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Cambios, conversión

Jesús Alfonso Nieves Asúnsolo

Introducción a la Cuaresma IV

Estamos vivimos en nuestra sociedad por los aspectos políticos suscitados en ella un deseo de cambio tanto en lo social como en lo político, en lo colectivo como en lo individual, en lo ético como en lo moral. Mucho de ellos necesarios, pero no los logramos los cristianos porque solamente concebimos nuestro carácter de bautizados como un medio de salvación sin hacer conciencia de las responsabilidades por ser miembros de Cristo y que, incorporados a su Iglesia somos partícipes de su misión, por lo tanto, imposibilitamos la labor evangelizadora debido a la falta de maduración en la fe.

Esa maduración en la fe es obra del Espíritu Santo en colaboración con el hombre por el hecho de ser bautizados, es decir, por haber renacido por el agua y el Espíritu, no pudiendo entonces huir de todo compromiso para vivir una vida egoísta, sino que tenemos que ratificar nuestra decisión de hombres como cristianos, no como una simple aceptación mental de un conjunto de verdades, sino como respuesta al llamado divino mediante una entrega incondicional, confiada y total a Jesucristo.

Si de veras queremos cambios en nuestra sociedad, debemos pronunciarnos por unos principios morales que la deben regir, asentados debidamente en el Decálogo, cuyo origen es Dios. No buscando culpables, porque somos nosotros mismos por nuestros pecados de omisión propiciado por un ambiente de egoísmo y al no habernos comprometido con Jesucristo. Pero, no podemos hablar de cambios reduciendo a nuestra sociedad a una mejor organización, sino a un estado que engloba las dimensiones materiales, espirituales y religiosas, no limitado con fronteras de tiempo y espacio porque trasciende y es universal.

Algunos se preguntaran cuando hablo sobre el cambio el del porqué lo relaciono con Jesucristo y es que, el cambio que pedimos se inició o mejor dicho coincide con la presencia de Cristo, quien no únicamente es el mensajero definitivo de un Reino de Dios, un reino de paz, sino que es Él quien nos ofrece el mensaje definitivo pues vino a darle el sentido al Decálogo. En Él se identifican el reino y su mensaje. Jesucristo vino a abrir tiempos nuevos en que Dios se hace presente y reconcilia a la humanidad, mostrándose Dios como es, y el cambio que nos pide Dios es un acontecimiento salvífico, iniciado en la encarnación de Jesucristo, proclamado por Jesucristo y que llega con la muerte y resurrección de Jesucristo, quien tenía una misión conferida por el padre con un doble fin: rescatar a los hombres y conferirles su adopción.

En nuestro deseo de cambio comencemos diciendo como Jesucristo al comienzo de su misión con un mensaje que sacude y despierta: “Convertíos...”, es decir, cambiemos de vida dirigiéndonos a la sociedad entera sin miedo ni vergüenza, erradicando esa idea banal de Dios que permite al hombre despreocuparse cómodamente de sus responsabilidades, que vive sin temor a una justicia divina que amenace su futuro, a ese hombre que camina aceleradamente hacia una filosofía en donde todo se vale, donde no hay respeto, donde nada vale a excepto del ser y del tener, del ser alguien y tener mucho, donde vale más la ley del más fuerte. Tratemos que en nuestra sociedad no vivan hombres con vidas vacías, sino que los orientemos e incitemos a que existe un destino sobrehumano con nuevos horizontes de felicidad.

Que en esta época de cuaresma ante el Crucificado tomemos un gran desafío, el de buscar el desarrollo integral del hombre y de la sociedad, como una exigencia de Dios y, la forma en que podemos lograrla es presentando a Jesucristo resucitado, única alternativa que debemos presentar, pues es el polo y agente profundo de desarrollo integral del hombre mediante su Espíritu, debido a que de Él vienen todas las cosas y para Él existimos, entonces, presentándolo así, podremos gestar una nueva sociedad donde se honre y glorifique a Dios en corazones donde se asiente la justicia y la búsqueda de la perfección donde habita Dios anónimamente.

Meditemos para que con nuestras reflexiones nos lancemos a presentar a Jesucristo resucitado, pero también, para que sepamos conocernos y reconozcamos nuestras debilidades y así determinar nuestras habilidades y limitaciones como persona singular para partir de una forma objetiva en la construcción del porvenir moral de nuestra sociedad.

Quiero terminar este artículo recordando lo que Pablo VI nos dijo: “Los laicos deben asumir como su tarea propia la renovación del orden temporal; si la función de la jerarquía es enseñar e interpretar auténticamente los principios morales a seguir en ese campo, pertenece a ellos mediante sus iniciativas y sin esperar pasivamente consignas y directrices penetrar del espíritu cristiano la mentalidad y costumbres, las leyes y las estructuras de su comunidad de vida” (Populorum Progressio, No.81).

 
 

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