Imprimir

Bastará una palabra tuya

Pbro. Roberto Visier

Efectivamente la oración no tiene una eficacia mágica, depende de la voluntad de Dios que sabe lo que nos conviene y de nuestras disposiciones que se pueden sintetizar en tres virtudes o cualidades que deben empapar toda oración: la humildad, la confianza y la perseverancia

Hay muchos episodios del evangelio que nos sorprenden a no ser que ya nos hayamos acostumbrado a leerlos y escucharlos. En efecto, nunca debemos dejar de sorprendernos por las palabras y las acciones de Jesús. Pero hay otras escenas evangélicas que nos dejan perplejos, no por la intervención luminosa de Cristo sino por las actitudes de otros personajes que nos desbordan por su fe y confianza en el Mesías. Uno de estos lugares del evangelio es el que nos narra el encuentro de Jesús con el centurión romano (Mt. 8,5-13). Lo que más llama la atención es que un soldado romano, entrenado para el combate y educado en una fe pagana muy alejada de la fe en el único Dios de los judíos, pueda despertar la admiración de Jesús que lo elogió diciendo que no había encontrado tanta fe en ningún israelita. Así es, las palabras del militar, que ha conservado la Iglesia como preparación inmediata para la comunión en la Misa, manifiestan una gran humildad y confianza: “Señor yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle”.

Efectivamente la oración no tiene una eficacia mágica, depende de la voluntad de Dios que sabe lo que nos conviene y de nuestras disposiciones que se pueden sintetizar en tres virtudes o cualidades que deben empapar toda oración: la humildad, la confianza y la perseverancia. En el caso del centurión la humildad es patente como reconocimiento de la propia indignidad y pequeñez ante Dios ¿quién soy yo para que Dios se acerque a mí, para que él se haga huésped de mi pequeño y manchado corazón? ¿Cómo podré yo exigirle nada al Todopoderoso, al infinito? Yo, insignificante, miserable, ignorante... Pero a la vez conocer el poder y la bondad de Dios abre mi espíritu a una confianza total y libre de toda duda. El puede sanar todo, no necesita muchas palabras o gestos, bastará una sola palabra, un acto de su voluntad omnipotente y se hará.

No se puede olvidar tampoco que el favor que el romano pedía no era para él, sino para otra persona que para mayor sorpresa no era un familiar, sino un simple criado. Sin duda era un hombre bueno el que Jesús tenía delante. La compasión mostrada hacia otro movió también a Jesús a realizar al instante la sanación que se le pedía. No hizo falta más nada, ni una palabra de insistencia. Seguramente aquel hombre habría perseverado en su súplica pero no le hizo falta. Porque en definitiva, más aun que la oración en sí misma cuenta la vida. Quiero decir que la manifiesta bondad, honestidad y fe de aquel hombre pudo más que la simple petición. Dios siempre escucha a los que llevan una vida digna de la fe que profesan. Por eso el que pide con lágrimas en los ojos y con un mar de palabras, incluso si lo hace durante horas y días, corre el peligro de no ser escuchado si su vida no es agradable a Dios. Importa más quién es el pide que cómo lo pide, no porque Dios haga acepción de personas sino porque las disposiciones para la oración no se improvisan, nacen de la vida entera. Dios se complace en bendecir más a sus amigos, a sus hijos fieles. Por esa razón la oración de los santos obraba milagros y Dios seguirá haciéndolos, desea seguir haciéndolos, aun siendo algo extraordinario, pero falta fe. No se trata de poner una “venta de milagros” como algunas sectas, sino de creer y confiar en Dios para ser instrumentos válidos de su poder y bondad.

No faltan en el evangelio ejemplos para ilustrar la virtud de la perseverancia. Citemos uno conmovedor. Otra vez una persona no judía nos dará un ejemplo maravilloso de oración. Una cananea suplica a Jesús que sane a su hija, pero Jesús la rechaza con aparente indiferencia para probarla. Ante la insistencia del corazón de madre herida que lucha por su hija, el Señor con severidad la interpela: “no está bien dar el pan de los hijos a los perros”. Ella con asombrosa perseverancia y humildad responde: “sí Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. El Señor que había intuido hasta dónde podía llegar la fe de la mujer la premió proclamando: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” (Mt. 15,21-28).

Dios se compadece de todos y no ignora a ninguno de los seres humanos que habitan en este mundo. A todo el que le invoca lo escucha, pero no perdamos de vista lo que ya debería estar claro tras diez semanas de reflexión sobre la oración, que orar no es un momento, ni un grito aislado en una circunstancia difícil, sino un estilo de vida en el que hablar con Dios es algo cotidiano porque vivimos con Él y para Él.

Sin duda nuestra oración perseverante y humilde se debe elevar con toda confianza, en estos días grises que vivimos, por VENEZUELA, para que los máximos responsables de la vida pública nacional y todos los que habitamos en este bello país recobremos la sensatez, la serenidad y podamos convivir en PAZ.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]