Asumir el misterio
Walter Turnbull
A raíz de la celebración de la Jornada Mundial del
Enfermo, los discursos papales han rememorado sus sabios conceptos sobre
la enfermedad y el sufrimiento.
La enfermedad y el dolor puedan parecer
incomprensibles o absurdos con un criterio meramente humano...
...el sufrimiento pertenece a la vicisitud histórica
del hombre, que tiene que aprender a aceptarlo y superarlo.
...la existencia humana es siempre un don de Dios,
que nunca le abandona incluso cuando está marcada por padecimientos
físicos de todo tipo...
...su propia situación (del que sufre) le asocia de
una manera muy directa a Cristo. Cristo sufre con nosotros, dándonos la
posibilidad de compartir con Él nuestros sufrimientos. Unido al de Cristo,
el sufrimiento humano se convierte en medio de salvación...a la luz del
Evangelio adquieren una gran riqueza salvífica y existencial.
A la luz de la fe, la muerte del cuerpo, vencida por
la de Cristo, se convierte en transición obligada hacia la plenitud de la
vida inmortal.
El dolor, acogido con fe... ya no quita la paz y la
felicidad, pues está iluminado por el fulgor de la resurrección.
Es importante la presencia de quienes sufren en la
comunidad cristiana, (y debemos) valorar su preciosa aportación...
María es la madre cariñosa que sale al paso de las
expectativas de sus hijos, obteniendo para ellos la salud del alma y del
cuerpo...
La enfermedad y la muerte, si bien siguen presentes
en la existencia humana, pierden sin embargo su sentido negativo.
Sin embargo, ninguno de estos argumentos le da a la
razón humana una respuesta convincente a la pregunta: ¿Porqué el dolor?
Con un criterio meramente humano -como dice Juan Pablo II- la enfermedad y
el sufrimiento, e incluso la misma vida, pueden parecer absurdos e
incomprensibles. Independientemente de su valor salvífico, la razón de la
existencia de estas realidades se sigue escondiendo en el misterio.
Siempre en el fondo persiste lo inexplicable.
Para entender y vivir la vida, tenemos que asumir el
misterio. Doblegar el orgullo, someter la inteligencia, aceptar la
revelación. Aplicar la razón para dar el salto en el vacío con los ojos
vendados. Desechar la autosuficiencia y ponerse en las manos del
absolutamente otro. Sólo la fe puede dar sentido a los absurdos de la
existencia. Esto es así porque Dios nos ama.
Y lo curioso, lo maravilloso, es que, una vez asumido
el misterio, todo lo demás encaja perfectamente. Aceptando el misterio del
amor de Dios y la redención del hombre, todas las incógnitas, todas las
nublazones, parecen despejarse. Abrirse al misterio es un pequeño salto
para la razón, pero un infinito paso para la humanidad.
Sin ese salto, sin esa entrega, sin esa fe, por más que
los hombres se esfuercen por entender y por resolver los problemas de la
existencia, la vida seguirá siendo inexplicable, absurda y triste.
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