Año mundial contra
la esclavitud
Pareciera un contrasentido hablar o escribir a estas
alturas acerca de la esclavitud.
Pareciera un contrasentido hablar o escribir a estas
alturas acerca de la esclavitud, esa lacra ya supuestamente desterrada,
ese fenómeno que redujo a la condición humana a su más degradante bajeza..
Y si esto fuera así ¿por qué las Naciones Unidas han elegido a este año
como el Año Internacional de la lucha contra la esclavitud y de su
abolición?. ¿Acaso Nelson Mandela no se salió con la suya en Sudáfrica?
¿Es que realmente todavía quedan esclavos?. Pues, al parecer, si, y no
pocos. Ocurre que, como todo, también la esclavitud ha cambiado de signo,
de estilo; esto es, se ha tecnificado.
Dicen que en el pasado, entre África y el Nuevo Mundo
sufrieron el comercio de esclavos entre diez y veintiocho millones de
personas. La cifra exacta jamás se sabrá. Pues bien, tampoco importa la
precisión de la cifra aunque sí, y mucho, la realidad del fenómeno. La
época histórica en la que más efervescente resultó este comercio de
esclavos oscila entre los años 1450 y 1850.
Se ha querido utilizar precisamente este año para
conmemorar el “bicentenario de la revolución haitiana”, la cual dio pie
para que pudiera erigirse la primera República negra del hemisferio
occidente, lo que sirvió como ejemplo para la liberación del resto de los
pueblos caribeños y en general de los latinoamericanos. Haití, una nación
pobre entre las pobres, que en estos precisos momentos continúa viviendo
entre el agobio y la esperanza. Hay revoluciones que nunca terminan de
prosperar.
Pues sí, las Naciones Unidas no quieren que la trata de
esclavos, esto es, la comercialización del ser humano como objeto de
trabajo, como si de animales se tratara, existió. Lo ha dicho el Director
general de la UNESCO: “Al institucionalizar la memoria, resistirse al
olvido, revivir una tragedia que por muchos años ha permanecido escondida
o sin reconocimiento, y al asistir el que ésta ocupe su justo lugar en la
conciencia humana, estamos respondiendo a nuestro deber de recordar”.
Recordar aquello para que no acontezca lo que continúa
aconteciendo, para que no creamos que el trabajo en condiciones de
servidumbre, que afecta a más de veinte millones de personas en todo el
mundo, no es esclavitud; para que sepamos que esas mujeres que trabajan en
Europa, en condiciones de servidumbre por deudas adquiridas, es
esclavitud; igual que lo es el tráfico de tantos niños y niñas no
solamente para forzarlos a trabajar en haciendas, sino para otros
degradados oficios. ¿Y qué decir del problema de los emigrantes y todas
sus tragedias?
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