Entre Nemo y yo, hay
una diferencia
Cada mujer, en el “aquí y ahora”, es quien decide en
el ejercicio de su libertad, conquistar al ideal al que naturalmente
tiende: el amor. La puerta del corazón se abre desde dentro, y hacerlo en
cada momento es decisión personal.
Esta Navidad se estrenó con éxito la tercera película
del grupo Pixar “Buscando a Nemo”. Una entretenida y bien tejida historia
donde los protagonistas son animales totalmente humanizados. Nada nuevo si
recordamos antiguas caricaturas como Mickey, Donald, Bambi o Dumbo, que
han pasado ya a la historia de los personajes clásicos. Sin embargo esta
humanización me recordó el final de la película “La era del hielo”,
también del mismo grupo, en la escena final, cuando se acercan los
protagonistas a los humanos, y se dice: “No te molestes en hablarles, los
humanos no conocen el lenguaje”. A buen entendedor... no hacen falta
muchas palabras. Últimamente hay muchos mensajes que abogan por igualar a
los hombres con los animales, unos más inocentes que otros, pero todos
apoyan la misma idea: el hombre es sólo un animal más. O bien, los
animales son superiores al hombre. Se lee la prensa y es habitual
encontrar expresiones como: “Respeto por los derechos de los animales”,
“La liberación de los animales”, “A Copito de nieve se le aplicó la
eutanasia como un acto de compasión”, “El lenguaje de los animales, la
inteligencia animal...”
Soy una gran admiradora de la naturaleza en todas sus
manifestaciones, seres animados e inanimados. Leo con avidez las últimas
investigaciones sobre el cosmos y me fascina conocer y observar todo lo
que sucede en este planeta increíble que se llama Tierra. Pero entre un
animal y el ser humano hay una ligera diferencia.
En principio el hombre es un animal pero es un animal
raro, de una especie única. Por un lado tenemos características de los
animales: un cuerpo, órganos sensibles, crecemos nos nutrimos, nos
movemos; hay rastros en nosotros de tendencias instintivas (aunque no son
determinantes como sucede en el resto del mundo animal- instinto de
conservación, instintos de lucha, el instinto sexual). Pero es un animal
extraño porque, desde el punto de vista biológico, el hombre no tiene
ninguna posibilidad de sobrevivir: vista débil, carece de garras para
defenderse, el tiempo de crecimiento de la cría es muy largo y mientras
permanece indefensa, apenas tiene olfato, fuerza insignificante; no puede
correr velozmente ni nadar con agilidad, no vuela y por añadidura, está
desnudo y muere mucho más fácilmente que la mayoría de los animales de
frío, calor y accidentes parejos. Hace tiempo debiera haberse extinguido,
como otras especies animales mal dotadas que no pudieron resistir las
duras exigencias de la naturaleza. Biológicamente, el hombre no tendría
derecho a la existencia.
Y, sin embargo, no sólo, no ha sucedido así, sino que
el hombre es el dueño de la naturaleza, la humanidad ocupa todo el globo,
y es él quien incluso puede hacer que se extingan otras especies animales.
Ha cambiado la superficie de la Tierra. Basta contemplarla desde un avión
o desde una montaña para ver su huella. No cabe hablar de extinción de la
raza humana. Lo que se teme más bien es que se multiplique con exceso.
¿Cuál es el secreto de este raro animal? Rápidamente
todos diríamos: la inteligencia. Pero la inteligencia no basta. Hay algo
más. El ser humano posee la cualidad única de vivir un plano al que no
tiene acceso ningún animal, por avanzado que sea en la escala zoológica;
el hombre, haciendo uso de su inteligencia, puede conocer y elegir el bien
o el mal, es capaz de amar. El ser humano es un ser ético, y no puede
sustraerse de esta realidad. La inclinación a elegir el bien y evitar el
mal nace con él. Esta realidad le convierte en un ser distinto
cualitativamente. Contradiciendo lo que se afirmó en un inicio, el hombre
y la mujer son seres humanos, no son realmente animales nada más que en lo
biológico, pero reducir al hombre a este extremo es mutilarlo de su
grandeza.
Pico della Mirandola en su obra “Sobre la dignidad
humana” afirma que aquello que nos define como seres humanos no es algo
que ya poseemos en su totalidad, sino que es precisamente la capacidad de
hacerse a partir de lo que se me ha dado; la posibilidad de elegir ser
aquello que soy. No basta la inteligencia; es la libertad el aspecto
fundamental para definir lo propio de este ser.
Por ello el ser humano puede ser una obra de arte, pero
dependerá de él. El cachorro de león solo llegará a ser un león; el delfín
será un delfín pero el hombre... puede ser, un hombre o una mujer, buenos
o malos, grandes o pequeños; y ello no depende de las circunstancias
externas en las que se muevan su vidas, pobreza o riqueza, cultura o
ignorancia. Estos elementos condicionan pero no determinan la libertad
humana.
Bien afirmaba respecto a la mujer Gregorio Marañón, en
uno de los pasajes de su estudio sobre Amiel una idea que se hace
extensiva al varón también: “Amiel ignoraba que la mujer ideal no se
encuentra, en ese estado de perfección, casi nunca: porque, por lo común,
no es sólo obra del azar, sino, en gran parte, obra de la propia
creación... El ideal femenino, como todos los demás ideales, no se nos da
nunca hecho del todo; es preciso construirlo; con barro propicio, claro
está, pero lo esencial es construirlo con el amor y el sacrificio de todos
los días, exponiendo para ello, en un juego arriesgado, a cara o cruz, el
porvenir del propio corazón”.
Tomar conciencia de esta realidad llena la vida de
esperanza, porque rompe con los fatalismos de moda que nos hablan de
destinos prefijados por los astros, la nueva era, o las circunstancias.
Cada mujer, en el “aquí y ahora”, es quien decide en el ejercicio de su
libertad, conquistar al ideal al que naturalmente tiende: el amor.
Nadie puede obligar al corazón a entregarse. La puerta
del corazón se abre desde dentro, y hacerlo en cada momento es decisión
personal. Este es el secreto que ha hecho de la humanidad una especie
privilegiada, que puede leer en los acontecimientos naturales palabras
invisibles para otros seres, como bien, mal, entrega, sacrificio, libertad
y amor. La naturaleza se revela en su aspecto ético a quien puede elegir
el bien: el ser humano.
Por eso, lo siento, pequeño Nemo, pero fuera del mundo
mágico de las caricaturas, en el mundo de la realidad; no eres más que un
pez payaso, no sientes amor u odio, ni piensas, ni decides, porque solo el
hombre y la mujer, son seres humanos capaces de amar haciendo uso de su
libertad. Entre tú y yo, hay por tanto, una pequeña diferencia.
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