Ciudades literarias
Víctor Corcoba Herrero
Conocer las ciudades a través de sus literaturas, y
literaturizarse, es una obra de arte, tanto o más que de pensamiento.
A veces uno recibe libros
que le entusiasman y le conmueven. Desea dar cuenta de ellos como sea.
Para que cunda el ejemplo. Nos cautive la idea y nos cultive la obsesión.
Catorce narradores, nacidos o residentes en Madrid, han escrito un texto
vinculado a la capital de España, bajo los auspicios de la Asociación
Colegial de Escritores de España y el patrocinio de Cedro, entidad de
autores y editores. Este volumen es una continuación de otras rutas
literarias que tuvieron por marco a Castilla-León y Andalucía. La cuestión
me parece tan genial como la genialidad de ser literato. Desde luego,
nadie me negará que, el verdadero escritor, el de invención pura y
transparente, sea poseedor de un olfato especial para describirnos
entornos y contarnos vidas, bajo las alas desnudas del buen gusto, que no
son otras, que un singular estilo. También para inquietarnos, volvernos
reflexivos, y si es posible, hacernos saltar la chispa del compromiso;
que, ante el baño de pasividades que nos inundan, siempre es de agradecer.
Resulta, pues, saludable
para el pueblo abordar la historia unida a la literatura y profundizar en
nuestras ciudades, las de ayer y las de hoy, al igual que esos escritores
madrileños (de nacimiento o adopción), que a través de su obra penetran en
distintas épocas, como el paso de la aldea a la urbe o la ciudad como tema
literario. Estos cultivadores de la palabra, me refiero siempre a los
puros, son eficaces guías. Cuentan con claridad de pensamiento y precisión
de narrativa. La reconstrucción de atmósferas vividas nos acerca a ese
espacio íntimo, a esa calle de las mil y una literaturas, a ese yo íntimo
que se ve retratado en la escena del tiempo.
Conocer las ciudades a
través de sus literaturas, y literaturizarse, es una obra de arte, tanto o
más que de pensamiento. Lo que hacen, estos jardineros de voces, es acoger
y recoger vidas, luego las sintetizan con ingenio, para ofrecerlas bajo la
estética del destello expresivo. En este sentido, me vienen a la memoria
unos versos de Unamuno, en esa comunicación sinestésica de vivencias en
forma sintética, a través del lenguaje, caracterizado por su gran
expresividad. Precisamente, nos recomienda volver los ojos a esas ciudades
literarias, a esas existencias vividas: “Leer, leer, leer, vivir la vida/
que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida/ las cosas que
pasaron. / Leer, leer, leer; seré lectura mañana también yo?/ Seré mi
creador, mi criatura, / seré lo que pasó?”
La literatura refleja
siempre la vida de sus gentes, el pulso de la ciudad o del pueblo, que
será tanto más culto cuanto mayor sea la coexistencia de culturas
cultivadas. En esta línea de entendimiento, aplaudo el fomento de rutas
literarias, programa educativo creado por el Ministerio de Educación,
Cultura y Deporte, en colaboración con las Comunidades Autónomas, puesto
que no sólo acrecienta el interés por la lectura, también contribuye a que
la convivencia sea mejor. Estos itinerarios giran en torno a un libro, un
personaje o un autor relevante sobre el que los alumnos habrán trabajado
con anterioridad en sus clases, viajando posteriormente para conocer los
lugares que han servido de inspiración o han guiado la narración leída. En
esa marcha por el tiempo no se marcha uno sin convivir. Y tampoco sin
hacer deporte, el de andar, como ese caminante machadiano de hacer camino.
En esa misma confluencia
literaria, el afluente de la UNESCO de elaborar, año tras año, una lista
de las ciudades de importancia histórica que son muestras de la diversidad
y riqueza de actividades culturales, religiosas y sociales de los seres
humanos y que, por ello, son parte de ese gran “Patrimonio de la
Humanidad”, merece también efusivas loas. Las ciudades y los pueblos,
siempre han sido focos literarios, que, gracias a esa literatura, han
perdurado en sus raíces y costumbres. La evocación de tipos curiosos, o de
lugares perdidos, borrados del mapa de la vida -a veces por un progreso
mezquino-, persisten gracias a los oficiantes de la palabra, que con sus
creaciones nos reviven pasados históricos y mundologías que forman parte
de nuestra savia y de nuestro saber. Sin duda, rememorar es valioso, se
fundamenta nuestra forma de ser y de estar.
Hoy cuando tanto se habla
de "ingeniería genética" para aludir a las extraordinarias posibilidades
que ofrece hoy la ciencia para intervenir sobre las fuentes mismas de la
vida, se nos olvidan las emociones que siente el ser humano hacia la
belleza literaria, inventándose otras vidas y otros mundos, donde ser
respeten derechos, como el de soñar y reír. Nadie mejor que el literato,
genial constructor de vidas en la vida, puede amasar emociones y exaltar
entusiasmos, atraído por el asombro del ancestral poder de los sonidos y
de las palabras, de las voces y de los sentimientos. En la poesía hay un
perfecto ensamblaje de semánticas, sensaciones, imágenes y ritmos, como si
de un efectivo amor se tratase, en cuanto a fusión de tonos y timbres. De
igual modo, en la prosa, la comunión y aproximación es un signo de
comunicación. Esto es higiénico hasta para la democracia. No se puede
consensuar si antes no ha habido tertulia, maridaje de conceptos.
Por otra parte, el que
crea literatura da su propio ser a la causa, lo dona a ese don, y
mirándose hacia sí mismo y hacia toda ciudad o pueblo, con ojos capaces de
contemplar y de agradecer, nunca hará nada contrario a la existencia. La
vida es lo que le vive y por la que escribe. Es su guión, lo que le
entusiasma. Toda forma auténtica de hacer literatura, es, a su modo, una
forma de alargar la vida, una vía láctea que nos lleva a la realidad más
profunda del hombre y del mundo. En suma, una invitación a gustar de la
energía creadora y a crear un futuro de gozos en el verbo, armonizando el
amor a los lenguajes del alma. Porque sólo la palabra, la que es luz, se
hace diálogo creador (y creativo) en el parlamento de la vida.
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