Hombre y mujer: dos
modos de trabajar
¿De qué maneras distintas dirigen, se comunican y
negocian hombres y mujeres? ¿siguen la misma estrategia para lograr un
ascenso? Conocer esas diferencias y comprender el comportamiento del otro,
asegura un ambiente de trabajo equilibrado.
En el pasado, la cultura organizativa de las empresas
en que dominaba la presencia masculina, tendía a crear ambientes de feroz
competencia, falta de comunicación, actitudes individualistas y una enorme
burocracia. Hoy, podemos imaginar un ambiente de trabajo distinto. Sólo se
necesita conocer las habilidades de hombres y mujeres en relación con el
trabajo y conciliarlas del modo más adecuado.
Ya desde la infancia, la dinámica de acción de ambos
sexos es muy diversa. Hace más de 20 años se realizaron estudios sobre
grupos de niños y niñas en sus juegos (1). Son los adultos de hoy, que
trabajan y dirigen empresas. Durante su infancia, los niños jugaban en
grupos grandes y heterogéneos, y las niñas en grupos pequeños, de entre
dos y cuatro, construyendo relaciones de especial amistad y desarrollando
su sensibilidad. Pero también diferían en los juegos elegidos: los de los
niños eran más competitivos, requerían mayor grado de habilidad, y
provocaban continuas disputas que se lograban resolver con agilidad. Las
niñas, en cambio, preferían juegos más sociales, en los que el éxito de
una no depende de los errores de las demás, y se mostraban más dispuestas
a interrumpir su juego en caso de disputas, antes que arriesgar la
relación de amistad o sentirse heridas.
En el ámbito deportivo, sucede algo semejante. Llama la
atención el caso del primer equipo femenino de la carrera de yates de la
Copa Americana (2). En su primera regata, disputándose con un equipo de
hombres el primer puesto, perdieron. Dado que el nivel de preparación del
equipo era excelente, se dispusieron a analizar las causas, identificando
como motivo principal el hecho de que, cuando debían tomar una decisión en
un momento crítico, optaron por el enfoque en equipo y la discusión
conjunta. Por el contrario, el equipo vencedor ejecutó la orden del que se
había erigido en líder. Éste contaba con ciertos conocimientos pero, sobre
todo, con la capacidad de asumir el mando y los riesgos que su decisión
implicaba. Son obvias las ventajas del trabajo en equipo por el que
optaron las mujeres, pero hay ciertas situaciones en el mundo de la
empresa que requieren un liderazgo: el que tiene la mayor información,
pero también cierta seguridad en sí mismo, toma la decisión.
Describimos estas diferencias porque, tanto las pautas
de comportamiento de los niños en el juego como las de los deportistas en
sus competiciones, se reproducen en el mundo del trabajo. Los hombres han
aprendido la competencia saludable, la independencia, la organización de
un grupo homogéneo. Han definido la estrategia del mejor, respetando la
jerarquía.
En un estudio de 1990, se preguntó a 500 directivos de
empresa, hombres y mujeres, que describieran las características de un
directivo de éxito. La mayoría habló de competitividad, habilidad para el
liderazgo, confianza en sí mismo, objetividad y deseo de adquirir
responsabilidades. Cualidades que los empleados aplicaron a sus directivos
masculinos y sólo a una de cada tres mujeres directivas. De ellas se
destacaba, sobre todo, su carácter comprensivo, su inteligencia, su
sensibilidad y simpatía con los demás, cualidades que declaraban echar de
menos en sus jefes.
Los diferentes modos de trabajar se manifiestan en
otros aspectos: en una reunión, la mujer escucha y da la palabra a quien
tiene más dificultades para hacerse oír; sus reuniones son más largas y
tratan muchos temas a la vez. Además, ante una crítica relacionada con su
trabajo, ella tiende a sentirse personalmente reprobada. En el trato con
los compañeros, suele tomar en consideración los sentimientos de los demás
y percibe al momento sus estado de ánimo. En las negociaciones es más
reticente a tomar decisiones hasta considerar que cuenta con toda la
información necesaria para ello. Y en una entrevista de trabajo, mientras
el hombre presenta mayor confianza en sí mismo y “se vende” mejor al
empleador, ella resta importancia a su papel y enfatiza el trabajo de “su
equipo”.
Por su parte, a los hombres no les gusta pedir ayuda,
sino que buscan conquistar la situación por sí mismos, como si de un reto
se tratara. En su trato con las personas, se centran más en la tarea a
realizar que en la construcción de una relación de confianza y
reciprocidad; así, acudirían sin problemas a solicitar un favor de un
viejo compañero al que no han visto en años con tal de conseguir un
objetivo, mientras que una mujer se sentirá incómoda de pedir un favor a
alguien con quien no haya construido una relación personal de confianza.
Del mismo modo, sacan provecho de cualquier oportunidad para crear redes
de contactos, a pesar de que ello les implique dedicar tiempo de su vida
personal. Mientras la mujer opta por trabajar más duro y no moverse de su
escritorio para obtener el reconocimiento del jefe, el hombre es capaz de
trabajar con mayor eficacia, aprovechando sus momentos fuera de la
oficina, cualquier cita u oportunidad social que le permita interactuar
con sus superiores u otros que puedan dar el impulso necesario a su
carrera.
Pero el mundo de la empresa es un mundo complejo, y
ninguno de los dos modelos de trabajo puede proporcionar una organización
equilibrada sin el complemento del otro. Pero no sólo es necesario lograr
un equilibrio entre las habilidades masculinas y femeninas en el seno de
la organización; también es preciso que ese equilibrio se dé en cada
hombre y cada mujer pues, como personas, se enriquecen mutuamente. Las
mujeres humanizarán y matizarán con su sensibilidad la tendencia
competitiva de ellos, y los hombres reafirmarán a sus compañeras en su
trabajo animándolas a tomar decisiones, a confiar en sí mismas y a
trabajar inteligentemente y con flexibilidad.
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