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El factor conciencia

Luferni

La mala conciencia es un virus peor que el Mydoom porque deja que el usuario llene su disco duro y luego inutiliza todo lo guardado.

Es una voz que puede desoírse.

O puede contradecirse. Como es tenaz, puede intentarse amordazarla. Pero nadie logra extinguirla, aunque muchas veces quede cauterizada y deformada.

La conciencia puede no ser recta; pero siempre es exigente. Puede estar a oscuras o en penumbra o plenamente iluminada. Puede ser escrupulosa o timorata o laxa y permisiva; pero no perdona el malestar de no seguirla.

La incongruencia es siempre la antesala del remordimiento. Contradecir la conciencia va llevando a un auto engaño: consiste en la racionalización que pretende justificar. El que no vive como piensa acaba pensando como vive. Tiende entonces la conducta desordenada a tomar el lugar de la ley.

La mala conciencia es actualmente la savia que nutre eso que llaman noticia. Es un espectro estremecedor que se nutre de escándalo y calamidad.

Las reacciones del receptor son variadas. Desde los que encuentran en las fallas de otros la justificación a las propias -"todo mundo lo hace"- hasta quienes se vuelven adictos al manjar cotidiano de la corrupción ajena para sentirse impolutos.

Que alguien incurra en despilfarros descomunales, que cualquier funcionario se vea involucrado en fraudes o peculados, que haya contaminación en lavado de dinero, que se tuerza la vara de la justicia -no hacia la misericordia o la severidad sino hacia el rumbo de la conveniencia- manifiestan que el factor conciencia se halla debilitado, enfermo o maniatado.

La mala conciencia es un virus peor que el Mydoom porque deja que el usuario llene su disco duro y luego inutiliza todo lo guardado. Es como el tirador que escoge el arma más moderna y carga los mejores cartuchos; pero a la hora de disparar, no lo hace al blanco sino a un ave que pasa, sin pegarle.

La educación ha proporcionado las destrezas; pero le ha faltado integralidad porque el factor conciencia queda tan devaluado que los títulos más impresionantes y los logros académicos más envidiados se malogran -hasta la ruina- por una ética ausente o distorsionada.

Antes se decía frente al poder: “Al rey la hacienda y la vida se han de dar; pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios”...

 
 

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