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Hay leyenda negra para rato

Jaime Septién

El Código da Vinci: ¿Por qué es un éxito? Porque le da a la gente un pretexto más para atacar a la Iglesia católica.

No voy a leer el libro que se llama El Código da Vinci. Y no solamente porque presenta a mi santa madre, la Iglesia católica, como una monstruosa impostura, y al movimiento religioso fundado por San José María Escrivá de Balaguer, el Opus Dei, como una organización criminal; no sólo porque el «best seller» del escritor americano (teoría por comprobar) Dan Brown sea un pasquín esotérico lleno de errores históricos y se haya convertido ya en un fenómeno de masas, con más de 30 millones de ejemplares vendidos... No la voy a leer (ni voy a ir a ver la futura película) porque es una estupidez, una pérdida de tiempo y porque en la novela, en la que se descifra una presunta simbología secreta en la pintura de Leonardo da Vinci, se mantiene que la doctrina fundamental de la Iglesia es una estafa, que Jesucristo no es Dios y que el Opus Dei es una secta destructiva dispuesta al asesinato. Y eso yo, como católico, ni lo permito, ni lo entiendo, ni estoy dispuesto a soportarlo.

¿Por qué es un éxito? Porque le da a la gente un pretexto más para atacar a la Iglesia católica. Y nada le gusta más a buena parte de la humanidad de hoy, incluyendo a muchos que se dicen católicos, que tener «argumentos», por más disparatados que sean, para ejercer el dudoso artificio del chismorreo. Este es el resumen de El Código da Vinci:

El argumento comienza con el asesinato de un conservador del museo de Louvre. Antes de morir, consigue dejar una serie de pistas extrañas. Su nieta Sophie y un investigador americano descubren que el asesinado (su abuelo) trataba de dejar un mensaje, no sobre su asesino, sino acerca de un gran secreto. El abuelo formaba parte de una sociedad secreta llamada «El Priorato de Sión», que durante muchos años se encargó de custodiar este secreto, cuya revelación supondría una amenaza para la base conceptual de la humanidad. Este secreto, que la Iglesia católica llevaría siglos esforzándose por ocultar, es que Jesús estuvo casado con María Magdalena, y que ella estaba embarazada cuando Él fue crucificado. Los descendientes de aquella hija —porque fue niña— aún sobreviven y se mantienen protegidos por el «Priorato», que son los guardianes de la verdadera fe en Jesús y María Magdalena, basada en la teoría del «sagrado femenino». La novela es una trepidante carrera para encontrar el Grial, entendiendo por «Grial» los restos de María Magdalena. (Tomado del artículo de Mar Velasco, en La Razón de España).

Como se ve, hay de todo, como en botica: esoterismo, gnosticismo, asesinato, conspiración y monjes albinos (éste del Opus Dei, no importa que el Opus Dei no tenga monjes). He recibido, a Dios gracias, varios correos en los que investigadores y periodistas católicos desenmascaran los «errorcitos» históricos del libro de marras. Tampoco los voy a repetir. Tan sólo déjeme decirle la más grave de todas las estupideces de este bodrio tan famoso: para Brown, Jesús no es Dios, sino que el emperador Constantino lo deificó en el Concilio de Nicea del año 325. Como señala el crítico Pablo J. Ginés, «un repaso a los evangelios canónicos, escritos casi 250 años antes del Concilio de Nicea, muestra unas cuarenta menciones a Jesús como Hijo de Dios».

De todo este barullo, muy propio de tipos sin cerebro, destaco tan sólo la provocación que sigue siendo Cristo, Dios y Hombre verdadero, para la conciencia aparentemente descristianizada del siglo XX1. Hay «leyenda negra» para mucho rato. Y mueve a sospecha que si ya la Iglesia «no dice nada a la sociedad de la Internet», se preocupen tanto por hacerla quedar en ridículo.

 
 

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