La culpa
No hemos aprendido las nuevas necesidades de los
creyentes y las nuevas formas para evangelizar.
Según el Informe del último Anuario Pontificio, que
edita anualmente la Santa Sede con el fin de dar a conocer
cuantitativamente la realidad mundial de la Iglesia Católica, la
conclusión es que las cosas, al menos en cifras, van bastante mal. La
primera conclusión que sale a la vista es que la Iglesia católica se ha
desoccidentalizado. Lo que parecía patrimonio, al menos de Europa, ha
dejado de serlo. Lo hemos escrito en múltiples oportunidades: Europa ha
pasado a ser país de misión, y los nuevos misioneros han de proceder de
África, Asia y Latinoamérica, algo que hasta hace muy poco tiempo era
realmente insospechado. Se me ocurre una sospecha: ¿estarán preparados
anímicamente los europeos para ser adoctrinados en la fe por africanos,
asiáticos o latinoamericanos?, es decir, por esos compatriotas de quienes,
inclusive clandestinamente, intentan colarse en Europa como inmigrantes
para lograr mejor vida?
Tanto en América del Norte como en Europa apenas se
registran vocaciones. Existe una disminución en estos continentes de un 20
por ciento. Y esto, evidentemente, debe de tener alguna razón. Los
escándalos últimamente divulgados no deben pasar por debajo de la mesa, y
el tratamiento que la jerarquía eclesiástica les ha dado, sobre todo en
Norteamérica, tampoco. Uno piensa que el único valiente a este respecto ha
sido el actual Pontífice, quien no ha tenido empacho alguno condenándolos
pública y drásticamente, mientras que algunos prelados, sobre todo
norteamericanos, han intentado la excusa y el silencio. También las
compensaciones económicas a los afectados para que los casos no vayan a
los tribunales y, por ende, para que no se airee el escándalo.
Por supuesto, esta no es la única razón, pero quien
niegue que no es una razón de peso para alguien que quiera ingresar al
servicio de la religión es que no acepta el pecado, y quien no acepta el
pecado no puede aspirar a la gracia.
Es curioso que las sociedades más ricas sean las menos
proclives a la religión. Es curioso que donde más abundancia hay,
pareciera que la religión es más rechazada. O, si no más rechazada, al
menos sí más indiferente. Da la sensación de que la religión es
innecesaria para su bienestar, porque el bienestar, pareciera, no lo
proporciona la fe sino la abundancia.
Algo está pasando y me da que no hemos aprendido las
nuevas necesidades de los creyentes y las nuevas formas para evangelizar;
tampoco hemos aprendido los nuevos signos de los tiempos y la nueva forma
de la Iglesia de estar en el mundo. Da la impresión de que los jerarcas
católicos tienen miedo a confesarse, es decir, a realizar un propósito de
enmienda institucional, a aceptar todo aquello que ha sido equivocación,
como equivocación. Lo cierto es que algo hay que hacer y solamente puede
hacerlo quien debe hacerlo. Echar la culpa a terceros no parece ser un
buen signo evangelizador.
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