¡A desescombrar!
Javier Menéndez Ros
¡Estamos llamados a la vida! Y, quizás sin darnos
cuenta, nos hemos dejado enterrar por los escombros que oxidan nuestro
corazón privándolo de su savia.
El 2003 se ha querido despedir con una terrible
desgracia. De nuevo la naturaleza ha temblado, y en sus espasmos de muerte
ha dejado en tierras iraníes cerca de 50.000 muertos y aún mayor número de
heridos y damnificados. ¡ Qué frágil es el hombre en estas ocasiones! ¡De
qué poco nos vale aquí el dinero, el puesto de trabajo, la inteligencia o
la belleza!
Pero en medio del panorama desolador de tanta muerte y
de tanto sufrimiento, surge esperanzador un rayo de luz, que quizás las
noticias no nos han dejado saborearlo suficientemente: entre los escombros
han emergido asustados las cabezas de cuatro supervivientes que han podido
respirar ansiosos el aire que se les había negado. Primero fue en la
ciudad de Bam, cuando tras cuatro días de búsqueda, los equipos de rescate
encontraron vivos a un bebé de 10 meses y aun niño de 12 años. A éste
último le sorprendió el seísmo en la cocina de su casa, lo que le permitió
poder alimentarse durante los días en que estuvo atrapado entre las ruinas
de su casa. Y después, a los ocho días, nos anunciaron la sorprendente
buena noticia de que dos señoras habían aparecido con vida entre las
piedras, una de ellas es una anciana de 97 años, que además estaba en
razonables buenas condiciones.
El bebé que no llega al año de vida y la mujer que roza
los cien. Ambos extremos de las edades del hombre parece que quieren unir
sus ansias de vida y reclamar en las noticias que ellos también quieren
vivir. A muchos pequeños les negamos ahora el derecho más elemental de la
vida y cobardemente les empujamos a una muerte que no por ignorada deja de
ser terrible. A muchos ancianos los marginamos y no los quitamos de encima
de una manera u otra.
La vida que les queremos negar es la misma que pugna
embravecida por emerger a toda costa, por lanzarse al aire como el magma
vomitado por el volcán, es la misma vida que contra todo pronóstico médico
hace que el bebé nazca adornado con un diu a modo del actual “piercing”, o
la misma que hace que aquél enfermo en coma de repente vuelva a la vida, o
que el desahuciado inexplicablemente aparezca restablecido.
¡Estamos llamados a la vida! Y, quizás sin darnos
cuenta, nos hemos dejado enterrar por los escombros que oxidan nuestro
corazón privándolo de su savia. Nos hemos dejado enterrar por el dinero,
por el afán de comprar y gastar, por el ansia de subir, por el afán de
aparentar, por dósis excesivas de superficiliadad, por envidias
galopantes, por egoísmos salvajes, por avaricias sin fín que nuca nos
dejan satisfechos.
Todos tenemos una sed de eternidad que grita
desaforadamente. Algunos la ocultan bajo un nombre, otros la llaman de
forma diferente, pero la prueba es que no queda saciada hasta que no
bebemos de la única fuente que la calma.
Ahora que ha empezado un año nuevo sería un buen
momento de empezar a quitarnos de encima esa piedra que no me deja ser
generoso con mi tiempo o con mi dinero, ese ladrillo que me tapa la cara
de las injusticias que me rodean, esa arena que me aísla de mis hermanos,
ese barro que no me deja ver mi pecado, esos hierros que me impiden
alargar mi mano a un Dios que me tiende la suya.
Quizás yo sólo no pueda quitarme la piedra de encima.
No temas pedir ayuda. Seguro que tienes cerca a una mujer, un marido, un
padre, una madre, un hermano, un amigo, un sacerdote, alguien que te puede
ayudar. Empezarás a ver la luz cuando de tu boca reseca surja el primer
“socorro” que te has callado durante tanto tiempo. ¡¡Grita, estás vivo!!
¡Es tiempo de desescombrar!
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