territorial y política italiana. Con la sola reserva de
las pequeña ciudad del Vaticano como símbolo de la figura independiente de
la Iglesia. Y el tiempo le dio la razón. Porque desde entonces, su
autoridad se fue espiritualizando cada vez más y acrecentándose el
prestigio moral de los Papas, hasta alcanzar su cenit en nuestros días con
Juan Pablo II. Y es que ciertamente todo el empeño pastoral de Pío XI fue
asentar el reino espiritual de Cristo en la tierra, como había hecho
gravar en su divisa: "La paz de Cristo en el reino de Cristo”, que no es
un reino de dominios ni de intereses materiales.
Es cierto que, para las débiles monarquías europeas de
aquella época -amenazadas de muerte por las nuevas tendencias liberales en
boga entonces- esta proclamación supuso una gran ayuda al llamar la
atención sobre la sacralidad de la autoridad real, partícipe de la del
propio Cristo y que los hombres no podían quitar y poner a su antojo.
Mientras que, por otra parte, la festividad era una invitación a que las
naciones fueran consagradas a Cristo por sus primeros mandatarios. Lo que
muchos hicieron.
Sin embargo, la festividad de Cristo Rey tiene para el
cristiano un doble sentido y un gran valor simbólico. Por una parte, su
celebración fijada al final del calendario litúrgico, es signo de la
celebración definitiva del final de los tiempos, cuando todas las cosas
sean recapituladas en Cristo; porque “todas las cosas fueron creadas en él
y por él” (Col 1, 16).
Y por otra, que sólo se puede afirmar que Cristo es Rey
en la voluntad de cada cristiano, si de verdad Cristo tiene el dominio de
su corazón. Por encima de toda ambición injusta y desordenada. Porque, si
así no fuera, habría que intentar devolverle ese dominio si se quiere
seguir celebrando personalmente con sinceridad que sólo Cristo es el Rey y
Señor nuestro.
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