¿A quién se parece Jesús?
Jaime Septién
Lo que me temo que puede llegar a suceder es que
empecemos a identificar la densidad de la figura de Cristo con el un metro
86 de estatura, 78 kilogramos de peso, pelo negro y ojos azules del actor
Jim Caviezel.
El estreno de La Pasión de Cristo ha venido precedido
de un intenso jaloneo de prensa. Hay quien dice que es antisemita. Hay
quien la juzga una obra maestra. Mel Gibson, su director, es un hombre
comprometido. Católico del rito tridentino. De los de armas tomar. Eso no
es lo importante. Lo que me temo que puede llegar a suceder es que
empecemos a identificar la densidad de la figura de Cristo con el un metro
86 de estatura, 78 kilogramos de peso, pelo negro y ojos azules del actor
Jim Caviezel, como antes lo hicimos con Montgomery Cliff o Jeffrey Hunter
de Rey de Reyes (1961) o Max von Sydow de La más grande historia jamás
contada (1965).
Cristo no fue así Las precarias condiciones de vida que
privaban en Palestina, junto con el oficio de su padre en la tierra, san
José, un carpintero, anulan toda posibilidad de ese Jesús de Hollywood. Y
dado que tenemos un corazón tan inclinado al sentimiento, se puede correr
el riesgo de favorecer la balanza a favor de un tipo de valor belleza
física de Jesús, antes que comprender la inmensidad avasalladora de su
testimonio de amor y obediencia. No digo que esto sea así; digo que puede
ser así.
Cuentan los que han visto la película de Gibson que, de
verdad, golpea. Eso es lo que quiso lograr en el espectador: sacudirlo en
su fibra más íntima. Una flagelación de 15 o 20 minutos, sin descanso, no
puede sino atravesarnos el alma, como la lanza de Longinos al costado del
divino cuerpo yerto, de donde manó agua y surgió la Iglesia. Pero,
¿alcanzaremos a comprometernos en nuestra vida con Cristo-Hijo-de-Dios y
con su humillación para darnos la gloria, o se nos saltarán las lágrimas
con el dolor propiciado a Jim Caviezel, con todo y que se trata de una
representación? La pregunta, en serio, no es ociosa.
Estamos poco habituados —por la influencia del cine y
la televisión— a mirar el fondo de las cosas. Las representaciones
gravitan más que las realidades sobre la mayoría del público espectador.
Incluso habrá quien sentirá lástima del actor y defenderá al director de
La Pasión como si se tratara de otro evangelista. No hay que ir tan lejos.
Si esta película, que está hecha con todo el conocimiento y el amor a
Cristo, se queda en la frontera de la actuación, los efectos especiales o
las tesis a favor o en contra de los judíos, incluso, si solamente nos
golpea por la visión directa de la carnicería romana desatada contra el
Hijo de Dios, será un fracaso. Uno más de la larga lista de fracasos
humanos para releer al Jesús histórico y «ponerlo al día» con respecto a
nuestro entorno y al tiempo presente.
A la pregunta sobre la apariencia física de Jesús hay
que responder con una de esas respuestas tan hondas como simples de la
sabiduría cristiana: Jesús se parece, siempre, a la pureza.
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