El próximo Papa
deber ser...
Borja González -Anta
La Iglesia Católica no es como el Atlétic de Bilbao; a
diferencia de este equipo de fútbol, en el que sólo pueden jugar jugadores
vascos, en la Iglesia Católica no hace falta ser italiano para ser Papa y,
si no lo eres, no te sientan en el banquillo.
EL MUNDO publica, el lunes 12 de enero, un artículo
titulado “El próximo Papa debe ser italiano” del escritor italiano Roberto
Pazzi. Con frases como: “no es únicamente por un obvio motivo de orgullo
nacional por lo que muchos italianos soñamos con que sea elegido un
compatriota nuestro”, descalifica el pontificado de Juan Pablo II (e,
indirectamente, el de todos aquellos Papas no italianos) basándose en un
principio de autoridad “por ser alguien-dice- que ha dedicado dos novelas
a los ‘entresijos’ de El Vaticano”.
“Confieso que, cuando me hube recuperado de la sorpresa
-escribe, recordando la tarde en la que fue elegido Juan Pablo II-, como
muchos de mis compatriotas sentí una cierta amargura, porque mi país había
perdido su signo de poder casi universal”. La Iglesia es ante todo una,
santa, católica y apostólica. El hecho de que El Vaticano esté en Italia
es accidental: San Pedro, el primer Papa, viajó mucho en su misión
evangelizadora. Falleció como obispo de Roma, después de ser martirizado y
por eso se erigió allí la Basílica de San Pedro, sobre lo que se cree que
son sus huesos. Podía haber muerto en Jerusalén, en Antioquia o en
Corintio. Pero no: la providencia lo llevó a Roma y expiró allí.
La Iglesia Católica no es como el Atlétic de Bilbao; a
diferencia de este equipo de fútbol, en el que sólo pueden jugar jugadores
vascos, en la Iglesia Católica no hace falta ser italiano para ser Papa y,
si no lo eres, no te sientan en el banquillo. Por mucho que se empeñen
algunos en reducir a la Iglesia a un mero proyecto humano (político,
social, económico), los caminos de Dios seguirán no siendo los de los
hombres: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha
elegido” (Jn. 15, 16).
“El modelo del que desciende el Papa -afirma- es el del
César imperial”. El Papado no depende del modelo del “César imperial”,
sino del único modelo válido para todo cristiano: Jesucristo (el fundador
de la Iglesia Católica). Su madre: una joven virgen, llamada María; su
palacio: un pesebre en Belén (tapizado de paja y rodeado de animales),
luego una carpintería en Nazaret (un pueblito que no aparecía ni en los
mapas); su doctrina: “amaos los unos a los otros”, “dar la otra mejilla”,
“perdonar hasta setenta veces siete”, “ven y sígueme”, “amar a los
enemigos”, “tomar la cruz de cada día”...; su consejo: doce pescadores,
sencillos, ignorantes (entre los que estaba Pedro); su “coche ejecutivo”:
un burrito de segunda mano; su traje real: una túnica y unas sandalias;
sus joyas: unos clavos en sus manos y una corona de espinas en su cabeza;
su trono: una cruz. Según la sucesión apostólica los obispos de Roma son
sucesores de Pedro, a quien Jesús encomendó las llaves del Reino de Dios (Mt.
16,19).
“¿Qué pasaría -se pregunta Pazzi- si el nuevo Papa
fuese italiano?” Pues, como todos los Papas anteriores a él, italianos o
no italianos, la Iglesia quedará fundada en roca firme, en la roca del
primer precepto de la ley de Dios : “Amarás a Dios sobre todas las cosas y
al prójimo como a ti mismo” (Jn.15, 12). Si se aplica el Precepto del Amor
al aborto, la eutanasia y tantas otras cosas que augura el Sr. Roberto
Pazzi para el próximo Papa (si es italiano) nunca podrán ser justificadas,
no sólo por ser actos intrínsecamente malos sino porque no están de
acuerdo con los designios amorosos de Dios. A pesar que haya habido Papas
con vidas no muy afines con lo que predicaban, la doctrina de la Iglesia
Católica no ha sufrido detrimento por ello (una prueba más de la
infalibilidad del Papa): el Evangelio continúa reflejándose en la doctrina
de la Iglesia Católica en su integridad.
Agradezco a Roberto Pazzi y al periódico EL MUNDO por
haberme ayudado a “desenterrar el tesoro de mi fe” y a compartir con los
demás la alegría de este gran descubrimiento. El que no estudia su fe y no
la vive, tarde o temprano la va a perder; por tanto, si uno duda, debe
cerciorarse; si uno está cierto, debe compartir; si uno ha perdido la fe,
debe buscar, llamar, orar para que se le abra, para llegar a la ley de la
verdad: “Dios es amor”.
|