Hans Küng, ¿un
teólogo contra el Papa?
Guillermo Juan Morado
¿Pero qué significa "teólogo disidente"? El sustantivo
y el adjetivo no casan bien; se contraponen entre sí, se contradicen: es
como hablar de un "círculo cuadrado" o de un "creyente ateo".
La decisión del Cardenal
Arzobispo de Barcelona, prohibiendo que tuviese lugar en la parroquia de
Santa María del Pi la presentación de las "Memorias" de Hans Küng, ha
levantado una cierta polémica. ¿Volvemos a la época de la Inquisición, se
preguntan algunos? ¿La Iglesia católica es tan autoritaria que pretende
amordazar toda voz crítica? No faltan tampoco quienes celebran la
determinación del Cardenal: Un templo parroquial, razonan, no debe de
servir de marco a la exposición de opiniones que, a buen seguro, serán
discrepantes con la doctrina de la Iglesia e, incluso, particularmente
ácidas con la figura del Papa.
Hans Küng se ha
convertido, desde hace ya décadas, en símbolo del "disenso". El teólogo
suizo, otrora perito conciliar en el Vaticano II y Profesor de Teología en
la Universidad de Tubinga, ha agigantado progresivamente la distancia que
separa su pensamiento de la doctrina de la Iglesia. Su libro "¿Infalible?
Una pregunta", en el que rechaza la infalibilidad pontificia (es decir, la
inmunidad al error del magisterio del Papa, cuando éste proclama por un
acto definitivo la doctrina que debe sostenerse en materia de fe y de
costumbres), supuso la ruptura de la a veces tenue frontera que divide la
discrepancia de la disidencia. Esta obra colmó el vaso de la paciencia
romana, y la Congregación para la Doctrina de la Fe, después de un
proceso, le privó del título de teólogo católico. Desde entonces, algunas
de sus obras - en las que relativiza la divinidad de Cristo y la doctrina
de la Trinidad - y, de modo más llamativo aun, sus posicionamientos
públicos en contra del Papa, han hecho que la "reconciliación" con Roma
parezca difícil, si no imposible.
¿Pero qué significa
"teólogo disidente"? El sustantivo y el adjetivo no casan bien; se
contraponen entre sí, se contradicen: es como hablar de un "círculo
cuadrado" o de un "creyente ateo". El verdadero teólogo no se siente nunca
fuera, al margen, o por encima de la Iglesia. Porque sin Iglesia no hay
teología; no, desde luego, teología católica. La teología no crea la fe,
no la inventa, no la cambia. La teología se remite siempre, si quiere ser
fiel a su naturaleza, a la revelación que Dios confió, a través de
Jesucristo, a los Apóstoles y a la Iglesia. Lo mismo que la fe es
eclesial, porque creemos en la Iglesia y con ella, así la teología es
eclesial, si no quiere desvirtuarse, dejando de ser teología para
convertirse en un genérico e inespecífico discurso sobre cuestiones
religiosas.
La eclesialidad de la
teología, y la consiguiente misión eclesial del teólogo, tiene
consecuencias incluso canónicas. La autoridad de la Iglesia tiene el
derecho, y más aun el deber - muchas veces oneroso - , de intervenir en
defensa de la fe del Pueblo de Dios, cuando ésta es amenazada por quienes,
contradiciendo incluso la ética profesional, enseñan o difunden opiniones
que poco o nada tienen que ver con el Credo.
Desde siempre, desde los
orígenes del cristianismo, hay quienes han preferido secundar las diversas
"gnosis", es decir, las especulaciones puramente humanas, antes que
aceptar la regla de la fe. Pero las gnosis no salvan, ni pueden tampoco
aportar a la vida el horizonte de novedad que sólo proviene de Dios. La
pretensión de una teología autodenominada "critica", basada más en el
recurso a investigaciones supuestamente históricas que en el depósito de
la fe - contenido en la Sagrada Escritura y en la Tradición, e
interpretado autorizadamente por el Magisterio -, es una pretensión
fallida. Privada del suelo nutricio de la Iglesia, esa teología se
convierte, más tarde o más temprano, en estéril y tiene, como tal, muy
poco que aportar al hombre en su indeclinable búsqueda del sentido; que
es, de un modo implícito o consciente, búsqueda de Dios y hambre de
Jesucristo.
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