De paseo con María
Santísima
María Susana Ratero
Un momento a solas con María Santísima, desde la
sencillez de las pequeñas cosas, de la vida cotidiana de cada mujer...
Descubriendo a María en los pequeños detalles, sencillamente.
-Este relato nace de mi imaginación y del amor que
siento por María Santísima, en ningún momento debe pensarse en visiones o
en intervención sobrenatural alguna-.
Cae la tarde en mi ciudad.... el sol suele esconderse
rojizo en este rincón del planeta... el aire tibio y perfumado de una
primavera que insiste en llegar antes de tiempo, me acaricia el
rostro...mientras mis pasos me llevan hacia una pequeña placita....
Allí te encuentro, dibujada sobre los cerámicos
amarillos... con tu niño en brazos, muchacha de Nazaret... y tu mirada me
llega al alma..... puedo sentirte en el aire....en el perfume de los
rosales cercanos... hueles a rosas, María, hueles a primavera...
Me siento en un banco, estoy cansada por la larga
jornada, el trabajo, los chicos, la casa, las cuentas.... los problemas de
todos los días que, no por repetidos y comunes, dejan de ser problemas...
te miro y te pido ayuda... espero tu sabio consejo, tal como, “Mira,
Susana, haz esto o aquello, etc, etc, etc”... te miro y espero que hables
a mi corazón... en lugar de eso me miras... y dulcemente murmuras a mis
oídos...
- “Ven... vamos de paseo”...
No comprendo...de veras no comprendo... pero te sigo
mirando.... y los cerámicos amarillos parecen tener luz...
- Ven, -repites- ven conmigo a Nazaret....
- ¿A Nazaret?
Sí... me invitabas a Nazartet... cerré los ojos y te
seguí... caminamos por varios sitios que no recuerdo... bueno, en realidad
no los miraba, sólo te miraba a ti, tan dulce, tan bella, tan REAL...
Al llegar a una pequeña aldea dijiste:
- Espérame aquí, volveré por t
i- susurraste mientras me acomodabas tras unos árboles de especie
desconocida.
- Pero... Señora...¿adónde vas?, por favor, no me dejes
sola aquí!
- ¿Dejarte, hija querida?¿dejarte sola?, Nunca lo hice
y nunca lo haré... No temas, estaré al alcance de tu vista en todo momento
y, jamás lo dudes,... volveré...
Te alejaste, majestuosa en tu sencillez, tus ropas se
tornaron igual que la de las mujeres del poblado. Entraste a una pequeña
casa hecha de adobe , que en nada se diferenciaba del resto, y buscaste un
cántaro de barro...( no sé porqué razón pero podía verte a través de las
paredes),una cubeta de cuero y una soga lo suficientemente larga para
llegar con la cubeta hasta el nivel del agua. Tomaste los enseres y te
dispusiste a salir... En ese momento un joven alto, de impecable mirada y
voz de campanas, que entró desde el fondo de la casa, te dijo:
- Madre, espera...
- Sí hijo, dime...
- Madre... yo... lo siento, es que... mi túnica...
pues.... se ha roto por accidente...discúlpame por favor....
Le miraste con infinita ternura y respondiste:
- No te preocupes... cambiate y esta noche lo
remendaré...
- Es que... madre, ... debo entregar unos trabajos esta
tarde... y, tú sabes...
- Bien, me apuraré, pero ayúdame con el almuerzo, no
tengo tantas manos...
El joven asintió y desapareció tras una puerta, y tu te
encaminaste hacia el pozo ...
Allí había muchas mujeres rodeando a una que lloraba
desgarradoramente. Dejaste tu carga a un costado y te acercaste,
silenciosa... la pobre mujer había perdido la única moneda que tenía para
alimentar a sus hijos...
Fuiste rápidamente hasta tu casa y, mientras Jesús
lavaba cuidadosamente sus manos para la hora de comer, tomaste un trozo de
pan y poco de leche que el joven acababa de servir...
Cuando te disponías a salir él te dijo:
- No cambias ¿verdad?...Ah! mi dulce madre, tan
generosa y de corazón tan sensible, ¿ te dije ya cuanto te amo?
Se te nublaron los ojos... sabías que no podía tener
secretos con él... lo amabas... lo amabas tanto.... Te despediste con una
mirada que fue mas elocuente que mil palabras...
- En el fondo de su jarro, madre...
- ¿Qué dices?- preguntaste.
- Dile que busque en el fondo de su jarro.... allí está
la moneda....
