Espiritualidad del
Adviento
Felipe Santos
Durante el Adviento, el espíritu de la liturgia nos
lleva a beneficiarnos del anuncio gozoso de nuestra liberación según las
palabras que el Angel dijo a los pastores de Belén.
Este anuncio del ángel a los pastores constituye el
quid de la cuestión del Adviento:”No tengáis miedo, pues os traigo la
buena nueva de una gran alegría para todos”: la liberación.
El regalo del Adviento, al liberarnos del miedo, nos
muestra los caminos de la salvación revelados por Cristo y nos confirma en
nuestra unión con él.
De esta forma, cuando nos sentimos seguros del amor de
Dios y firmes en las obras de la verdadera religión (oración, ayuno,
limosna), dejamos que entre en nuestra vida esta alegría, manifestada en
el reconocimiento y en la intensidad del deseo de la venida del Verbo de
Dios al corazón de los hombres de buena voluntad.
Impactado por la buena nueva, nuestro corazón es como
el de Abraham. A pesar de su vida errante, exultaba de gozo por verle y
alegrarse. Debía tener muy presente los ecos bíblicos del Magnificat de
María y otros textos sagrados que le impulsaban a la plena alegría.
Esperamos la venida de Jesús. No es un puro símbolo,
una expresión para situar el paso de un período de la historia de la
salvación. Cristo viene a nosotros en cada instante y ahora mismo vive en
ti y en todos.
Esta cercanía y esta presencia eternas de Jesucristo
adquieren, en el Adviento, un aspecto especial y un carácter más
“intenso.” Se nos ofrece la gracia especial de su venida.
Su don y su gracia han venido ya, pero el Adviento nos
permite tomar una conciencia más viva y completamente nueva de esta
presencia. El se da a conocer como el ser que nos quiere y nos invita a
que tengamos una mayor intimidad con su persona.
“¡Ven Señor Jesús!” Si este grito se pronuncia en
nosotros con sinceridad y fervor, se convierte en una verdadera ascesis.
Efectivamente, la esperanza y la espera del Señor adquieren en un lugar de
crecimiento en nuestra vida. Cada día del Adviento, este “ven” nos colma
mucho más del gozo que anhelamos.
Lo pronunciamos con un acento más fuerte y logra que
alejemos de nosotros pensamientos, imágenes y pasiones que son
incompatibles con la venida de Cristo.
Aunque lo profiramos de un modo más o menos imperfecto,
este “¡ven!” nos purifica y nos plenifica. Es más, da a nuestra oración-
en el transcurso del Adviento-, un matiz muy especial.
Será la intensidad, la objetivación de una cercanía y
de una presencia eternas. “¡Ven, que yo te sienta en mí, que el mundo
entero sienta Tu Presencia!”
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