Imprimir

Diálogo: de las palabras a las buenas obras

Carlos Díaz

¿Qué grados de distancia y de desconfianza habrá de mantener el Sur para evitar el zarpazo del brutal Norte que pende sobre su cabeza como espada de Damocles?

En su desigual relación el león le dice muy educadamente al conejillo:

«- Excelentísimo señor conejo, vamos a dialogar usted y yo con racionalidad comunicativa, pues por fortuna ambos somos adultos, mayores de edad, demócratas y loquicapaces. Dadas estas premisas, he aquí las claúsulas de mi contrato económico: deme cuatro por uno, y agradezca que le proporcione protección frente a otros más feroces y peor educados que yo.

Y he aquí que entonces el pobre conejo con cara de circunstancias piensa para sus adentros sin atreverse a decirlo: Excelentísimo señor león, rey de todas las selvas, ¿cómo vamos a ser contractualmente iguales vuesamerced y yo? Para eso tendríais primero que arrancaros los colmillos, limaros las uñas, cubriros las zarpas... o cambiar de corazón».

¿Hasta cuándo tal «diálogo»? ¿Qué grados de distancia y de desconfianza habrá de mantener el Sur para evitar el zarpazo del brutal Norte que pende sobre su cabeza como espada de Damocles?, ¿quién sino el Norte podría tragarse esa bola intragable lanzada a rodar por los premios Nobel de Economía (premiados por el Norte mismo, claro, para pagarse sus propios lujos) de «zorra libre en gallinero libre»?

Nada de diálogo por el diálogo, el diálogo a toda costa; el diálogo no puede eternizarse, pues dar vueltas a la noria seca no sirve en última determinación más que para aburrirse y para perder el tiempo, así como también (en los casos de intención más perversa) para dejar las cosas como están dando apariencia de que se quieren cambiar. Y eso no está bien.

¿Por qué no introducir cláusulas de penalización cuando respecto del plan prefijado se produce retraso en la entrega de soluciones niveladoras? Urge poner término, fechas límite, a quienes demoran al infinito las rondas dialógicas de negociaciones sin soluciones concretas de justicia con reloj encima de la mesa. Dialogar sí, pero con cláusulas de penalización, pues mañana será tarde para los empobrecidos. Y, ya que no siempre hemos sabido responder a sus demandas con entrañas de misericordia, respondamos al menos con la misma puntalidad con que el Norte ejecuta sus embargos y exige el cobro de sus leoninos réditos: ¿por qué han de pagar puntualmente los más pobres los intereses de la deuda no satisfecha a los ricos, mientras los ricos nunca llegan a tiempo de hacerse cargo de las miserias milenarias de los empobrecidos?

El Sur siente en su propia carne la opresión y por eso pregunta al Norte: ¿cuánto espacio -propiedad y hacienda- están ustedes dispuestos a gozar sin compartir?, ¿a cuántos emigrantes van ustedes a impedirles que dialoguen y se comuniquen con ustedes sin devolverles al mar?

«Cuando yo estoy enfermo, no querría que me consolase el que está sano; cuando yo estoy triste, no querría que me consolase el que está alegre; cuando yo estoy desterrado, no querría que me consolase el próspero; ni cuando yo estoy a la muerte, no querría que me consolase el que no tiene sospecha de la vida, sino querría yo que me consolase el pobre en mi pobreza, el triste en mi tristeza, el desterrado en mi destierro y el que tiene tan en peligro su vida como yo tengo ahora a mano la muerte; porque no hay tan saludable ni tan verdadero consejo como es el del hombre que está lastimado cuando aconseja a otro lastimado como él». El corazón del Sur late tanto mejor cuanto más cerca y com-pasivamente se encuentra de los humildes, cuanto más humilde se hace el mismo y más comparte la suerte de dichos humildes.

 
 

Inicio ] [ Atrás ]