Ella y él ... la
división del trabajo
Ella y él buscan trabajo: él lo conseguirá antes...
Ella y él tienen la misma formación: el puesto de él es superior... Ella
alcanza el mismo puesto, pero él ganará más... Ella y él tienen hijos,
pero sólo él conocerá la promoción.
A menudo se denuncian en el mundo del trabajo
discriminaciones que son difíciles de probar. Bajo la aparente necesidad
de una “buena presencia” o ciertos requisitos físicos, se esconden
preferencias empresariales no siempre justificables. El empresario,
especialmente en las pequeñas y medianas empresas, cuenta con un amplio
margen de actuación a la hora de decidir el sexo, la apariencia, la raza y
otras características de los trabajadores que quiere contratar, sin que
estos elementos influyan de modo alguno en el desarrollo eficaz del
trabajo.
Sin embargo, existen otras diferencias de trato que son
más fáciles de comprobar porque basta con mirar las estadísticas de
empleo. Una de ellas es la que da lugar a lo que los expertos llaman
“segregación ocupacional”, es decir, la división de hombres y mujeres en
dos mundos laborales distintos y, como consecuencia, la concentración de
mujeres en ciertos sectores y ocupaciones.
En la mayoría de los países, las mujeres acaparan los
sectores financiero e inmobiliario, la Administración Pública, la
educación, la sanidad y las actividades asistenciales; y están
prácticamente ausentes en grupos ocupacionales como el del personal
directivo de órganos de la Administración Pública, directores y gerentes
de empresas, y en los sectores agrícola, ganadero, y minero, preparación y
tratamiento de materiales, fabricación de productos, montaje y manejo de
maquinaria e instalaciones, construcción y transportes.
Desde las civilizaciones más primitivas, el hombre ha
realizado las funciones que requerían más fuerza física (trabajo agrícola,
caza, elaboración de herramientas, etc.), y la mujer se dedicó a otro tipo
de tareas, especialmente las de cuidado y asistencia, no sólo de sus
hijos, sino de una familia más extensa: la comunidad en que se hallaba
inserta.
Cuando se dio la revolución industrial, la necesidad de
aumentar la fuerza de trabajo dedicada a la industria, así como un tipo de
vida urbano que requería mayores ingresos para la subsistencia, llevaron a
la mujer a desarrollar su trabajo fuera del hogar. En aquel entonces, las
condiciones laborales no distinguían entre hombres y mujeres, y hubo que
cambiar muchos esquemas de trabajo que perjudicaban especialmente a éstas.
Hoy en día nadie duda que hombres y mujeres son
distintos, y que desarrollan su trabajo de modo diverso. Pero la
diversidad no contiene en sí misma un parangón: nadie es mejor ni peor,
simplemente distintos. Hombres y mujeres son distintos físicamente, y por
tanto, toda concentración de uno u otro sexo en un sector que esté
relacionado con la fuerza física estaría justificado. Pocas personas
saldrían a la arena pública reclamando un mayor número de mujeres entre
los conductores de camiones, los mineros, pescadores o agricultores,
simplemente porque son muy pocas las que optarían por este tipo de
trabajos.
Sin embargo, tareas que podrían ser igualmente
realizadas por hombres y mujeres, que hoy reciben la misma educación,
están convirtiéndose en “ocupaciones femeninas”, y suelen ser categorías
medias e inferiores de la empresa. Se crea entonces un círculo vicioso,
pues esas ocupaciones acaban disuadiendo la entrada de varones y
propiciando la contratación de mujeres. Así sucede, por ejemplo, en
puestos como el de auxiliar administrativo. ¿Quién conoce un solo
“secretario”?
Esta nueva división del trabajo ha sido objeto de
estudio por algunos economistas y sociólogos. Algunas de las razones
vienen del lado de la demanda: el empresario tiene preferencias y
estereotipos sobre el sexo de sus empleados, y suele asignar a la mujer un
mismo tipo de ocupación, injustificadamente. Pero del lado de la oferta
también influyen las necesidades y preferencias de la mujer, que suele
valorar mucho más que el hombre otros aspectos de su vida, sobre todo, su
papel en la familia. Al no encontrar un entorno que facilite sus deseos de
ser madre, o de ejercer como tal, mujeres que podrían realizar trabajos
más cualificados renuncian a ellos, buscando sectores o puestos con mayor
flexibilidad de horarios o donde las interrupciones temporales de la
actividad laboral debidas a su condición de madre, ocasionan menos
perjuicios.
Y esa diferencia femenina que es la maternidad, no sólo
influye en el cargo que se le asigna: también en las posibilidades de
promoción, puesto que una experiencia humana tan formidable se descuenta
del cálculo de la experiencia profesional, como si no aportase nada a esa
persona. Y por último, reduce las oportunidades formativas que se ofrecen
en la empresa, puesto que el empresario tiende a formar a los empleados de
cuya permanencia y rentabilidad está más seguro, excluyendo
automáticamente a la mujer, o relegándola a puestos menos necesitados de
formación.
Así pues, hombres y mujeres viven de modo distinto su
paternidad. Las implicaciones laborales que tiene para la mujer el
embarazo, nacimiento y lactancia del niño, y su posterior cuidado, acaban
forzándola a reducir el número de hijos que desea tener o a entrar en la
dinámica segregacional antes descrita.
Los expertos no acaban de encontrar la causa de esta
división laboral. Apuntan que en las sociedades modernas, con pocos hijos
y crecientes infraestructuras para criarlos, en principio la familia no
debería ser motivo de que la mujer tenga que elegir ocupaciones más
compatibles con su función de madre. Mi opinión personal es que sí sucede
así. Por mucha infraestructura que exista para el cuidado de los niños, la
función paterna, y especialmente la materna, es insustituible. Y la
crianza exige no sólo “calidad” de tiempo (como muchos padres arguyen, a
veces llevados por un cierto sentimiento de culpa), sino también
“cantidad”. Algo que no encaja bien en un sistema laboral de dedicación
intensiva.
En definitiva, la caída de la natalidad no sería más
que una consecuencia de ese difícil encaje de la mujer en el mundo del
trabajo. También la segregación ocupacional manifiesta ese problema de
tantas mujeres que aspiran a una vida personal equilibrada... ¿necesitan
aún más datos quienes toman decisiones en el mundo de la política y la
empresa, para responder a este problema? ¿Cómo dar a la maternidad el
valor que le corresponde, sin que sea “un peligro” que causa
discriminación?
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