El traidor y el
Crucificado
Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo
Introducción a la Cuaresma II
Por lo general cuando nos queremos prepararnos para
supuestamente “practicar” nuestra piedad durante el período cuaresmal y
así quedar en acorde con lo que la Iglesia nos pide que nos arrepintamos,
normalmente no hacemos un verdadero examen de conciencia, sino con el
querer mortificarnos se piensa que acompañamos al dolor de Jesucristo en
su pasión por la salvación de nosotros. Pero todavía aún con ese deseo de
mortificarnos optamos por acciones dolorosas inútiles que empequeñecen
nuestro espíritu dado a un vulgar romanticismo piadoso.
Pero si tratáramos de dejar ese romanticismo piados
veríamos en el rostro del Crucificado múltiples expresiones de dolor por
nuestras violaciones a la dignidad del prójimo, por la brecha creciente
entre ricos y pobre, no porque unos sean ricos y otros pobres, sino porque
no existe entre ellos un espíritu de solidaridad ni de subsidiaridad;
dolor por la crisis que vive la familia enfrentada al divorcio, al aborto,
a los anticonceptivos y al abuso de la sexualidad, y todo esto por nuestro
comportamiento basado en el dinero, el consumismo y en el placer sin
límites.
En este tiempo de cuaresma fijémonos y profundicemos
más en el rostro del Crucificado para darnos cuenta del dolor que le
produce el resultado de nuestros pecados, pues veremos en su rostro el de
niños y jóvenes con sus posibilidades truncadas, desorientados por no
encontrar un lugar en la sociedad; rostros de indígenas y campesinos
viviendo marginados en situaciones infrahumanas, privados de tierra,
sometidos a criterios de comercialización que los explota; rostros de
obreros y empleados mal retribuidos o despedidos de su trabajo o rostros
de hacinados urbanos con carencias materiales frente a la ostentación de
otros.
Pero nosotros nos mortificamos creyendo seguir la
Pasión de Jesucristo en el Vía Cruces y desando que vea “mí” rostro, “mí”
problema, “mis” necesidades, para que pueda yo ser feliz y poder alabarlo
ante los demás demostrando que Dios es misericordioso y que ha hecho
maravillas en “mí”.
Desgraciadamente vivimos en una época provocada por
nosotros, en que lo único válido es lo útil. Epoca de individualismo
vital, de una sociedad que se gobierna a golpe de sondeos, según lo que
pide la mayoría. Vivimos en una civilización de la hipótesis y del imperio
de lo efímero con desenfoque sobre la verdad, donde como cristianos
adoptamos para nuestras creencias lo mejor de cada religión o la
tolerancia mal entendida, puesto que creemos que toda opinión es
igualmente válida.
Tengamos presente como cristianos que ante la oscuridad
del pecado, de la imposibilidad de salvarnos por nosotros mismos, de
evitar lo que sucede en nuestra sociedad como lo explicaba en el punto
anterior, en este período cuaresmal, debemos pensar sobre qué rostro le
mostraremos al Crucificado. Pues sería terrible que a pesar de Sus dolores
por la flagelación, la corona de espinas, los clavos, de su humillación
por haber sido alzado en la cruz y desnudo, además del dolor que
correspondía a nosotros pecadores y que los tomó Él, quien no tenía
pecado, en fin, agotado, sucio, deshidratado, ensangrentado y desnudo,
viera que cada uno de nosotros el rostro de un traidor. ¡ Que terrible
sería!.
Ante esa posibilidad de ser traidores por nuestro
actuar anticristiano, oremos frente al Crucificado para que seamos capaces
de aceptar la voluntad del Padre ante la oscuridad de nuestras
circunstancias, siendo fieles a la alianza de amor que se selló en la cruz
para siempre. Oremos para tratar de ver el rostro del Señor y que sólo lo
lograremos escuchando su palabra, recibiendo sus sacramentos y poniendo
nuestras manos serviciales en las heridas de nuestros hermanos, entonces,
será cuando realmente podamos ver y tocar el verdadero rostro del
crucificado, no como un traidor, sino como el ladrón arrepentido, ya que
por nuestra actuación hemos robado muchas veces la felicidad de nuestros
hermanos y la de nosotros mismos.
Pidamos en este período de cuaresma que el Espíritu
Santo actúe en nosotros para que tengamos el valor de cambiar, de unirnos
a Jesucristo, haciendo sincero examen de conciencia, sin olvidar que ella
no solo expresa nuestros juicios, sino que además nos castiga internamente
y más, cuando alevosamente faltamos a la confianza quebrantando la
fidelidad que debemos de tener, propia la de un traidor.
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