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No al repudio de la vida

Guillem Ferrer Monjo

La vida, así me lo han enseñado, es para entregarla a los demás. Y luchar contra la tendencia auto-egoísta, que tantas veces me derriba, de contemplar cualquier situación como un trampolín de egocentrismo.

Cuando alguien se enamora, y ese amor es correspondido, la vida se vislumbra de color rosa. Todo es bello, los días se viven con más humor, simpatía… La sabiduría popular de la calle expresa que al hacernos mayores crecen las preocupaciones, los contratiempos, se suman más obligaciones que derechos, y la responsabilidad agobia.

Pero, no nos engañemos. La vida también tiene sus buenos momentos, y esas etapas que traslucen sentimientos y vivencias positivas, alegres, aunque no sea a través de un amor de adolescencia. El nacimiento de un hijo, la pasión, el respeto y la entrega conyugal, el saber dar sin esperar a recibir, el ver crecer a tus seres menudos, el diálogo entre compañeros, la sensibilidad de los que te quieren en momento difíciles… La responsabilidad es sinónimo de madurez, y también a eso hay que acostumbrarse para crecer como seres humanos.

Tras la muerte de Copito de Nieve, esa mascota barcelonesa, española y mundialmente reconocida por su blanca piel, la sociedad ha expresado, como era de esperar y de forma comprensible, su afecto por tan sensible pérdida. Los animales se hacen querer, y su pérdida también afecta a las personas cercanas. “Floquet de Neu”, me viene a colación por un pequeño recorte de prensa que llega a mi mesa, publicado esta semana en el diario Avui. “Eutan‡sia per a tothom”, afirma el titular. La asociación Dret a Morir Dignament ha lamentado que mientras la administración de una inyección letal a Copito de Nieve para evitar su agonía no ha levantado ningún tipo de protestas, la eutanasia activa en personas continua estando penalizada en España.

La verdad, ¡no entiendo nada! Mi respeto por los animales no se sale de las coordenadas normales de la sociedad. Mientras nuestro progreso tecnológico y medioambiental continúa promulgando a toda costa la defensa de lo natural, el mismo ser humano, el alma mater de lo creado, se instala en la noción de su aniquilación para no sufrir. La eutanasia activa, a mi modo de entender, no es más que un sinónimo de un asesinato con consentimiento, o un suicidio maquillado por la lacra de una enfermedad.

Soy de los que ha experimentado en propia carne la pérdida de personas muy próximas. Incluso a edades que, clamando al cielo, parecen una injusticia. La vida, nuestra existencia humana, la única que sobresale por sus valores y conocimientos por encima de todo ser vivo, está plagada de algo finito, que nos demuestra que tenemos un principio y un final. Nos pasamos la vida pensando que somos el ombligo del universo, y de repente, una enfermedad nos corroe lo más íntimo y trascendental, el mismo principio de nuestra existencia. Y nuestra respuesta, ¿no debe ser otra que nuestra propia aniquilación para no sufrir?

Creo que nos equivocamos cuando nuestra juventud y nuestras jóvenes generaciones aprenden a convivir sin compromisos, sin esfuerzo, y sin ningún tropiezo. Llevamos a nuestros adolescentes, por norma general, entre algodones. Y la vida, por si misma, está llena de piedras que se cuelan en nuestros zapatos. La vida, el don más preciado que hemos recibido, evita el sufrimiento inútil. Pero, con sinceridad me pregunto. ¿Acaso no nos han enseñado que las dificultades, el dolor y el sufrimiento pueden ser la puerta a nuestro crecimiento personal? ¿No hemos experimentado todos alguna vez que en el esfuerzo subyace el placer de aumentar nuestra humanidad? Incluso aunque no consigamos lo que pretendíamos. La vida, así me lo han enseñado, es para entregarla a los demás. Y luchar contra la tendencia auto-Egoísta, que tantas veces me derriba, de contemplar cualquier situación como un trampolín de egocentrismo. Me apunto a cambiar de paradigma, pese al esfuerzo que supone. Y convertir nuestro “yo”, en la primacía por el “tu” y el “nosotros”.

 
 

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