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El pecado y el arrepentimiento

Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Introducción a la Cuaresma I

La Iglesia en su período de cuaresma exhorta a los fieles el arrepentimiento para el perdón de los pecados, instando a creer en Jesucristo, pidiendo que se reflexiones sobre el actuar que afecta al caminar hacia el Padre. Por lo tanto tenemos que reflexionar sobre el pecado y su magnitud, que nos hace rechazar el amor del Padre, fuente del orden moral, al tratar de ser autónomos en nuestras decisiones sobre el bien y el mal, provocando que estemos siempre propensos a ver en Dios una limitación y no la fuente de nuestra liberación.

Nos invita la Iglesia a llevar a cabo una opción fundamental por el amor del Padre siguiendo a Jesucristo, quien es el que salva, punto de partida de la moral cristiana, pues nos permite participar de la fuente de vida, de la fuente de amor, de ese amor más grande que el pecado, siempre dispuesto a aliviarnos si nos arrepentimos. Seguimiento que lleva de modo indisoluble nuestra transformación interna con la exigencia de perder la vida entregándola en servicio a los demás: familia, empleados, conciudadanos, etc., como aceptación de Jesucristo, cuyo seguimiento tiene como condiciones una serie de renuncias y nuestra conformación de vida según la imagen de Jesucristo.

Por lo tanto, es importante la conciencia sobre el pecado, pues supone un fallo fundamental de nuestra existencia cristiana, ya que, es en el que se decide la persona en su totalidad, manifestándose en la ruptura de nuestra opción fundamental por el amor del Padre, expresándola con nuestra actitud de desobediencia a la voluntad de Él. Es decir, una ruptura con Dios, con el cual rechazamos a Aquel de quien salimos y nos mantiene vivos, por lo que el pecado es un acto suicida.

Independientemente de nuestro actuar cristiano en los momentos que vivimos, debemos programarnos para que durante el período de cuaresma y ante la figura y bajo la mirada del Crucificado, meditemos sobre el amor de Dios que se concreta y revela plenamente en la misión redentora de Jesucristo y en el mismo Jesucristo, pues en Él aparece el amor salvador de Dios como la esencia íntima de Dios. Amor que da y derrama, con el cual Dios ama al que ama a su Hijo, y por amor a su Hijo se nos comunica dándonos la oportunidad de entrar en comunicación con Él y con los demás, y que por ese amor solícito, que se comunica y perdona, manifestado plenamente en Jesucristo, nos hace comprender que Él es nuestro Padre, que por amor envió a su Hijo, unigénito al mundo para la expiación de nuestros pecados. Acción salvífica que no únicamente se propone nuestra reconciliación con Dios, sino que también nuestra entrada en comunión de vida con el Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pero para poder vivir en la intimidad de la Santísima Trinidad, primeramente debemos erradicar el pecado de nuestra existencia por el arrepentimiento, pues con el arrepentimiento iniciamos el proceso de conversión que consiste no únicamente en un cambio de convicciones, sino también de actitudes, aceptando la voluntad de Dios que es el cumplimiento de los diez mandamientos divinos, pues en ellos se enuncian las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Pero tengamos presente que la conversión no es un hecho aislado, sino un proceso constante bajo el influjo de la palabra de dios, siendo el medio por el cual la Iglesia nos invita a la salvación.

Preparémonos para que en este próximo período cuaresmal no sea uno más en nuestro vivir eclesial, sino que sea un período de preparación a la Pascua del Señor, al Misterio de la Resurrección, el triunfo de la Vida, donde la Iglesia nos pide una conversión del corazón que es la penitencia orientada a un continuo caminar hacia lo mejor, o sea, un esfuerzo concreto y cotidiano, sostenido por la gracia de Dios para que nos elevemos continuamente a donde está Jesucristo. Por lo que la penitencia significaría nuestra conversión que pasa de nuestros corazones a las obras y por consiguiente a nuestra vida eterna.

Es importante que exista un período de arrepentimiento en este tiempo de cuaresma, para que así, permitamos al Espíritu Santo actúe en nosotros concediéndonos el reino de Dios de doble dimensión, la de la filiación divina y de la liberación del pecado que se accede por la fe, mediante la conversión que transformaría nuestras relaciones humanas en función a que sería el disfrute del amor del Padre dado por Jesucristo, que nos guiaría a amar al prójimo, esencia del Reino pues sería el amor de la comunidad de todos entre sí y con Dios.

 
 

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