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Alabad al Señor todas las naciones

Pbro. Roberto Visier

¿Quién más amable que Dios o más digno de bendición? Si bendecir es decir bien de alguien o desearle todos los bienes, ¿cómo no proclamar que todos los bienes están en Dios y que todo lo bueno que vemos o disfrutamos procede de El? La alabanza, como toda oración, debe brotar del interior, de una fe viva y de un amor encendido

Esta invitación del Salmo 116 a la alabanza universal de Dios nos introduce hoy en una forma de orar de gran importancia, puesto que desvela de un modo particularmente elocuente la esencia de la oración como comunicación de la criatura con el Creador, del hijo pequeño con el Padre de infinita grandeza. En efecto, en la alabanza se reconoce la superioridad de Dios, su belleza sobrenatural que está por encima de todo, es la fe que exulta llena de gozo y glorifica al Señor no por lo que ha recibido o pidiendo a Dios sus dones, sino simplemente por ser Dios quien es. Por eso es una expresión de fe limpia, desprovista de egoísmo, es reflejo de un amor verdadero hacia el Creador. ¿Quién más amable que Dios o más digno de bendición? Si bendecir es decir bien de alguien o desearle todos los bienes, ¿cómo no proclamar que todos los bienes están en Dios y que todo lo bueno que vemos o disfrutamos procede de El? La alabanza, como toda oración, debe brotar del interior, de una fe viva y de un amor encendido. A veces podemos confundir la alabanza con una especie de jolgorio religioso, donde la alegría es superficial y nace de la música y las palmas y no de un sentimiento religioso profundo y verdadero. La oración es fuente de alegría pero no es una diversión o un bonche.

Ante la supremacía absoluta de Dios, el hombre, desde todos los siglos, ha formulado sus sentimientos hacia el Ser Supremo con palabras y gestos de adoración: ponerse de rodillas, inclinarse profundamente o postrarse totalmente en el suelo han sido modos universales de tributar a Dios un culto supremo. La adoración es una reverencia religiosa. Eso no quiere decir que siempre que una persona se arrodille esté expresando adoración o un culto de latría debido sólo a Dios. Puede expresar arrepentimiento humilde ante una grave falta cometida contra una persona y reconocimiento de veneración o de sumisión a una autoridad humana, aunque esos gestos, por parecernos desproporcionados están en desuso. Al católico, desde siempre, no le importa arrodillarse ante la imagen de Cristo puesto que es un modo de expresar su adoración hacia Él (no hacia la imagen) como verdadero Dios hecho hombre, y expresa también de rodillas su amor y devoción a la Madre de Jesús y hacia los santos, no rindiéndoles culto de adoración, sino como reconocimiento de su grandeza espiritual, de la gloria que han recibido de Dios. Para todos es clara la insistente enseñanza bíblica ligada al primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas: “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto” (Mt. 4, 10; Dt. 6,13)

A veces la causa de nuestra aversión a hincarnos es que se nos ha subido tanto la soberbia a la cabeza que incluso nos cuesta arrodillarnos ante Dios, aunque sólo sea para no mancharnos las rodillas. Podemos expresar nuestro respeto a los demás sin necesidad de postrarnos, actitud exigida por los reyes de la antigüedad que en ambientes no cristianos se atribuyeron una personalidad divina y exigieron tributo de adoración. Los reyes cristianos del medioevo, o los de la monarquía judía, aun recibiendo homenajes desorbitados para nuestra mentalidad moderna, sabían que el Rey de Reyes y único soberano es Dios. Es célebre la frase de Felipe II, rey de España a finales del Siglo XVI: “Nunca es el hombre más grande que cuando está de rodillas ante Dios”.

Si Dios es la fuente de todos los bienes, como reconocimiento no sólo de su grandeza sino de su generosidad que se ha mostrado en las bendiciones que ha derramado sobre los hombres, le debemos nuestro mayor agradecimiento. De hecho el amor humano está cimentado en el agradecimiento, puesto que amamos especialmente a aquellos de los que hemos recibido mayores beneficios. TODO lo hemos recibido de Dios pero subrayemos los mayores bienes: la existencia, puesto que nos ha creado; el habernos hecho semejantes a El, pues somos espirituales y libres; y la obra de la redención mediante la cual nos ha sacado del abismo del pecado por el que nos habíamos alejado de El. En el mismo sentido la ingratitud es lo que más hiere un corazón que se da en el amor pero no se siente correspondido. La acción de gracias es un ingrediente necesario de toda oración sincera, puesto que no sólo respetamos y reverenciamos la grandeza de Dios sino que amamos su bondad inigualable.

La alabanza, la adoración y la acción de gracias deben estar presentes en nuestra oración personal y están condensadas en la expresión de la más perfecta de las oraciones con las palabras: “santificado sea tu nombre” (Mt. 6,9).

 

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