Un crucifijo en
público
Guillem Ferrer Monjo
Enfriada en la opinión pública la controversia en
Italia tras la decisión de un juez de ordenar que se retirara el crucifijo
de una escuela, me vienen a la mente algunas ideas.
Para quien no haya oído
hablar del tema, en Italia los crucifijos están presentes en las aulas
escolares de los centros públicos, además de otros muchos edificios de la
Administración (también en España, y por ende en nuestra Isla, hay
símbolos religiosos en edificios públicos). A raíz de una denuncia de un
padre, que coincidía además en ser presidente de la Unión Musulmana de
Italia, un juez ordenó retirar el crucifijo de la escuela de los hijos del
denunciante, corroborando su sátira crítica que el crucifijo “es un
pequeño cadáver” y afirmando que la presencia de crucifijos en lugares
públicos es “anacrónica”.
La decisión judicial causó
una verdadera conmoción en la opinión pública italiana. En mis retinas aún
guardo las imágenes de esta semana, en la misma Roma, con las calles
abarrotadas viendo pasar el cortejo fúnebre de los soldados italianos
asesinados en Iraq. Y los miles de compatriotas que con banderas,
lágrimas, y santiguándose a su paso, despidiéndose así de los restos
mortales de los militares.
Volviendo a la decisión
judicial. A los pocos días otro juez devolvió las cosas en su sitio. El
presidente italiano Carlo Azeglio Ciampi afirmó, en defensa de la
permanencia de los crucifijos en las aulas que “no es sólo un signo
distintivo de una creencia religiosa particular, sino sobre todo un
símbolo de los valores que conforman el fundamento de nuestra identidad”.
Y muchas personalidades musulmanas de Italia criticaron al denunciante.
Bajo este episodio subyace
la idea de arrinconar, arrastrar y esconder cualquier presencia religiosa
al mundo de lo privado, de lo íntimo, de lo estrictamente personal. En
Francia, siguen discutiendo sobre la idoneidad que las niñas, de religión
musulmana, acudan a los centros escolares con hábitos religiosos. ¡Parece
que nos estamos volviendo locos! Prohibir signos religiosos pertenece a
culturas autoritarias. A excepción que esos signos sean una expresión de
discriminación humana.
No hace muchos días me
comentaban que los sacerdotes y las religiosas no deberían utilizar
vestimentas eclesiásticas porque “puede parecer que imponen sus creencias
en la opinión pública”. Me quedé mirando a esa persona y le indiqué que
para no imponer nuestras propias creencias a nadie, según él, deberíamos
andar por la calle desnudos. El médico, entonces, impone con su bata
blanca. El policía, impone. El barrendero, impone. Las azafatas y pilotos
de avión, imponen. Y las modas juveniles, ¿imponen? Arrancar del
cristianismo su presencia pública es deformarlo en su naturaleza.
Desconozco si Jesús usó algún distintivo. Me imagino que todos los acordes
con la religión judía de su tiempo. Pero sus palabras, sus acciones y su
oración se llevó a cabo en cualquier ámbito, privado y público.
Y es que si nos proponemos
eliminar cualquier símbolo religioso del ámbito social nos quedaremos con
una cultura y una tradición que destruirá todas nuestras propias raíces.
Unas señas de identidad repletas de valores que nos invitan a ser más
humanos, justos y solidarios. Y que, para muchos, son la plataforma del
sentido de la vida.
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