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Al que llama se le abre

Pbro. Roberto Visier

Verdaderamente es difícil conseguir promesas más grandes que las que están ligadas a la oración de petición: “Pídemelo, te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra” (Salmo 2); “Todo lo que pidan en mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14, 13); “Todo lo que pidan en la oración, piensen que ya lo han recibido y lo obtendrán” (Mc. 11,24).

Solemos decir que tocar no es entrar, pero cuando llamamos a la puerta de alguien al que tenemos una gran confianza, estamos ciertos de que en cuanto nos reconozca nos abrirá y se alegrará de recibirnos y de compartir con nosotros lo que tenga. Es una hermosa imagen pensar que la oración es visitar a Dios en su propia casa, que es la Iglesia o nuestro propio corazón. Sabemos que no nos puede negar lo que le pidamos con verdadera confianza, si de verdad nos conviene, claro está, pues él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y lo que es mejor en cada momento.

Verdaderamente es difícil conseguir promesas más grandes que las que están ligadas a la oración de petición: “Pídemelo, te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra” (Salmo 2); “Todo lo que pidan en mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14, 13); “Todo lo que pidan en la oración, piensen que ya lo han recibido y lo obtendrán” (Mc. 11,24).

Entonces ¿por qué pedimos tantas cosas y no se nos conceden? La Escritura es tan sobreabundante en este tema que nos bastará explayarnos en dos citas para dar una respuesta clara y contundente. “piden y no reciben porque piden mal, para dar satisfacción a sus pasiones” (Sant. 4,3). Existen muchas causas que producen la ineficacia de la oración. Primero, que falte alguna de las tres cualidades esenciales de la oración: la humildad, la confianza o la perseverancia. No podemos exigirle a Dios, como poniéndole condiciones o intentando comprarlo con promesas, o amenazándole con alejarnos de él si no nos cumple. Otras veces pedimos a Dios como el que se juega un número de la lotería a ver si hay “suertecilla”, pero sin confianza, sin fe en él. Por lo mismo, no insistimos pensando que basta con pedirlo una vez pues Dios no es sordo. Puede existir frecuentemente una concepción supersticiosa o mágica de la petición, como si hecho el “rito” adecuado se tuviese que realizar el prodigio, como si el Creador fuera una fuerza cósmica que podemos manipular a nuestro antojo.

Otro motivo para no recibir lo que pedimos es la falta de rectitud de intención, pues deseamos solamente satisfacer de un modo egoísta nuestras pasiones, pidiendo incluso cosas que son malas porque perjudicarían a otras personas o a nosotros mismos, o porque son sólo cosas materiales que realmente no son necesarias. El Señor también nos dice: “si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán” (Jn. 15,7). Permanecer en él y tener sus palabras grabadas en nuestro corazón es mucho más que una simple confianza en que me darán una limosna por compasión. Es una amistad profunda, un deseo de seguirle, de obedecerle, de servirle. Son los amigos de Dios los que alcanzan los mayores favores. Con la parábola del amigo inoportuno (Lc. 11,5) Jesús no quiere subrayar solamente la insistencia del amigo, sino el hecho de que eran amigos, de que a un amigo que me ruega un favor no se lo puedo negar. Por eso no podemos pretender que nuestra oración tenga fruto si vivimos alejados de Dios, si somos sus enemigos porque le ofendemos y no queremos hacer lo que él nos manda para nuestro bien.

Es indudable que Dios está deseando llenarnos de bienes, porque el amor es dar y Dios es Amor infinito, pero debemos procurar vaciar nuestra oración de egoísmos y abrirnos a una confianza por la cual nos pongamos en manos de Dios, con la certeza absoluta de que estando con Él no nos ha de faltar nada. En este sentido la oración de petición sale de uno mismo para convertirse en intercesión, en una súplica por el otro. Pedir por los demás, por el mundo entero, especialmente por los más necesitados: los pobres, los niños, los enfermos, los ancianos, los tristes, abandonados, fracasados, deprimidos, etc... Es algo misterioso pero real, podemos hacer un bien inmenso a muchos en cualquier parte del mundo en que se encuentren, puesto que el poder de la oración es inmenso (Sant. 5,16), es el mismo poder de Dios que se conmueve en su infinita misericordia ante la bondad del corazón que olvidándose de sí se vuelca en el otro. La petición se transforma así en un modo privilegiado de dar y no sólo de recibir. Es más fácil pedir que dar pero hay más gozo en dar que en recibir (Hech. 20,35). Dios no se deja ganar en generosidad y seguramente bendecirá y dará también cuanto le pida al que piensa más en los demás que en sí mismo. Pidamos, pues, ¿qué nos cuesta? El Señor nos pide insistentemente que le pidamos: “Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!" (Lc. 11,9-13).

 
 

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