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La cruz

Carlos Díaz

Jesús es el único modelo en la toma de decisiones: su conducta nos sitúa ante la disyuntiva de pensarnos como seres para la muerte o como seres que ofrecen la muerte para la vida.

Existe un grado de riesgo, pero de la misma manera que el hombre arriesga, dentro de ciertos límites, con trabajos, aventuras o competiciones, también nosotros: se trata de una ofrenda de la vida que se entrega por los demás y que merece la pena. Dicho recurso se convierte en el argumento del pobre, que se siente pobre e impotente frente al poder de la autoridad política o mundial y frente a su incapacidad para solucionar realmente los verdaderos problemas de la humanidad. Toda decisión tiene cierto margen de riesgo que también estamos dispuestos a asumir desde la responsabilidad que se nos ha conferido, con la cruz.

El suplicio de la cruz sólo se utilizaba para las clases bajas de la sociedad y los esclavos. Normalmente los ciudadanos romanos estaban exentos de él, a menos que la gravedad de su delito les hiciera ser considerados desposeídos de sus derechos civiles. Se aplicaba también a los extranjeros sediciosos, a los criminales y a los bandidos. Fue lo que ocurrió en Judea con motivo de diferentes revueltas políticas en época de Jesús. Las fuerzas romanas lo aplicaron en muchas ocasiones en contra de los judíos.

A la crueldad propia del suplicio de la crucifixión -suplicio de muerte lenta que daba curso a numerosos gestos de sadismo- se unía su carácter infamante (Celso), escandaloso e incluso 'obsceno'. El crucificado quedaba privado normalmente de sepultura y era abandonado a las bestias salvajes y a las aves de presa. La cruz era un 'signo de vergüenza', un 'poste infame', un 'madero criminal' (Séneca), 'el suplicio más cruel y más repugnante' (Cicerón). 'La muerte en cruz, suprema infamia', dice Orígenes. Se le atribuía por eso un gran poder de disuasión. Era casi una forma de sacrificio humano y tenía como objetivo deshumanizar al máximo la muerte y quitarle al ajusticiado toda dignidad en su manera de morir. Éste por lo general se debatía en medio de gritos atroces. En la tradición judía, 'el que cuelga del madero es maldito de Dios' (Dt 21,23). Pablo retomará este tema diciendo que Cristo se ha hecho 'maldición por nosotros', porque está escrito: 'Maldito el que está colgado de un madero' (Gal 3,13). Salvo raras excepciones, el tema de la crucifixión está ausente de la mitología griega, aunque Platón, pensando en Sócrates, percibiera la grandeza del justo sufriente. Cuando san Pablo habla de 'locura' y de 'escándalo' a los ojos de los paganos y de los judíos, no está incurriendo en ninguna exageración retórica. Los judíos tienen exactamente la misma reacción: 'Ponéis vuestra esperanza en un hombre que ha sido crucificado'. En la colina romana del Palatino se ha encontrado, entre otras pintadas, una caricatura que representa a un hombre en oración, levantando los brazos en gesto de adoración delante de la imagen de un crucificado con cabeza de burro. Una inscripción dice: 'Alexamenes adora a su Dios'. Esta sátira revela la reacción popular de los paganos. La crucifixión de Jesús constituirá durante mucho tiempo una objeción radical a la predicación del cristianismo.

 
 

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