Reflexiones sobre la
vida cotidiana
Gerardo González
Hoy preocupa más la información que el conocimiento y
se corre el riesgo de confundir fecundidad con eficacia.
En los últimos días he asistido a dos juicios, uno en
calidad de perito y el otro en calidad de testigo.
También en esta última semana una compañera que hace
sustituciones médicas, me comentaba que prefiere los días que cubre
urgencias a aquellos en los que trabaja como médico de familia, ya que en
este tipo de trabajo, cada cinco minutos tiene que atender a un paciente.
En la vista que actué como perito, el abogado de una de
las partes, en relación con mis valoraciones, se quejó a su señoría,
alegando que si todos actuaban como yo -se refería a la duración de mi
intervención- la vista podría durar más de una semana. Tuve que recordarle
que estaba allí para ayudar a esclarecer la verdad, verdad que su señoría
necesitaba para ejercer la justicia y que tanto la verdad, como la
justicia, a mi entender valían más de una semana.
En el juicio en el que he actuado como testigo, su
señoría, en dos ocasiones, recomendó a dos de los letrados, que procuraran
ser más breves en la exposición de sus conclusiones, ya que aún quedaban
varios juicios pendientes.
Salud y justicia son valores que toda persona está
dispuesta a defender, por los que cualquiera de nosotros rompería una y
mil lanzas; pero la realidad cotidiana nos demuestra todo lo contrario,
que el tiempo vale más que la persona. El hombre ha dejado de ser señor de
su tiempo. Es en muchos casos siervo del tiempo, incluso esclavo del
mismo.
¿Qué cosas valen hoy más que la persona?. Parece ser
que la productividad, la eficacia, la “cuenta de resultados”, el voto, la
“modernidad”, lo “progresista”, etc.
Creo que detrás de todo ello se encuentra la pérdida de
la pasión por la verdad, esa necesidad que tiene el hombre de ponerse en
claro con lo que las cosas son y sobre todo consigo mismo, según dijo
Julián Marías.
Si no hay pasión por la verdad no hay auténtica
innovación.
Hoy preocupa más la información que el conocimiento y
se corre el riesgo de confundir fecundidad con eficacia.
Todos estos signos no son ajenos al olvido de la
persona, de su singularidad radical, de su irrepetibilidad, de su dignidad
plena. La persona, desposeída de su condición de quien, pasa a quedar
reducida a la condición de cosa, lo que nunca podrá ser. Pero no parece
importar mucho que esto esté ocurriendo.
Se hace necesaria una reacción fuerte, seria,
comprometida, que sea capaz de recuperar una Antropología que permita, o
al menos lo intente, volver a preguntarse seriamente por el tema del
hombre, reconquistado para las nuevas generaciones, un humanismo que siga
fecundando la intensidad del vivir.
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