Ante el diluvio de
las matanzas humanas
Víctor Corcoba Herrero
La vida humana cada día vale menos. Apenas vale un
centavo en algunos sitios. Sólo hay que abrir los ojos y mirar alrededor.
Un volcán de odio nos acorrala.
Resulta muy difícil conquistar corazones y mentes
dispuestas a defender la vida de toda persona. Los acontecimientos suelen
conmovernos en caliente. Luego se nos olvida. Como si nada hubiera
sucedido. Porque, realmente, si amamos la paz, ¿defendemos la vida, y
cuidamos de ella, por encima de todo? Hoy, más que nunca, es necesario
velar y mantener el corazón atento y sensible frente al bien más querido y
precioso de nuestra sociedad, el respeto hacia todos los individuos, sin
distinción alguna.
En los países ricos nos falta calidad humana y nos
sobran expertos que, en absoluto, nos ayudan a vivir. Por desgracia, las
desigualdades en el reparto de la riqueza y la exclusión social se
acrecientan. A veces es más importante darle de comer a un perro, que
también lo es, pero más lo es a un niño que se nos muere de hambre, por el
hecho mismo de ser persona. Los entendidos nos hablan de cohesión social,
pero la vida es otra cosa, y cada día estamos más desunidos y desavenidos.
El despilfarro descarado de algunas ventanillas, más políticas que
sociales, que propugnan un bienestar casi nunca real, debiera tener un
tipo de control serio y responsable. Todavía no se han erradicado las
situaciones de chabolismo, asegurando viviendas de acogida, y tantos otros
derechos primordiales para asegurar esa dignidad humana que nos humanice.
También en los países pobres, la deuda externa contraída con el mundo rico
les deja sin aliento. Así no se puede avanzar hacia la esperanza.
Además el terror siempre ataca a los más débiles,
mujeres y niños. Habría que instar a toda la sociedad a que se sumase a un
movimiento mundial encaminado a crear un mundo apropiado a los más
desprotegidos. Su vida vale tanto como la que más. Otra de las salvajadas
puestas de moda, es la violencia de género. Nunca la mujer, a pesar de
tantos festines y asociacionismo feminista, ha soportado tanto maltrato,
abuso y agresión sexual, acoso y comercio con fines de explotación sexual,
cuando no la muerte a pesar de sus denuncias. Se necesitan leyes que
salvaguarden íntegramente todas estas situaciones, incluidas las laborales
que le permitan salir adelante.
Sin duda, la gran cantidad de arbitrariedades y
desajustes, nos vuelven extremistas. Ciegos en el diálogo. La falta de
conversación aleja y no acerca posturas, en favor de la convivencia. La
paz no se resuelve en un mundo dividido. Se necesita lo de siempre, lo que
permanece en el tiempo, más amor entre todos. Los continuos atentados
terroristas nos alejan de esa luz de afectos que tanto necesitamos en
vida. Precisamos ser amados y amar para sosegarnos. Justamente, yo mismo,
afanado en la búsqueda de ese amor que tanto hoy necesitamos para poder
existir, asistí a recibir las reliquias de Santa Teresa de Lisieux en su
visita por España, quise estar cerca de una santa singularmente atractiva
a los no creyentes, carmelita descalza con sólo quince años, “docta” sin
haber colgado de las paredes ningún título académico, patrona universal de
las Misiones sin haber franqueado los muros del convento, mística sin
éxtasis, que sintió incluso la tentación del suicidio, muerta de tisis a
la temprana edad de veinticuatro años, la tercera mujer que entra en uno
de los “clubes” más exclusivos del mundo, del que forman parte sólo
treinta y tres figuras marcadas por la santidad y la sabiduría. Tuve que
hacer una gran cola pero ha valido la pena. Su mensaje estaba escrito en
cada persona que se acercaba a ella: “te necesitamos en el amor”, “no te
vayas de nuestro lado”, “seguiremos tu caminito de rosas”... Contemplé que
todos queríamos una rosa de sus rosas, un beso de sus versos, oír en
silencio la voz de su voz contemplativa.
Frente a tanto terror que nos trasladan los medios de
comunicación, descubrí profundas lágrimas en los peregrinos que se
acercaba a la santa que fue más poesía que poeta, que es lo que vale.
Viendo a tanta gente conmovida y emocionada, pensaba en la necesidad de
comunicar al mundo más amor, sobre todo desde acciones y opciones
ejemplarizantes, como lo hizo Teresita. Desde luego, un buen modelo a
imitar para contrarrestar los desamores que vive hoy el mundo. En verdad,
no se pueden cerrar los ojos a esta dolorosa plaga, quedar pasivos o
resignarse, ante el diluvio de crímenes y matanzas, de atentados suicidas,
donde se dispone arbitrariamente de la vida de las personas, se atropellan
derechos de la población y se amedrenta al adversario. Las miserias y las
injusticias son avisperos de terror que debemos atajar. Es básico
reconocer el derecho de cada uno a tener lo necesario, pero que no se
quede tan solo en letra impresa. Necesitamos pueblos que tengan como norma
lo democrático, pero también lo social.
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