Nada dijiste ...él te contempló partir ...te miraba con
ternura pues sabía que no era fácil vivir con él...
Te acercaste a la mujer y le diste los alimentos y, en
una muestra de confianza digna de una madre, preguntaste:
- Por casualidad ¿No habrá caído en el fondo de tu
jarro?
Las mujeres te miraron con incredulidad pero, como te
respetaban, miraron dentro del cacharro... allí
estaba la moneda... Cuando te buscaron para comentarte ya no estabas, sino
que ibas camino a casa, con el cántaro repleto de agua sobre tus frágiles
hombros.
Junto a Jesús disfrutaste de un sencillo
almuerzo...aunque entre las conversaciones a veces quedaban huecos... se
extrañaba la presencia de José.
Jesús volvió luego al taller y tú a tus tareas, debías
zurcir la ropa de tu hijo enseguida, y luego lavar, pues el cielo
amenazaba tormenta y los gruesos vestidos tardaban mas de un día en
secarse... Además había poca leña, por lo que tendrías que ir por mas a un
lugar un poco alejado, pero deberías esperar a que fueran varias mujeres,
pues no estaba bien que fueses sola... Te sentaste a zurcir, te dolía la
espalda y casi no veías... te acercaste a la ventana, había mejor luz...te
costó trabajo terminar la tarea, pero estuvo lista justo a tiempo para la
salida del hijo...
Iba cayendo la noche... habías trabajado mucho... junto
a Jesús oraste un buen rato... te daba mucha paz mirarle a los ojos....
Llegó el momento de descansar... casi no se veía, pues
había aceite para una sola lámpara...
Tú sentías un fuerte dolor en la espalda por el peso de
los trabajos y tus manos estaban callosas y ásperas.... Jesús te ayudó
entonces a extender las mantas sobre el piso y se acostó, te quitaste el
velo un momento y alisaste tu cabello...., te inclinaste luego sobre el
lecho de tu hijo y le besaste la frente...una y otra vez... y saliste de
la casa sin hacer ruido
Jesús, que se había despertado con tan dulce caricia,
sintió como unas lágrimas caían por sus mejillas al tiempo que susurró:”
Tus besos me harán mas soportables las espinas, madre querida”...
Dejaste la casa y viniste hacia mí... tus ropas volvían
a ser como las dibujadas en los cerámicos amarillos...
-Aquí estoy, Susana...¿ves? este fue mi hogar en esta
tierra...yo también tenía días duros, días en los que el tiempo y las
fuerzas me jugaban malas pasadas..., días en que la rutina contrastaba con
el momento magnífico de la Anunciación y yo no entendía nada... Pero Él
era mi fuerza y mi apoyo, mi amigo y mi consejero, por ël todo lo
soportaba en silencio... Ay, mi querida ¿sabes cuanto costaba el
silencio?, mi secreto me acompañaba y no sabía yo si debía hablar o no...
José me decía que el momento llegaría y el secreto se transformaría en
signo de esperanza... pero la rutina es dura y puede gastar los corazones
mas fuertes si dejas que te absorba.... Bueno, Susana, debemos volver...
Yo te miraba con devoción, comencé a llorar... entonces
me abrazaste... me abrazaste con ternura y con fuerza... fue el abrazo mas
dulce y pleno que recibí en la vida... sólo atiné a decirte...”Te amo,
Señora mía, te amo tanto!!!”
Volvimos a la placita... cuando abrí los ojos vi que se
acercaba el sacerdote con otras personas y recordé que había misa... Me
quedé, pues después de tu abrazo quería también el abrazo de Jesús al
recibir la Eucaristía....
Volví a casa... mi mirada estaba... iluminada, eso,
iluminada, mi rostro ya no reflejaba el cansancio. Hoy te digo Gracias por
escuchar mi oración de aquella tarde, gracias por enseñarme a ir a Nazaret
a conversar contigo, de mujer a mujer... Hoy quiero contarle esta historia
a una amiga mía que está un poco triste....
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Amiga que lees estas líneas... la casa de María está
abierta también para ti, no dudes en ir a ella cuando estés agobiada,
cuando la rutina, el dolor o la desilusión te nublen el alma, pero ¡por
favor!, tampoco olvides ir a contarle cuando tu alma esté llena de risas,
de pájaros de flores... ella se alegrará mucho, le hará bien hablar
contigo...
Lleva crema de manos...y, con la excusa de una
coquetería, acariciarás las manos de la mujer que mas te ha amado en toda
la historia.....Por cierto, llévale mis saludos....
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