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Un cadáver flotando en el mar

Javier Arnal

Nos acostumbramos a casi todo. Para no acostumbrarnos a ciertas cosas, conviene destacarlas y reflexionar, al menos unos segundos.

He visto en un periódico la fotografía del cadáver de un inmigrante cerca de las costas de Fuerteventura (Islas Canarias), y es el cuarto que aparece en pocos días. Otros cadáveres de los desaparecidos de una patera ni siquiera aparecerán flotando y ni siquiera ocuparán un espacio en los medios de comunicación.

Cuando miles de personas se ven abocadas a correr estos riesgos para lograr una dignidad que no tienen en sus países de origen, no basta con miradas de lástima. Son gente joven o mediana edad, generalmente. Están desesperados, ellos y sus familias, y vienen a los países desarrollados por un “canto de sirena” que les encanta, o simplemente desesperados por no tener otra solución para poder vivir. Como está en juego su supervivencia o la de sus familias, se desesperaran, inician aventuras marinas sin medios adecuados o se echan en brazos de redes mafiosas de auténtico tráfico de inmigrantes.

Mientras tanto, en España se acaba de dar el dato de que, en 10 años, habrá en nuestro país 11 millones de inmigrantes (ahora, 2 millones), y todos coincidimos en que es una cifra posible y asumible, pero que exige un plan muy bien trabajado de incorporación e integración. Por otro lado, el Foro Social Mundial de Bombay ha concluido con una manifestación en la que se pide “globalizar la paz”.

Una de las claves sociales de estos próximos años, y de nuestro presente, es globalizar la solidaridad para lograr la paz. Si no hacemos un esfuerzo mayor, pueden estallar conflictos que ahora ni siquiera entrevemos. Ahora lo estamos pagando en forma de mafias que vienen y salen de nuestro país tras perpetrar todo tipo de delitos contra la propiedad: la miseria de algunos países es un perfecto vivero para delincuentes, y las mafias saben dónde reclutar.

Hace unas semanas, en Brasil, unos centenares de indígenas, armados con arcos y flechas, pintados como en las películas del Oeste, se hicieron con unas pocas haciendas, de las que se aprovechaban unos colonos. Parecía una noticia de hace más de un siglo. En unos años, si no hacemos un esfuerzo proporcional, la venganza o el resentimiento puede estallar con violencia en nuestras ciudades, o simplemente con su voto decantar el gobierno local e incluso nacional. Sabrán reconocer realidades, o pasarán factura ante políticas de inmigración de mero barniz o sensiblería barata. Al tiempo.

 
 

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